Derechos de la mujer, aborto y persona humana.

En este tiempo, cada día es más agudo el tema de discusión sobre los derechos de la mujer, la igualdad de género, el aborto y la formación de la persona humana. El feminismo imperante ha puesto, y ha impuesto,  en la agenda valórica el tema de los derechos de la mujer como pilar fundamental para decidir conductas que van desde las opciones sexuales, algo que nadie discute, puesto que cada cual hace lo que estima conveniente con el sexo y las relaciones de pareja mientras se ajusten a cánones aceptados por la sociedad, hasta la voluntad de interrumpir un embarazo no deseado, que si es antes de las 20 semanas de gestación, recibe el nombre de “aborto”.

Lo primero que me viene a la cabeza es el término “igualdad de género”. Este concepto no existe, no hay igualdad de género en el sentido estricto de la acepción biológica y la realidad genética y evolutiva. No discuto que el trato social deba ser igualitario para hombres y mujeres y que los dos tengan iguales derechos frente a las leyes y normas de convivencia. Que uno no adquiera ventajas sobre el otro por el mero hecho de ser de género diferente. Eso no. Pero hombres y mujeres son biológicamente diferentes  y su esencia masculina o femenina es absolutamente distinta. Nadie puede discutir eso, aunque algunos deseen negar el veredicto de la Naturaleza: no tenemos igual genoma, si bien ambos contamos con 23 pares de cromosomas en nuestras células corporales, 22 son autosómicos (iguales) y el 23 es el determinantes del sexo; en el hombre XY y en la mujer XX. Y basta esa pequeña gran diferencia para se gesten hombres y mujeres, se diferencien los géneros y después aparezcan los caracteres sexuales secundarios que diferenciarán el “fenotipo”, es decir, la forma y los aspectos físicos masculino y femenino. Igual cosa ocurre después con el desarrollo hormonal y la madurez cerebral, transformando al hombre y a la mujer en dos seres de la misma especie (Homo sapiens), pero absolutamente distintos en sí mismos. Este es el veredicto de la ciencia, lo demás es fantasía, ilusión, confusión o, simplemente, ignorancia.

Este mismo sabio orden natural ha dotado a la mujer de la capacidad de obrar el milagro más maravilloso que pueda existir: proporcionar el espacio para la formación de una nueva vida humana, albergando al nuevo ser y protegiéndolo. Nadie más que la mujer goza de este privilegio, exclusivo y no transferible, nadie más que ella posibilita la perpetuación de la especie. Pero al mismo tiempo, es un mandato natural, puesto que cada especie lucha por su supervivencia y constituye un principio irrevocable alojado en la esencia misma de todo ser vivo. Por lo mismo, la esencia de lo femenino es la maternidad. Y ninguna mujer que no haya sido madre puede considerarse completamente realizada en su género, pues su esterilidad estaría frustrando el plan natural designado para ella en su condición de tal. Cualquier otra compensación es paliativa y, aunque todas puedan decir que así son más felices que con hijos, yo no lo creo. El imperativo biológico es imborrable, pues está en los genes.

Y hoy muchas mujeres postergan o rechazan la maternidad, especialmente las nacidas después de 1990,  que  creen necesitar otras ganancias primero, anhelando llegar a nuevas alturas mediante otros logros en los cuales la presencia de un hijo no es más que un estorbo, una rémora para sus intereses, un accidente no previsto muchas veces, un simple tropiezo que las impulsan a terminar con el causante de tal incomodidad recurriendo al aborto. Dramático, suena brutal, pero es la realidad que me toca observar casi a diario en mi ejercicio médico privado. Historias escalofriantes que dificilmente pueden ser explicadas y menos aceptadas por quien tenga un respeto ético básico. Y causa pavor ver que corrientes feministas actuales, interpretadas por muchos políticos y candidatos a cargos de liderazgo popular de enorme responsabilidad para orientar el destino de los pueblos, impulsan y defienden como un derecho de la mujer de “disponer de su propio cuerpo”. Y este es un nuevo sofisma que me gustaría profundizar a continuación.

Todos tenemos un derecho básico sobre nuestro propio cuerpo. Tal vez lo único realmente propio que tenemos. No significa eso que nos vamos a autodestruir con facilidad y liviandad. No. El instinto de conservación es una condición atávica de las más potentes de todo organismo vivo. Y solamente alteraciones muy radicales de ella llevan al suicidio o mutilaciones voluntarias. O valiosas muestras de generosidad heroica al donar en vida parte de uno mismo para dar vida a otro. Por eso, normalmente tratamos de conservar nuestra integridad. Y cuando alteramos la integridad de otro, cometemos un crimen. Y eso es precisamente un aborto: un crimen. Lo que está dentro del útero de una mujer grávida es otro individuo. Consta de un material genético diferente a la madre, no es ella misma. Podrá ser parte de ella, como lo es del padre, pero otro individuo, singular y concreto, indivisible, eso quiere decir. Al comienzo será un ser humano potencial, en vías de desarrollo, pero un individuo humano finalmente. Ninguna convención social puede cambiar el destino biológico de una célula huevo humana: si todo sale bien, llegará a ser otro hombre o mujer. Matar a este individuo constituye un crimen, pues se hace desaparecer a otro ser diferente, único e irrepetible. Se le niega la posibilidad de llegar a ser una persona, es decir, un sujeto que llega a tener conciencia de sí mismo, de su identidad a lo largo del tiempo, administrando su libertad y defendiendo su dignidad, adquiriendo capacidad de relacionarse con los demás, pensante, consciente y responsable de sus acciones. Cuerpo y alma, individuo y persona.

 

El aborto llamado “terapéutico” está en la legislación chilena desde hace mucho y responde a la necesidad de salvar la vida de la madre cuando la condición de preñez implica un  deterioro con riesgo vital de la embarazada, independientemente de si es o no posible salvar la vida del gestante. Estos casos debieran ahora ser muy raros, puesto que se puede evaluar hoy muy bien  los riesgos de un embarazo para una mujer que está afectada de una patología crónica y puede prevenirse esta condición con razonable eficacia. Por supuesto que hay complicaciones agudas propias del embarazo, pero son las menos. Un poco diferente es la gestación de un feto malformado o con alteraciones incompatibles con la vida. Ahí sí parece razonable interrumpir el embarazo por decisión de los padres, puesto que la ciencia puede llegar a determinar la condición de no viabilidad del feto y la interrupción de la gestación no tiene por qué ser penalizada.

Queda la alternativa final del embarazo no deseado. Ya sea por imprevisión, ignorancia, violación. Es aquí donde se centra la discusión, en estos embarazos fortuitos  que llegan a incomodar a mujeres muy jóvenes e ignorantes de cualquier método de prevención, o sometidas a violencia sexual, o familias que no desean más hijos o frutos de relaciones incestuosas o adúlteras. En fin, sea cualquiera la causa, el nuevo ser en gestación cae bajo la mira de la eliminación. Pero aquí la sentencia de muerte es un crimen: se hará desaparecer a otro ser que es único en sí mismo. Y que no tiene otra culpabilidad que haber sido forzado a existir. Las consecuencias sociales pueden ser complejas y de difícil solución para la madre, pero no justifican la eliminación culposa del niño. Si así no fuera, también podría parecer justificable la eutanasia de todos los ancianos con Alzheimer. Educación es la respuesta más razonable, prevenir el embarazo adolescente, empleo de métodos anticonceptivos eficaces, aceptación y asistencia de mujeres violadas y drásticas penas para violadores, donde la castración no parece constituir un escándalo jurídico. En muchos países y varios estados de USA se emplea en abusadores sexuales y pederastas.

Hay mucho paño que cortar en estos temas, y, como dijo Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

 

 

 

 

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Una respuesta a “Derechos de la mujer, aborto y persona humana.

  1. siempre hay, mínino, 2 puntos de vista…

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