Chilenos: ¿hijos del rigor o de la improvisación?

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Chile es una naturaleza indómita. Su conformación geográfica, como un balcón detrás de la inmensa cordillera de Los Andes frente a un Océano Pacífico, que de pacífico tiene muy poco, lo expone a grandes torrentes que bajan hacia el mar. Entre las altas cumbres de más de 6.000 metros, con nieves eternas, y la costa, hay apenas un promedio de 250 kilómetros, lo cual implica una pendiente respetable. Además,  con las placas subcontinentales en permanente desplazamiento en esta línea de avance sudamericana, lo someten a frecuentes terremotos y fenómenos telúricos.

Conocemos todo eso. Ha sido estudiado y vivido durante siglos de historia y de tragedias derivadas de esta realidad geográfica. No pasa año que Chile no se vea envuelto en algún evento desagradable que compromete la seguridad y tranquilidad nacionales y causa víctimas de todo tipo. Analicemos sólo los últimos cinco años, desde 2010: a) terremoto/maremoto, dentro de los top 5 de la historia mundial, que provocó grandes daños en siete regiones del país, b) grandes incendios en Valparaíso, casi tradicionales, pero esta vez dos episodios con múltiples afectados residenciales, c) incendios forestales de magnitudes gigantescas, también tradición de nuestros veranos, pero esta vez consumiendo un parque nacional con irreemplazables araucarias milenarias, d)erupción volcánica, primero Caulle en Puyehue, luego Villarrica, estamos en el cordón de fuego del Pacífico, no evitaremos que se sigan produciendo este tipo de eventos, y e) grandes avalanchas y aluviones en el norte grande y chico por tormentas de alta cordillera, relacionadas con el fenómeno del llamado “invierno boliviano”, que no son novedad, pero esta vez sobrepasando la media.

Naturaleza indómita, pero gallarda, como dice una tonada del folklor popular. Y que nos permite levantarnos cada vez, pero retrocediendo un poco en nuestro desarrollo por el elevado gasto en reparaciones. Al menos, en los años más recientes, se ha intentado reconstruir mejor que lo existente antes del desastre, caso de los terremotos.

Pero ese no es el tema. Ya sabemos dónde estamos y los riesgos a que estamos sometidos. No, lo que interesa ahora es analizar quiénes somos y cómo somos. Y si es posible prevenir, de alguna manera racional y efectiva, las consecuencias que tienen todos estos eventos desagradables, algunos de los cuales no es posible evitar, dada la realidad de nuestra existencia territorial como país y nación, pero que sí es posible mitigar y anticiparse a su ocurrencia. No podemos cambiarnos de domicilio, solamente ser más avispados para no sufrir tristes consecuencias que después lamentar con quejidos inconducentes. Y eso es responsabilidad de nosotros mismos.

Los terremotos dejan poco espacio para maniobrar preventivamente y ya se ha hecho ley la construcción segura antisísmica según parámetros internacionales reconocidos, Y así vemos que grandes movimientos de nuestra tierra dejan poco daño, comparados con los destrozos ocasionados en otras latitudes para igual intensidad. Aprendimos y no lo estamos haciendo mal. Hay notables excepciones, como aquellos edificios de Concepción después del 27 F. Pero eso es entrar en problemáticas judiciales por engaño doloso en la calidad de la construcción y así se lleva este caso.

Los incendios. Aquí sí que habría mucho paño que cortar. Si se sabe que son frecuentes y devastadores ¿por qué no existe una política de prevención más rigurosa y un protocolo de ataque oportuno en caso de siniestro declarado? Hay métodos para controlarlos precozmente y no dejar que el daño se extienda. Pero eso cuesta recursos económicos, hay que invertir en ello, hay que dotar a los encargados con medios modernos y eficientes. Lo estamos viendo en los de Valparaíso y en el del Parque China Muerta acá en la Araucanía. Si una vez detectado el foco llegaran los brigadistas por un lado y los grandes aviones cisterna por otro seguro que el fuego se controla en forma precoz. O, al menos, hay grandes probabilidades que así sea. Para eso tenemos que contar con los brigadistas, no con voluntarios que mal se organizan en medio del caos cuando el pánico empieza a extenderse junto con las llamas. Y los aviones hay que tenerlos dispuestos y listos para operar. Como en la guerra. No empezar a preocuparse cuando el incendio ya ha consumido miles de hectáreas. El daño pecuniario resulta ser muchísimo mayor que los costos de mantener una brigada por región y algunos aviones de probada eficacia.

El daño volcánico también se puede prever razonablemente. No la erupción, sino sus consecuencias. Hoy se puede estudiar y saber por dónde se vaciarán los lahares y correrán los ríos de lava. No se debiera autorizar la construcción de viviendas en lugares con estos tipos de riesgos. Y vemos que eso no es así, pueblos enteros están construidos en medio de los cursos de flujos volcánicos. Lo mismo pasa con las inundaciones y avalanchas. Aunque sean de ocurrencia poco probable, existen y la naturaleza ocupa su espacio histórico sin preguntar mucho. Lo vemos en el norte, donde se construyó ciudad en medio del cauce de un río. “Es que eso no va a ocurrir nunca…” es una frase ya escuchada y brutalmente desmentida por la crecida incontenible.

Se gasta tanto dinero en burocracia y en afanes políticos. Y tan poco en hacer nuestro país un lugar más seguro donde vivir.

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