El sedán negro (Cuento nortino).

EL SEDAN NEGRO.

I. 

            Tenía que viajar a San Pedro de Atacama. Urgente. Se estaba terminando aquel nuevo hotel y había que solucionar un problema generado en el sistema de calefacción. Yo era el encargado de esta unidad y me encontraba en Santiago tratando de ubicar un repuesto clave. Después de discutir con los importadores, a quienes debe haber impresionado mi cara de impaciencia y la actitud implorante de mis gestos, logré que me trajeran desde Buenos Aires una unidad, en calidad de préstamo mientras llegaba desde Italia la original. Pero había que echar a andar esa calefacción. Y ya.

            A consecuencia de estos inconvenientes no programados, el repuesto debió haber llegado hace una semana por la vía normal, perdí el vuelo reservado directo a Antofagasta y Calama. Y no había pasajes hasta tres días más. Una delegación deportiva había copado el espacio disponible más próximo, así es que me embarqué en el primer vuelo que saliera de inmediato y con capacidad, que resultó ser hasta La Serena, en la tarde, llegando allá a las 18 horas. Bueno, por lo menos avanzaba.

            Llegué al aeropuerto La Florida con la caída de la tarde. Había sol, que se asomaba un poco tímido en el horizonte detrás del techo de nubes habitual en este litoral. Desde el aire ya había divisado como el paño gris se adentraba hacia el valle hasta poco antes del cementerio, dejando la ciudad bajo un toldo sombrío, pero muy luminosa a la altura del aeropuerto. Por lo tanto, no atravesamos nubes al aterrizar. Según sé, este es el panorama más frecuente en los cielos serenenses.

            Recogí mi equipaje. Me fui directo al mesón de Avis. Una sonriente morena de ojos claros, muy agraciada, me atendió solícita. Era el único cliente en el vuelo que se acercó a la rentacar en ese momento.

          Buenas tardes, señor, en qué lo puedo atender.

          Buenas tardes Mireya – así decía la piocha de la solapa de su chaqueta color mostaza que dejaba asomar un triángulo de piel de un dorado perfecto – ¿tienes una camioneta doble cabina disponible?

          Por supuesto, acá mismo hay una LUV del año.

          ¿Podría dejarla en Antofagasta después?

          No creo que haya problemas, tendría que cancelar un recargo, eso sí.

          Está bien. Acá están mi licencia de conducir, carné de identidad y tarjeta de crédito.

            Me entregó el contrato, las llaves y los documentos del vehículo, firmé los papeles y me dispuse a salir cuando un servicial “Jaime” se acercó para acompañarme al patio de estacionamiento.

            Después de llenar estanque, tomé la decisión de seguir de inmediato hasta Copiapó. Era necesario avanzar. Ya eran las 19:15 horas. Como a las 23 podría estar allá y con suerte, pasada la medianoche, podría cenar algo liviano con bastante café en Chañaral. Si todo sale bien, pensaba, tipo 5 AM podría estar en La Negra y antes de las 10 de la mañana estaríamos instalando el repuesto en San Pedro. Una planificación adecuada, sin mucho estrés aparente.

            A las 19:40 iba saliendo ya por Juan Soldado. Me preparaba para pasar una larga noche frente al volante. Una noche que sería imposible olvidar.

II.

            El viaje fue algo más trabado que lo esperable. Mucho camión a estas horas, ellos viajan de preferencia de noche, así es que recién a la altura de La Higuera logré despegarme de estas caravanas.

            No tuve otros inconvenientes que una detención transitoria en el sector de Cachiyuyo. Carabineros estaba controlando el tráfico alrededor de un burro muerto en la carretera, atropellado justamente por un camión que se dirigía hacia el sur. El animal estaba despatarrado en el camino, el camión un poco más allá con las luces de emergencia pestañeando, una patrulla atravesada en la calzada y una vía para pasar, así es que se turnaban los del norte con los del sur, había unos cinco vehículos por lado, entre ellos dos buses que venían de Iquique. Perdí unos 20 minutos en esta incidencia.

            Aquí es cuando se echa de menos una doble vía. Aunque esas carreteras  tampoco garantizan una conducción totalmente segura. He visto vacas en la autopista del sur y una vez me tocó enfrentarme a unos muchachos que jugaban a la pelota de un lado a otro, impertérritos, ¡en el by-pass de Temuco! 

            Llegué a Copiapó casi a medianoche, eran las 23:55. Decidí modificar un poco el plan de viaje. Por cuestiones de recursos, llené estanque otra vez, y en la misma estación de servicio me eché al coleto dos cafés y degusté un sándwich de pollo con tomate. Me cayó bien. Estaba despejado y lúcido. Compré un par de CD que había en ofertas a 4.990 por dos, claro que era de tropicales, cumbias y merengues, pero muy apropiados para no quedarse dormido en la travesía del desierto, que se venía pesadita a esas horas. La camioneta tenía un aparato de CD en la radio y era mejor escuchar música envasada. Las radios no se pescan con claridad en la pampa.

            Compré 2 botellas de agua, pagué el consumo, volví donde el bombero y me dispuse a seguir mi camino. A la salida de la bencinera había una muchacha haciendo dedo. Morena, de pelo teñido de un rubio medio rojizo, pantalones jeans ajustados y  “enchulados”, casaca de cuero, una mochila pequeña. ¿La llevo? ¡La llevo!

          ¿A dónde vas?- bajando la ventanilla le pregunté.

          A Chañaral no más, caballero, lléveme, que no tengo buses a esta hora y los que van p’al norte no me llevan, van con asientos reservados ¿Quiere, ya?

          Bueno, sube.

            Se instaló ágilmente en el asiento del acompañante. Masticaba chicle y tenía un dejo a cigarrillo rancio.

          Si eres buena para fumar, te voy a rogar que no lo hagas, por favor. No soporto el humo.

          Lo estoy dejando, por eso como chicle ¿no ve?

          Mmmm, sí, veo. Además veo que eres joven y pintosita. ¿No te da miedo  andar sola a estas horas y en la carretera?

          ¿Pintosita no más? Y yo me creía la raya…já, já. La verdad es que no, estoy acostumbrada, – y en un gesto que aparentó hacer como por casualidad, acomodándose, abrió su chaqueta lo suficiente como para que yo viera que andaba sin camisa y que usaba unos sostenes negros algo pequeños para un busto bien desarrollado.

          ¡Ah! Ya veo.- le dije, – eres del “ambiente”. Pero conmigo te fue mal, comadre, voy súper apurado al norte y no tengo tiempo para nada. Otra vez será.

          Pero al menos te puedo pagar el viaje, soy agradecida…- me dijo tocando mi pierna derecha con su mano de uñas pintadas con corazoncitos rojos.

          No cariño, – le dije,- gracias (por ninguna plata me metería con una desconocida levantada en estas condiciones, putita de mineros, seguro que va a Diego de Almagro, adonde bajan los de El Salvador).

          Oye, toquemos algo de música ¿ya?, tienes estos discos ¿los abro?

            Y nos fuimos escuchando las cumbiecitas hasta Chañaral. Se me hizo corto, después de todo. Caldera, Obispito, Portofino, bahía Flamenco, fueron pasando rápido.

          Déjeme aquí en Barquito no más, por favor. Tengo una amiga donde me voy a quedar esta noche. Mañana saldré para Diego.

          (Ya lo decía yo).

            Disminuí la velocidad, señalicé y me salí hacia la berma junto a unos edificios que se destacaban por luminarias anaranjadas, algo empañadas por la humedad que subía desde el mar a nuestra izquierda y por los vapores de la central termoeléctrica cuyas chimeneas y turbinas se recortaban en el resplandor vago de las luces.

          Listo. Suerte, chiquilla. No te maltrates demasiado.

          No, y gracias, – y acercándose me tomó la mano izquierda y la colocó en su pecho derecho mientras me daba un beso en la mejilla, – que no se diga que la Charito es desagradecida…

            Se bajó de un salto, cerró la puerta y me hizo señas con la mano mientras se apretaba la chaqueta. Apreté el acelerador y la divisé por el espejo a lo lejos parada mirando la camioneta que se alejaba.

III.

            Paré en la Copec de Chañaral. Fui a “las casitas”, el café me produjo efecto diurético, o fue la Charito, no lo sé. En fin, eché una “corta” bien larga. De nuevo a bordo, ahora viene lo más bravo. Son 400 kilómetros hasta Antofagasta por el desierto más árido del mundo. Claro que de noche no se ve nada. No sé si eso es mejor o peor. A veces hay una especie de espejismo y uno se imagina que a los costados del auto hay árboles. A esta hora hace frío. La temperatura baja mucho, siempre, no importa la época. Y el viento molesta bastante. A esta hora sopla del cerro hacia el mar, es decir que lo tendré a mi derecha, empujándome la camioneta hacia mi izquierda, hacia la pista contraria. Es peligroso, a veces hay bolsones y si uno va distraído lo pueden tirar fuera del camino o contra otro que venga en el otro sentido. Hay que ir muy despabilado. Pondré el otro disco, el de las salsitas.

            Eran las 3 y media. Iba como a 120, la noche estaba limpia, pero sin luna. Muy poco tráfico. Calculaba que un camión por hora, más o menos, y un auto desde que salí de Chañaral. Cantaba junto con los discos, que los había pasado dos veces y me estaba aprendiendo las letras absurdas. La cuestión era no dormirse. Y eso me salvó. De pronto sentí una vibración fuerte en el volante, saqué el pie del acelerador, y justo la camioneta se me cargó hacia la derecha. Sujeté el manubrio con firmeza y aguanté el envión mientras perdía velocidad con la mitad del vehículo sobre la berma. ¡Uf! Finalmente me detuve. ¡Neumático! Esa sensación ya la conocía, no era la primera vez, pero nunca a 120 kilómetros por hora y en la soledad del desierto y a las 3 y media de la mañana. Con una negrura ambiente casi absoluta. 

            Me puse la chaqueta, abrigo insuficiente para esa hora y con ese viento, pero no llevaba otra cosa, acostumbrado a los ambientes calefaccionados. No pensé en algún contratiempo así, en verdad. Bajé y sentí el rigor del clima. Dí una vuelta y en la luminosidad de los focos y la luz interior me percaté que se trataba de la rueda trasera derecha. Sobre el polvo de la berma. Estaba molida, no aguantó la aspereza del terreno. Bueno, manos a la obra, hay que cambiarla rápido, – me dije, – y saqué la gata.

            No era una maniobra fácil en esas condiciones, casi a oscuras, con una ventolera fuerte a mis espaldas, frío, y sin llave de cruz. Logré colocar la gata de manera firme, con una cuña de piedras en las otras ruedas, y procedí a soltar las tuercas. Luego empecé a levantar la camioneta. Saqué la llanta mala y la deje caer con un ruido metálico que ahogó el ulular del viento. – “El Caribe está sabroso, negrita …,- cantaba el del disco, me reí,  parecía un chiste de mal gusto.

            Justo cuando tomé la rueda de repuesto para levantarla y colocarla en el tambor, pesaba la condenada, se me resbala y cae sobre la tapa que estaba con los pernos dentro, de tal modo que hace palanca y los pernos son catapultados en dirección al desierto ¡Por la gran p…! Qué quieren, si soy un oficinista intelectualoide y no tengo manos de mecánico. Se me resbaló la desgraciada. ¡Aquí sí que estoy frito! – cavilaba -, el día del ñafe voy a encontrar los pernos en la oscuridad y no tengo linterna. Con estos fósforos de hotel que había en la guantera de la camioneta haría el ridículo con el vientecito que hay. Paciencia, tal vez pase alguien, como voy a ser tan quemado que no va a venir nadie…

            Pasó media hora y nada. Bajé la gata para poder entrar al vehículo y no pescarme una pulmonía. Estaba dispuesto a dormir allí y esperar tranquilamente la salida del sol. Se iba al tacho la calefacción del hotel de San Pedro.

            Fue entonces cuando eso ocurrió.

IV. 

            Me encontraba casi dormitando cuando sentí la presencia de otro vehículo a mis espaldas. Los focos me iluminaron. Estaba a unos 50 metros detrás de mí. Me llamó la atención que no se acercara más, si trataba de ayudarme. Entusiasmado me bajé y troté hacia él, haciendo visera con la mano algo encandilado por la potencia de sus faros. Un poco impertinente el compadre, en todo caso, iba pensando. Llegué al costado del vehículo y me encontré con un auto tipo sedán, de color negro, algo extraño. No conocía el modelo. Sus ventanas eran como de acero, no se veía nada hacia adentro, no tenía manillas, y dos pequeñas antenas con argollitas salían del techo en su extremo de la parte trasera ¡Qué aparato más raro!

            Bueno, pensé, uno nunca termina de conocer rarezas. No tenía cómo explicarle mi problema y decirle, en todo caso, que se pusiera más cerca y algo de costado para iluminar la zona donde habían caído los pernos. En eso estaba pensando, cuando se levantaron dos paneles desde el capó y se iluminó todo el campo alrededor de los dos vehículos, como unos 400 metros cuadrados ¡De pronto se hizo de día en el sector donde estábamos! Ni que me hubiera adivinado el pensamiento el conductor misterioso.

            Confieso que me sentí incómodo, muy impresionado, diría que asustado y no quise pensar más. Me fijé que la luz que emitía este engendro generaba un resplandor fosforescente verdoso en los objetos metálicos. Corrí hacia mi camioneta, febrilmente subí de nuevo la gata, busqué frenéticamente los pernos, que ahora podía identificar claramente, dos estaban cerca de la berma, y los 4 restantes habían ido a parar debajo del terraplén de la calzada a unos cinco metros detrás mío en el desierto. Jamás los habría podido encontrar en la oscuridad.

            Terminé de poner la rueda y me disponía a volverme a agradecer la ayuda, cuando se hizo otra vez la oscuridad: el vehículo negro había guardado los paneles de luz. Inició su marcha sin ruido alguno y pasó junto a mí silenciosamente como un fantasma, alejándose por la carretera. Unos 200 metros más adelante apagó toda luminosidad y desapareció de la vista. Se esfumó.

            Subí a mi camioneta moviéndome como un autómata. Me puse lentamente en marcha y tomé velocidad.

            “Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando ricachá. Ricachá, ricachá, ricachá, así llaman en Marte al cha-cha-chá…”

            El disco que sonaba en la radio en ese momento hizo que se me erizaran los pelos de la nuca…y que metiera el pie en el acelerador…

4 Respuestas a “El sedán negro (Cuento nortino).

  1. Un poco extenso …para internt…pero con un clik..guardé en mis favoritos ,y lo termine de leer y no me paré de pc..hasta finalizarlo,su habilidad en la síntesis me atrapó..en la léctura; ud .se convirtio en la historia,en el paisaje en la música,en los colores y sentiminientos olvidados..’¡.felicitaciones’

  2. bkn el cuenyo pero muy largo no mas ok agn mas cortos se los pido pero igual me sirve

  3. les comento q,a mi me sucedio algo, q jamas me podia imaginar,yo retornaba de santiago hacia el peru en abril del 2009,aroximadante eran mas de las 12 de noche, venia conduciendo,y pasando copiapo aproximadounos 20 minutos al nortese me ocurrio,revisar las llantas ya q tenia mas de 1000 km… de recorrido,y tomo el volante,la velocidad q era 120km,y aunos 30minutos de camino ,ocurrio algo q me dejo despabiladoy la piel se erizoy senti un frio intenso por todo mi cuerpo,,vi a un individuo,con vestimenta de gris,como la de un monge,,no se le veia el rostro,totalmente tapado,levitando ,no pisaba suelo,sobre unas de esas casitas q colocan cuando hay un accidente y hay muertes,sobre 3 de esas cosas,,,ah y con uno de sus brazos sostenia una objeto,metalicocon una especie de cuchillaen la parte alta como una oz,,me quede frio,y mi compañero d viaje estaba totalmente dormido,asi q de un codazo lo desperte y le conte lo ocurrido,y se quedo asusta,q no pego seño hasta legar a nuestro destino,segun dijo, q era la muerte,,y si o si te leva,,,pèro para mi suerte en la parada qhice para revisar las llantas ,paso una pareja en un toyota yaris,color plta ,ah y este vehiculo,lo encontramos estrellado,a unos 40 minutos de camino despistado y hecho una bola de fierros,ah ahi lo crei q era verdad,ellos pasaron primero,,dicen q a quien lo ve primero se los lleva,,asi q a cuidarse , de la ruta 5 norte,,,,,atte cesar

  4. Buen relato, por eso también no recomiendan andar de noche por el desierto… Cuándo lo recorrí hasta Arica, solo y de día, un tornado se fue directo a mi auto, sacudiéndolo completo y haciendo resonar las piedras en la lata, el único hecho extraño…

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