Un explorador (cuento urbano).

explorador-y-cazadorEl convoy del Metro se detuvo con su habitual estruendo en la estación Pajaritos. Era cerca de la hora punta y ya estaba colmado de pasajeros, pues iba en dirección hacia el centro de la ciudad. Bajaron unos pocos y subieron muchos más. En medio del tumulto él también subió, apretujándose entre el gentío . Nada más franquear las puertas capturó inmediatamente la atención de todos. Era uno de esos tipos que no podían pasar desapercibidos en ninguna parte, ni menos en un carro del Metro atestado de gente. Fue imposible no fijarse en él.  Era alto, delgado y estrafalario. El sombrero cucalón remendado que coronaba su cabeza daba, sin embargo, algo de dignidad épica a sus bien dibujados rasgos faciales, adivinados bajo su descuidada barba rojiza de al menos una semana. Parecía querer ocultar el brillo de sus miradas detrás  de unas  anticuadas gafas oscuras. Vestía chaqueta color caqui, de esas con multiplicidad de bolsillos, como las que usan los pescadores,  intentando vanamente combinar con pantalones cortos algo deshilachados que eran de un indefinido color marrón. Dos  piernas flacas y velludas completaban la figura, rematadas en dos  alpargatas descoloridas. Un toque exótico entregaba a su cuello flaco el vistoso collar de falsos colmillos de tigre, seguramente de poliuretano chino, haciendo compañía a unos prismáticos de juguete que colgaban de una banda negra, y, lo más curioso, estaba armado con una gran escopeta de plástico de tonos acerados que sostenía en su mano derecha, y que no parecía ser de mala factura, pues hasta llevaba incluida en su parte superior una mira telescópica . Cruzando el pecho, un pequeño morral de cuero ajado completaba este curioso atuendo.

Nadie dejó de mirarlo con la más viva curiosidad pintada en el rostro. Algunos un poco de soslayo, con relativa indiferencia, otros, los de mayor edad, arrugando la frente, como censurando su aspecto y tratando de apartarse un poco para no entrar en contacto con él, con cierto grado de intimidación. Muchos lo hicieron directamente con mal disimuladas sonrisas, cuchicheando con el vecino, animados por su presencia en el carro, incluso aquella parejita del fondo no pudo reprimir la risa, con carcajadas que ella trataba de aplacar apretándose en el hombro de su amigo.  Mientras, él continuaba impertérrito. Erguido, con un aire de auténtico orgullo, dándose importancia, serio, ajeno a los sentimientos que pudiera haber despertado a su alrededor, imperturbable frente a las risas, perdido en su mundo aventurero. El convoy seguía su camino, abría y cerraba las puertas en las sucesivas estaciones, con el habitual recambio arremolinado de pasajeros. Los que entraban al carro se sorprendían inmediatamente al verlo, pero terminaban imaginándose que era uno más de los numerosos actores populares que suelen abordar todos los medios de locomoción colectiva y que pronto empezaría su número para colectar algunas monedas.

Pasaban las estaciones y él permanecía inmóvil en su posición, ensimismado con sus propios pensamientos. Quizá por su mente desfilaban jirafas y gacelas. La gente más antigua en el carro ya se había acostumbrado a su presencia y habían decidido ignorarlo. Pero una señora gordita de cara simpática y exceso de maquillaje, que se encontraba sentada muy próxima a él y que no dejó de observarlo durante todo el trayecto, se animó a tocarle el brazo con el que sostenía la escopeta para llamar su atención. Logró su objetivo y él volvió un poco la cabeza hacia ella, mirándola de arriba hacia abajo.

– Oiga joven – le dijo ella cuando él la miró, en un tono que sonó un tanto imperativo– ¿a qué horas va a empezar su número? Mire que bajo en Alcántara y quiero verlo.

– Perdón, señora – le respondió de inmediato con voz profunda y sonora, atrayendo la atención de los pasajeros del entorno, echando la cabeza un poco atrás en un gesto de caballero ofendido -. Mire, yo no actúo, fíjese. Se equivoca completamente al juzgarme. Solamente estoy luchando por sobrevivir –  y, agachando un poco el tronco, bajando el volumen de la voz, le dijo -, es la selva ¿no ve? ¿No se da cuenta que estamos viviendo en medio de la selva?…¡Ah! Aquí me tengo que bajar – exclamó irguiéndose y girando con prontitud hacia las puertas.

El tren disminuyó su impulso con suavidad y nuevamente se detuvo. El explorador, que se había situado frente al mecanismo automático, bajó apresuradamente apenas éste dejó espacio suficiente para que pudiera salir.

Estaban en la estación Los Leones.

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