Cuando me encontré con la realeza británica…

Cuando era escolar ya consideraba que el inglés era importante para el desarrollo futuro de un médico, pues a temprana edad había perfectamente definido mi interés por abrazar esta profesión. Y solicité a mis padres que me matricularan en el Instituto Chileno Británico de Cultura en Santiago. Prefería ese inglés bien hablado, correctamente pronunciado, con giros idiomáticos elegantes y poéticos…claro que hasta ese momento no conocía tales detalles, pero después los confirmé satisfactoriamente y con mucho agrado. Y siempre fui más britanófilo que pro-yankee, tal vez por la admiración declarada por la cultura europea.

Fui feliz estudiando en el IChBC. Las clases eran entretenidas, dinámicas y muy enriquecedoras del espíritu británico. No era un sacrificio ir hasta el viejo edificio de Amunátegui con Huérfanos después del colegio, en la tarde, dos veces por semana. Hice amigos y hasta tuve una pololita en esos días. Pero no me perdía clase, además estaba enamorado de la profesora. Miss. Nancy Spencer era una belleza y se parecía a una actriz norteamericana que admiraba, Dana Andrews. Estuve allí durante todo el ciclo básico o juvenil y medio año del ciclo adulto. Mi entrada a la universidad en 1963 no me dio tiempo para seguir, los estudios de Medicina eran muy demandantes.

Pero el Instituto me brindó, aparte de felices momentos y el nuevo idioma, la oportunidad de conocer y departir breves momentos con el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la Reina Isabel de Inglaterra. El anuncio del retiro de su vida pública a los 95 años de edad me hizo acordar de esos breves y emocionantes momentos en que estreché su mano y me dirigió una pregunta, obviamente en el más puro inglés, que contesté orgullosamente. Ocurrió que durante los años de estudio se otorgaba un premio a los alumnos más destacados del año. Y ese año 1961 fui yo el galardoneado. Se me obsequió un libro de Robert Louis Stevenson, Dr. Jekyll and Mister Hyde y otros cuentos. Aún lo conservo con nostalgia después de 55 años. Pero no fue todo. Cuando el príncipe Felipe vino a Chile en 1962 tenía una visita programada en su agenda al Instituto Chileno Británico. Y yo recibí una invitación oficial para asistir a esta visita, como parte del mérito de haber sido premiado el año anterior como el mejor de mi nivel. Gran honor. Muy británico. Una crónica de El Mercurio describió esta visita de Felipe:

Entre las actividades durante la semana que duró la visita, destacó la ceremonia en La Moneda donde el Jefe de Estado le impuso el Collar de la Orden al Mérito. El príncipe, por su parte, condecoró a Alessandri y le obsequió un cuadro de Lord Cochrane. Luego, acudió al Instituto Chileno-Británico y depositó flores en el Monumento a O’Higgins. En la embajada inglesa departió con periodistas nacionales, con una actitud “abierta y cordial, con chispeantes salidas, lejos de su formalidad habitual”, según un asistente. Sobre su hijo, el príncipe heredero Carlos, declaró que estaba siendo “educado en una escuela donde se enseña a los niños, desde muy temprano, a experimentar el rigor y a realizar esfuerzos para valerse por sí mismos”.

¿Por qué Felipe se detuvo frente a mí ese día y me dirigió la palabra? Resulta que una vez en el Instituto, en medio del revuelo y suspenso que la visita real despertaba, yo, perfectamente ataviado, me sentí como un extraño. Pero me encontré con un ex-alumno marista también premiado de otro nivel y lo reconocí porque ambos ese día llevábamos la insignia marista en la solapa de la chaqueta.  Y, por supuesto, me allegué a él y nos pusimos juntos en la fila que debía recibir los saludos reales. Cuando Felipe estuvo frente a nosotros, con un poder de observación admirable, notó la semejanza de nuestras insignias y me preguntó en un perfecto british: Ou! I see you are of the same club! Recuerdo que me puse colorado y me vino la taquicardia,  pero le respondí: Yes, your Highness, but is from our school.  I´m a pupil and he is a past pupil.  I see – dijo- y luego se dirigió a él y le pidió detalles de qué tipo de colegio era, recibiendo la explicación que se trataba de un instituto dirigido por los Hermanos Maristas. El príncipe contestó que tenía muy buenos antecedentes de ellos y nos deseó la mejor de las suertes, continuando con sus saludos a los demás en la fila. Después Miss Spencer me preguntó por qué el príncipe se había detenido frente a nosotros e intercambiado algunas palabras, un poco fuera del protocolo habitual. Se lo expliqué, todavía más orgulloso al saber que había sido una actitud de especial deferencia por parte del príncipe.

Creo que no me lavé la mano hasta una semana después.

 

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