El fina sangre (Cuento urbano).

carreraEl Club Hípico lucía sus mejores galas. Un día soleado, como nunca en estas fechas, luminoso, una suave brisa hacía ondear las banderas ubicadas sobre la marquesina del paddock. Era una verdadera fiesta. Bueno, un día de carreras siempre será una fiesta para los enamorados del deporte de los reyes. Y ese día se corría uno de los más importantes premios de la temporada hípica. Desde temprano, las ventanillas de apuestas se habían colmado de entusiastas asiduos a estas justas, deseosos de acertar una triple, una quiniela o un simple placé. La cuestión era ganar algo, no perder el dinero. Aunque, bien pensado, la mejor manera de no perderlo todo es no apostar, pero eso no tiene ninguna emoción y en las carreras el mejor premio es la adrenalina que fluye a raudales entre los fanáticos que se agolpan animando a sus favoritos, deseosos que sea el suyo el que cruce la meta primero. Y después, a cobrar.

Hoy día las filas de impacientes apostadores tenían varios metros. Salustiano se apresuró para ubicar un sitio en una de ellas. Estaba nervioso. No era un habitual de estos menesteres, aún más, nunca venía a las carreras. Mientras avanzaba la fila se abanicaba con el programa que había retirado en la entrada. No hacía, en realidad, calor, pero él sentía la cara encendida y abochornada.  Miraba hacia todos lados y se imaginaba que los cientos de pares de ojos que lo rodeaban estaban pendientes de él. Es que venía dateado,  no podía fallar y eso lo tenía con sentimientos de culpa, sentía que estaba haciendo una acción no legal y sospechosa. Luego se tranquilizaba algo ¿Quién puede saber? Se decía para sus adentros, seguro que no soy el único en medio de esta turba que trae algún dato ganador. Pero es que el de él era de primera fuente. El 12 en la  5ª era fijo. Se llamaba “Che Carlitos”. Y por eso es que estaba dispuesto a apostar el aguinaldo que habían entregado la semana pasada en el trabajo. Cierto que no era burrero, pero el junior de la oficina tenía un hermano que era ayudante de preparador y sabía que esta carrera estaba arreglada. Mientras rumiaba ensimismado sus conclusiones, llegó a la cabecera de la fila y fue el turno de acercarse a la ventanilla.

– ¡Cincuenta mil a ganador al 12 de la 5ª! – Casi le gritó al boletero, que se echó hacia atrás sorprendido de su atolondrado énfasis. Es que estaba muy nervioso y no tenía costumbre de hacer estos trámites.

– Ya le escuché, señor – le contestó él con la acostumbrada parsimonia, adquirida durante años de tratar con toda clase de apostadores neuróticos -. Cincuenta mil a ganador entonces para “Che Carlitos” de la quinta carrera. Y suerte – lo animó con una sonrisa alentadora mientras le pasaba los boletos, porque se había dado perfecta cuenta que Salustiano era un esporádico, de esos que vienen de vez en cuando y que suelen excitarse más de la cuenta.  Agradeció al boletero y se fue a tomar ubicación cerca de la reja en un lugar despejado donde pudiera ver bien la llegada de los competidores.

Estaba justo a tiempo. Era el momento de la presentación y los fina sangre que correrían en la próxima carrera se paseaban, mostrándose a los asistentes con su mejor estampa. Los avezados jinetes caracoleaban con graciosa elegancia sus hermosas cabalgaduras, acurrucados en las monturas, casi formando cuerpo con el caballo. Pronto fue capaz de ubicar al suyo, al 12, a “Che Carlitos”. Era un tordillo de muy buena estampa, superior a los demás – se dijo -, tiene pinta de ganador. Y el jinete llevaba los colores verde y negro. El verde es mi color, pensó Salustiano, es un vaticinio este, sin duda. Y como el auriga tenía un apéndice nasal respetable, aún notorio a la distancia donde él se encontraba, sonrió al mismo tiempo que se le venía a la mente una ocurrencia humorística, pensando que eso constituiría una ventaja, ya que en el peor de los casos podría ganar por nariz…

Por los parlantes llamaron a encajonar y todos los corredores de fueron al trote al lugar de partida, guiados con maestría por los coloridos jinetes. “Che Carlitos” fue el primero en meterse al cajón, se fijó Salustiano ¡Bien! – concluyó – está impaciente, buen síntoma, típico de un ganador -. Como si fuera un experto, como si media hora entre apostadores consuetudinarios hubiera sido suficiente para revelarle todos los secretos de la hípica. Es que ahora estaba envalentonado, superada la ansiedad inicial, después de observar al magnífico ejemplar equino que era el 12 y a su gallardo y narigón jinete, era diferente la cosa. Y, además, se reía por lo bajo en forma un tanto maliciosa, solamente tengo que mirar, el final de esta película ya lo conozco.

Subieron bandera…partieron. A la distancia se escuchaba el retumbar de los cascos de los caballos sobre el terreno como tambores en sordina y el grupo se veía compacto. En el momento de girar la primera curva vio que “Che Carlitos” iba cuarto, pero le pareció que a muy buen ritmo. Se mantuvo así en la primera recta, pero al llegar a la última curva arremetió por fuera y quedó segundo, a medio cuerpo del que iba a la cabeza del lote. Sonó la campana que anunciaba la recta final, los metros más emocionantes, cuando la definición de la justa es inevitable.

– ¡Dale, “Che Carlitos!” ¡Dale, dale! – gritaba frenético Salustiano, agitando la cartilla en el aire. Los jinetes se habían levantado sobre sus monturas en esta recta final, parándose sobre los cortos estribos, como empujando a los nobles brutos, azuzándolos con sudor y énfasis. Pero ya era evidente que el pingo se esforzaba en vano, estiraba el cuello y el jinete su nariz, tratando ambos estérilmente de alcanzar al 2 que fue el que cruzó la meta en medio del vocerío de los espectadores, ganando la carrera por una cabeza.

No podía ser, si era fijo el 12 – eran sus amargos lamentos, arrugando el programa y arrojándolo al basurero más cercano -. Putas, “Che Carlitos”, me cagaste. Cómo me pudiste hacer ese desaguisado absurdo, caballo torpe. Igual que en el tango ese que hiciste famoso, “Por una Cabeza”, pero esta vez para perder, no para ganar. Me dejaste pato. Me farrié el aguinaldo…pero me las vas a pagar, pelotudo de mierda – pensando en el junior de la oficina.

Al día siguiente, entró a la oficina con cara pocos amigos, contestando con un desabrido “buenas” que más pareció un bufido cuando lo saludaron las secretarias. Se dirigió a su escritorio, colgó en el perchero la chaqueta  y se sentó ante el montón de papeles que tapizaba el escritorio. Los miró con desgana, sin saber por dónde empezar. No se podía sacar de la mente la imagen del jinete narigón encaramado en el tordillo intentando sobrepasar a su rival. Era una visión que se había reiterado en la mala noche pasada en duermevela, imaginándose que los billetes del aguinaldo volaban por la pieza y él no los podía agarrar. De pronto apareció Raulito, el junior de la oficina, el culpable de su estado actual de desamparo y frustración.  Lo vio acercarse jovial y abriendo los brazos, como si fuera a felicitarlo en un abrazo.

– Reflautas, don Salu. Lo quiero felicitar. Vine forrado.

– ¡Cállate, maricón! – le espetó levantándose de la silla con brusquedad, casi la bota hacia atrás, agarrándolo de un brazo -. Me engañaste. Perdí todo con tu datito. Mira que el 12 era fijo…las huevas. Ese “Che Carlitos” maldito llegó segundo. Y como en el tango, para más remate…”por una cabeza”.

– ¿Cómo es que dice? – dijo Raulito, zafándose de su mano echándose un poco atrás -. ¿No le jugó a “La Tongolele”, la yegua número 2? Le dije clarito…la 2 en la 5a.

– ¡Animal! Eso te pasa por no saber hablar, saco de huevas… No pronunciaste bien. Me liquidaste. Te entendí muy bien el 12 en la quinta.

– ¡Chis! Usted es el que no sabe entender…y me echa la culpa a mí….saaaa. Lo que es yo y mi cumpa, sacamos el billetón…y este fin de semana a Viña los boletos…

”Por una cabeza, del noble potrillo…”- se fue canturreando y contoneándose a buscar la correspondencia que debía distribuir mientras Salustiano hervía de rabia agachado sobre su escritorio.

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