Los pilotos de Villa O´Higgins.

Aquí termina la Carretera Austral del General Augusto Pinochet Ugarte. Y se podría decir que en este punto termina la conexión por tierra de norte a sur. Fue una gran contribución la de nuestro Ejército abrir la ruta por la Patagonia chilena, incorporando a lejanas y aisladas comunidades de la XI Región con el resto del país, permitiendo, además, ejercer mejor soberanía sobre estos vastos territorios. En 1976 tuve la ocasión de trabajar en Cochrane  durante una campaña de diagnóstico de la Hidatidosis que organizáramos en Aysén en ese verano, mientras me desempeñaba como docente en la Cátedra de Parasitología de la Facultad de Medicina de la Sede Oriente de Santiago de la Universidad de Chile. Fue el punto más austral desde donde recogimos muestras de sangre, con la colaboración destacada de la autoridad local y de la Fuerza Aérea de Chile que nos trasladó allí desde Chile Chico, anterior punto de encuesta, en un Twin Otter, avión magnífico para estas latitudes ya que puede despegar y aterrizar en pistas cortas. Con Víctor Muñoz disfrutamos de la tradicional acogida patagónica y de las grandiosas vistas  del imponente río Baker, cuyas verdes aguas discurren en las cercanías de aquel poblado. 

En esos años no existía camino transitable que rodeara el lago General Carrera. Y generalmente se accedía por vía aérea a las diferentes localidades al sur de esa muy extensa formación lacustre. Y Villa O¨Higgins era la más retirada. Sin embargo allí también se hacía soberanía y existía población policial y algunos servicios básicos. Como lo era una oficina del Banco del Estado… con dos funcionarios.

Hay una curiosa anécdota relacionada con estos personajes, real y sorprendente que revela la dura realidad de vivir en esas soledades de riguroso aislamiento durante los largos meses de invierno. En especial si no se está entrenado o no se ha nacido en la Patagonia.

Resulta que un día avisaron a Coyhaique desde Villa  O´Higgins que había dos heridos que había que trasladar urgente al Hospital de esta ciudad. Se envió una aeronave a buscarlos y llegaron para ser internados. Eran los dos funcionarios del Banco del Estado. Venían muy golpeados, con sus caras tumefactas y hematomas variados por todo el cuerpo. No cabía duda que habían participado en una gresca de proporciones, resultando muy maltrechos. Después de las primeras atenciones y una vez que estuvieron estabilizados, fueron interrogados por las autoridades para saber qué había pasado, ya que no se conocía reporte oficial alguno de acciones de violencia en la pequeña localidad patagónica. No pasó nada, decían los dos, no pasó nada. Como su estado desmentía dramáticamente esta aseveración, el tono del interrogatorio pasó a otro nivel y uno de ellos se avino a relatar los hechos que desembocaron en la agresión mutua. Porque eso era lo ocurrido, ambos se habían trenzado en una feroz pelea que sólo había terminado cuando los dos se encontraban en el suelo tan contundidos que ya no podían tenerse en pie y un vecino los había encontrado en esas condiciones, buscando socorro y llevándolos a la posta médica para los primeros auxilios.

– ¿Qué les pasó? – le dijo el oficial de Carabineros.- ¡Cómo es posible que lleguen en estas condiciones dos compañeros de trabajo y amigos! Van a tener que explicarme muy bien y convencerme que no los detenga por alterar el orden público…

– Verá oficial, está bien, le contaré – dijo uno de ellos.- Bueno, usted ha estado allá ¿verdad? Se habrá dado cuenta que no hay mucho que hacer en ese lugar, aparte de trabajar, o más bien, estar en el lugar de trabajo, ya que la actividad bancaria es mínima, excepto a fines de mes cuando llegan las remesas de los pagos a los funcionarios públicos. Por lo tanto nos aburríamos mucho. Así es que inventamos un juego para matar el tiempo.

– Debe haber sido un juego muy peligroso, es cuestión de ver cómo quedaron – dijo el policía.

– No, no lo era. Más bien inocente, sano, pero muy entretenido. Resulta que los dos nos convertíamos en aviones. No ponga esa cara, ya comprenderá. Y nos íbamos en las tardes y los fines de semana a la pista aérea. Uno de nosotros era el avión que volaba y el otro estaba en la torre de control dando las instrucciones de vuelo y la información pertinente. Cuando todo estaba en regla, el avión corría por la pista con los brazos extendidos y rugiendo el motor, obviamente haciendo el ruido de un motor con la boca, no vaya a creer que teníamos motor, se elevaba dando una vuelta a la pista y se perdía hacia el norte…Después le tocaba el turno al otro y los papeles se invertían. Cada uno le ponía de su cosecha para hacer más entretenido el juego y nos divertíamos mucho inventando situaciones.

– No veo el peligro de eso. Es un juego curioso…original – (algo rayado, pensaba el oficial) – bastante inofensivo…en todo caso.

– Espere, espere, ya comprenderá. Todo anduvo bien hasta un día en que mi compañero se propuso arruinar con crueldad y sadismo mi entretención. Cada vez que me tocaba volar a mí… ¡él me suspendía el vuelo por mal tiempo! Hasta que no me aguanté más y nos peleamos…

Esta anécdota fue verdad. Me la contó en Coyhaique  mi amigo y compañero de curso doctor Guy Heiremans, quien era en ese tiempo Director de Salud en la zona.

 

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