Un gran impertinente: el celular.

¿Cuántas veces les ha pasado estar hablando con alguien y sentir que suena un celular y el dueño saltar a contestar, dejando a su interlocutor hablando solo? Creo que este fenómeno es ya habitual y contestar el celular pasa a ser un imperativo categórico, parafraseando a Kant, una suerte de reflejo condicionado más poderoso que cualquier otra cosa, casi ineludible. Claro que con pésima educación y consideración por el otro. En Chile ya hay más celulares que personas. O sea, que estamos todos medio idiotizados por este artilugio que ya no es un elemento de comunicación solamente, sino que se ha transformado en una segunda alma, en algo que es inherente a nosotros mismos, sin el cual desfallecemos y perdemos toda conexión con el mundo. Nos podemos llegar a sentir tan desamparados como Toribio en su isla en medio del Pacífico.  Fotos, videos, música, grabadora, calculadora, juegos, internet, memorias diversas, listas de contactos, TV, radios, etc. La lista es muy larga y, claro, también sirve para hablar por teléfono…

Lo peor es que no se tiene conciencia de que más que comunicar, sirve para incomunicar. En efecto, ya se habla con el celular más que con otras personas. Se chatea con gran interés con quien se encuentra a la distancia y no se conversa con quien tienes a tu lado. Paradojal, por decirlo en forma elegante. Absurdo, para ser más directo. He tenido la oportunidad de poder observar con atención lo que ocurre a mi alrededor. Una vez iba en el metro en Santiago y subió al carro una pareja joven, veinteañeros, abrazados y besuqueándose. Era evidente que tenían una relación. No hicieron más que sentarse uno al lado del otro cuando sacaron sendos celulares y cada uno empezó con su tarea de desconexión con su pareja. Le dieron duro al aparato sin mirarse siquiera una vez. Después de varias estaciones, levantaron la cabeza, guardaron los celulares y se bajaron abrazándose  nuevamente. Así se pololea ahora, por lo visto. Nada más fome y ridículo, perder el tiempo en algo que se puede hacer solo y desaprovechar la ocasión de conocer mejor a tu pareja e interactuar con ella.

Hoy tuve que almorzar en un restaurante típico. Buena comida y económica. Pintoresco, en el Mercado Modelo de Temuco. En la mesa vecina se sentó una pareja en los treinta. Pintosos, buena estampa, se notaba que no eran precisamente hermanos. La mesera les pasó la carta y después de un breve diálogo hicieron sus pedidos. Terminada esta tarea, durante la cual intercambiaron algunas impresiones, otra vez lo mismo. Saca cada uno su celular y vamos dándole cada uno por su cuenta. Ella chateaba con alguien y él llamaba a diferentes personas. De tarde en tarde comentaba con ella alguna información obtenida de sus llamadas y procedía a hacer otra. Ella seguía chateando animadamente. Llegaron los platos y entre cucharada y cucharada seguían con sus conexiones foráneas. Como yo estaba solo, me entretuve observándolos y analizando para mis adentros  la situación Me acordé de los jóvenes del metro. Recuerdo cuando yo tenía esa edad y podía invitar a mi novia o joven esposa a cenar. Era un momento de comunicación intensa, lejos de los niños o las obligaciones cotidianas le sacábamos partido a esos momentos de intimidad. Todo eso servía para consolidar la relación. Hoy, estar con la pareja parece un accidente, algo secundario, desechable. Es más importante estar pegado al aparatito, ahí está la vida, envasada detrás de la pantalla.

Y llego hasta aquí. Está sonando mi celular y…ustedes saben.

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Una respuesta a “Un gran impertinente: el celular.

  1. Me parece muy buena reflexión sobre la tecnología actual. Cada paso que avanzamos en esta era digital más retrocedemos en humanización. Definitivamente las “cosas” están por sobre el ser humano. Me alegra aún conservar el hábito del dialogo y espero que mis hijos lo hereden. Me piden les compre un celular para tener lo mismo que tantos otros niños de su edad poseen, yo les digo que no lo necesitan. En su remplazo crean juegos , desarrollan su imaginación y se comunican…
    Felicitaciones por el escrito Saludos Afectuosos. Denisse Rifo

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