El “medio pollo”.

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Esta expresión, tan común en nuestro lenguaje cotidiano, se refiere nada más ni nada menos que a hacer un trabajo remunerado que le corresponde a otro, por la mitad del honorario. Esta forma de hacer las cosas fue frecuente en mis años de juventud como interno de medicina. Había que ganarse algunos pesitos para los gastos inherentes a la vida de un sujeto ya mayor, 23 años, pero dependiente aún de la tutela paterna. No era posible estar pidiendo dinero a mamá o papá para ir al cine con la polola o salir a pasear los fines de semana que dejaba libre el estudio.  De ninguna manera. Y ahí uno recurría a los amigos.

Durante mis clínicas de Pediatría en el Hospital San Juan de Dios, en la gran cátedra del Profesor Adalberto Steeger, establecí cierta amistad con algunos de nuestros docentes. Los estudios eran intensos, profundos y actualizados a la realidad médica de entonces.  Por eso las prácticas clínicas asistidas por los ayudantes de la cátedra, pediatras clínicos de gran experiencia, trabajando muy junto a las camas de los pacientes, permitieron que todos nosotros adquiriéramos grandes destrezas clínicas ya al fin de nuestro curso regular. Era perentorio acompañar a los docentes clínicos a sus policlínicos periféricos en consultorios del área Occidente de Santiago. Yo iba de preferencia al ubicado en la calle Andes, cerca de Matucana. Y generalmente acompañaba a la Dra. Edith Pizarro, con quien establecí una relación de amistad que me permitió después confiar en ella para entregarle la responsabilidad de cuidar a nuestros propios hijos con sus atenciones pediátricas durante la primera infancia.

Al año siguiente, ya en el internado, escogí también realizarlo en esa misma cátedra. Era como llegar a mi casa y el hospital estaba cerca de mi propio domicilio, lo cual facilitaba mucho las cosas para movilizarse hacia allí. Incluso podía llegar en 30 minutos de caminata, saliendo desde Erasmo Escala por García Reyes hacia Agustinas, tomando hacia la Quinta Normal y doblando por Chacabuco hasta Huérfanos para entrar al hospital. El internado duraba dos meses en forma intensiva y ya nos desempeñábamos como médicos tratantes con un programa de perfeccionamiento teórico paralelo. Habíamos egresado el año anterior como Licenciados en Medicina y la ley chilena permitía ejercer como médico por dos años en calidad de licenciado, antes de obtener el título de Médico Cirujano. Ese verano anterior había trabajado en el Consultorio Garín atendiendo como médico, pero recibiendo salario de obrero, para poder juntar algún dinero en vistas a mi futuro matrimonio ya proyectado para un par de años más.

En la Posta 3 de la calle Chacabuco, cercana al Hospital, funcionaba un Servicio de Urgencia Pediátrico hasta las 12 de la noche. Yo ya había realizado entrenamiento como “chino” en esa Posta cuando estaba en 4° y 5° años (alumnos adjuntos a un turno hasta medianoche. Estuve en el volante del Dr. Passi), así es que era conocedor del medio y no me desagradó ayudar a mi amigo el médico pediatra Arkel Abraham que tenía un turno rotatorio en esa función de urgencia. En las vueltas que da la vida tuve ocasión de conocer a su padre, don Carlos Abraham Milled, dueño y fundador de la empresa de insignias, llaveros y trofeos más famosa y prestigiada de Chile, Milled. Fue en la casa del gran docente y ex-director del liceo de Ovalle, don Guillermo Peralta, don “Mito”, que junto a su cariñosa esposa doña Olguita me invitaban a almorzar el día de la semana que iba a atender a Ovalle. Don Carlos era muy amigo de don Mito y también compartía con ellos cuando visitaba esa ciudad. Un día, a la hora del bajativo, disfrutamos de su entretenido verbo degustando un whisky Logan de 12 años, el único que a él le gustaba, mientras nos contaba el origen de su empresa. Cómo empezó siendo un muchacho con eso de los llaveros, rematando a un precio absurdo una partida de anillos de acero que a algún importador se le había colado sin que supiera para qué servían. Bueno, él sí sabía, pues los había visto fuera del país y empezó a utilizarlos en llaveros revolucionarios para esas épocas. Un visionario que no dejó pasar la oportunidad de innovación que se le ponía por delante. Empleó para nominar su empresa el apellido de su madre, Milled, que según él, se veía más internacional.

Una hermosa época aquella de los medios pollos, llena de entusiasmo impulsivo, esfuerzo, ilusiones y trabajo. Años donde se cimentaron fuertemente las bases de nuestro futuro profesional, tiempo que recordaremos siempre con agradecimiento para todos aquellos que permitieron afianzar nuestros conocimientos, desarrollar nuestro criterio clínico y mejorar la necesaria eficiencia en el diagnóstico, tratamiento y prevención de las patologías más relevantes en nuestro país.

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