El varón: un animal prescindible.

patadaEl título de este comentario resulta algo violento. Pero ajustado a la realidad que estamos viviendo en esta sociedad occidental donde el feminismo ha transformado a la mujer, desde su estado de sometimiento pasivo, pasando por estados de rebeldía, hasta un sitial en lo más alto del chorro. Este empoderamiento femenino no es malo en sí mismo, ya que contribuye a una mejor integración en el mundo de hoy, mas las está llevando hacia un límite  donde  se empieza a vislumbrar un peligroso  cuestionamiento a su misma esencia femenina. 

Me gritarán “¡machista retrógrado!” en las calles y en los círculos sociales. Nada más alejado de mis propias convicciones al respecto, puesto que yo mismo, sin dudarlo un minuto, estimulé a mi esposa para que sacara una profesión que pudiera defenderla en la vida si quedaba sola. Y, a través de su formación universitaria, enriqueciera la convivencia familiar. Pero antes quisimos consolidar nuestra familia con dos hermosos hijos.

Y es ahí donde empiezan a aparecer las primeras diferencias con el devenir actual. No me parece necesario describir latamente cuál es esta situación, todos la viven cotidianamente con sus parejas, hijas y nietas. Ya las mujercitas van siendo educadas no para formar un hogar, sino para ser cada vez más competitivas con el mundo varonil y demostrar que son tan capaces como ellos para desempeñar todo tipo de actividades y mejor aún en muchos casos. Y claro, esta carrera es muy demandante para la mujer, ya que quedan fuertes resabios de preeminencia masculina en la sociedad y gran número de varones quieren todavía tener una compañera y no un competidor desafiante.

Mucho se habla de la “igualdad de género”. Pero, lamentablemente para muchos feministas y defensores de esta emancipación femenina moderna, los géneros no son iguales. La Naturaleza ya lo ha definido desde que apareció el primer gameto en los animales de la más simple forma de vida. Ahí mismo se creó lo masculino y femenino. Ese fue el verdadero soplo divino. A partir de ese punto ya no sería posible perpetuar la especie, verdadero mandato imperativo irrenunciable, sin la colaboración de ambos géneros. Y quedó determinado que el gameto femenino fuera el que aceptara al masculino y formara el huevo generador de un nuevo individuo a través del milagro de la fecundación.

La evolución quiso que los mamíferos hembra tuvieran la responsabilidad de albergar la nueva cría y entregarla al mundo después de un periodo de gestación definido para cada especie. No fue a los varones, a ellos se le dio otra responsabilidad natural.  Y esas tareas fueron irrenunciables e imposibles de modificar de manera natural. Quizás en un millón de años más, si todo sigue igual, las crías puedan gestarse en receptáculos y nacer asépticamente sin la intervención humana. Sólo con los gametos, situación que ya es posible efectuar ahora, aunque la gestación deba ser en el útero.

La mujer emancipada de hoy cuestiona la maternidad. Y ocurren dos extremos igualmente indeseados para la humanidad en cuanto a defensa de la especie. Por un lado la excesiva exposición sexual y liberación de los frenos morales hacen que cada día más adolescentes se embaracen, lo cual expone a madre e hijo a complicaciones propias de esta precoz condición. Por otro lado, la vida competitiva y aspiracional de la mujer retrasa la opción de la maternidad hasta que haya obtenido los logros deseados: profesión, independencia económica, realización personal. Y cuando finalmente logra esos objetivos, ya ha pasado la mejor edad para engendrar.  Con lo cual nuevamente aparece un aumento de las complicaciones propias de esta condición, conocida como “primípara añosa” o tardía, con aumento de alteraciones genéticas, como la trisomía 21 (Down). La Naturaleza ha decidido que la mejor edad para una gestación es entre los 18 y los 29 años. Alterarla por cualquier medio ya constituye una intervención sobre el esquema  natural. Y muchas de esas intervenciones a veces se transforman en pan para hoy y hambre para mañana. y, a la larga, la especie empieza a degenerar.

Desde el momento que la mujer pasa a ser independiente y autónoma, los hombres pasamos a un estado de prescindencia cada vez mayor. Estorba, pide atención, que cada vez es más escasa por parte de esa mujer, y no sabe hacer otra cosa más que trabajar y divertirse. Y para trabajar, ya lo hace ella. Y la diversión, donde muchas veces no es considerada para escogerla, ya no es patrimonio de él así es que ella misma la busca a su propia pinta.

¿Y en busca de pareja? Ahora es ella quien sale de caza. Ya no coquetea, se ofrece libremente según su propio interés, presas que abandona si la decepciona. Por eso ya nadie se casa, no se buscan vínculos perdurables. En esta cultura del consumismo y la competitividad, hasta el amor se ha vuelto desechable. Las madres solteras abundan y ellas defienden ese estatus. Tener marido es un obstáculo para el propio desarrollo y limitación de libertad. Al hijo lo crío yo, total, siempre las mujeres lo hemos hecho – dicen. Y con razón.

El matriarcado está aquí y es para quedarse. Los hombres tendremos que buscar cómo hacer valer nuestra condición de macho en la escala social de la tribu. Si no, dejaremos el rol de proveedor y defensor del clan, y en esa instancia…¿quién podrá defendernos?

Estos comentarios constituyen un estereotipo, sin duda. Un poco en serio y mucho en broma. Pero…algo hay de verdad. Lo veo a diario con las jóvenes “modernas” que entrevisto y que me hacen descubrir sus espectativas como mujeres de hoy. El panorama me parece aterrador con un futuro muy disociativo en lo familiar.

¡Señor, dame tu fortaleza!

 

 

 

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