El pasado…pisado.

Volver a juntarse con el pasado puede ser un sueño romántico que podemos tener algún día. Todos guardamos en nuestros recuerdos muchos momentos que llenaron nuestra juventud e infancia. Hermosos recuerdos, experiencias emocionantes, personas que nos rodearon y que quisimos y que nos quisieron, ambientes visitados, viajes, vacaciones inolvidables…todos ellos formaron la sólida mezcla que permitió la construcción de nuestra personalidad y contribuyeron de forma indeleble a definir nuestra propia individualidad.

 Alguna vez miramos con nostalgia aquellos tiempos y pudimos pensar que volver a esos lugares sería como regresar al nido. Cabría la suerte de encontrar las viejas amistades y reanudar relaciones añosas con gentes queridas y apreciadas. Tal vez añorar volver a sentir las emociones que quedaron flotando entre las nebulosas sombrías de nuestras memorias. El sentimiento de confiar en que las amistades de la infancia son eternas y los lugares son los mismos que nos vieran crecer, por no escuchar a Heráclito de Efeso que ya hace 2.500 años nos decía que todo fluye, todo es cambio y movimiento, que nadie puede bañarse dos veces en las aguas de un mismo río.

 ¡Cuan equivocados estábamos! Todo ese mundo desapareció hace ya tiempo, se esfumó, fue siendo reemplazado por el curso de una historia que va hacia delante, cambia eternamente, vira y se ajusta al devenir del progreso, de la ciencia, del crecimiento exponencial, las migraciones, la globalización. Volver al pasado no es posible ni saludable. Así como nosotros hemos cambiado también para sobrevivir con dignidad, todos los demás hicieron lo mismo. Sus intereses también cambiaron, al igual que los nuestros, los lugares donde se desenvolvió nuestra historia remota ya no están o solamente son una pared descascarada que no nos proporcionará otra emoción que no fuera alguna especie de lástima.

 Es mejor refugiarse en el mundo de ahora, el que hemos creado durante la mayor parte de nuestra vida. Que existió en el lugar donde establecimos nuestro nicho y desarrollamos nuestros proyectos. Donde hemos dejado la huella de nuestra presencia gracias al esfuerzo personal y de aquellas obras que levantamos, amistades que supimos cultivar y a quienes ayudamos a salir adelante de una forma u otra. Aquel entorno donde fuimos alguien, donde formamos parte de una comunidad, donde nuestras opiniones fueron consideradas, donde perdimos el anonimato. Donde nuestra historia remota se transformó en un presente vivo y fructífero.

 Por eso regresaremos al sur. Pucón será nuestro destino final. Allá está aquel lugar que nos dará la felicidad de atrevernos a vivir nuestros años dorados en medio del bosque, junto a esa naturaleza embriagante, rodeados de sólidos amigos. Despertar cada amanecer con el canto de los pájaros, dar un alberge de reposo en nuestros árboles a las ruidosas bandadas de loros tricahue en sus migraciones anuales, dormir una siesta a la sombra de nuestros bosques, alimentar aquella planta de copihues que crece cerca de la casa, ver ponerse el sol tras los cerros de Quelhue, sentir la fuerza del temporal, agradecer a San Isidro por mantener nuestro jardín, aguantar el calor y sequedad del puelche, recrearnos con los cielos trasparentes  y diáfanos de una noche de verano. Y por qué no, compartir también los exabruptos de Rucapillán (volcán).

 Más tarde, cuando ya hayamos pasado por este mundo, contemplaremos el lago eternamente desde un mirador privilegiado.

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