Una lamentable aventura vaticana.

img106Llegamos a Roma en el verano de 1984. Nunca más he vuelto a estar en la capital de Italia, alguna vez la capital del mundo civilizado de Occidente. No porque no quisiera, al contrario, me parece una ciudad fascinante y el más representativo ejemplo del caos organizado. Y con demasiada historia. Y aquí está también el Estado Vaticano, ese minúsculo remanente de los Estados Pontificios, tan poderosos otrora y regidos por papas feudales de doble influencia: religiosa y política. Agregemos también una tercera: económica.Estar en Roma y no hacer una visita al Vaticano es poco menos que pecado mortal. Y más para católicos, como nosotros en esas épocas. Y en esta crónica contaré por qué hablo en un pasado católico, que comenzó a ser en esta visita a la capital del mundo católico.

img103Uno llega de manera triunfal hacia la impresionante Piazza de San Pedro por la Via de la Conciliazione, enfrentando a la basílica. En 1657 el gran Bernini creó la majestuosa columnata que se abre a ambos lados de su fachada como dos brazos gigantescos que quisieran abrazar a toda la humanidad. Realmente sobrecoge legar a este lugar. En el centro de la plaza se eleva un obelisco egipcio, rescatado del circo de Nerón, rematado por una cruz. Las dos fuentes monumentales que están a ambos lados son de Maderno y Bernini. La visita a la iglesia, la mayor del mundo, es un capítulo aparte. Sus grandes dimensiones son exaltadas al manifestar en el suelo mediante marcas de bronce, hasta dónde llegarían los tamaños de las demás iglesias afamadas del mundo.

img105Después de visitar la basilica, pasamos a la Piazza del Risorgimento, donde se podía adquirir recuerdos y artículos religiosos. Era tarde para poder entrar a los museos vaticanos. La fila de visitantes era impresionante, además había que llegar muy temprano. Se calculaba que en esos años unas 100.000 personas entraban aquí cada día y la entrada tenía un valos de 10 dólares. Es decir, un millón de dólares diarios por este solo concepto…No parece estar mal.

Los inconvenientes comenzaron cuando entramos a una tienda para traerles a nuestros hijos un recuerdo del Vaticano, aprovechando que era Año Santo. El negocio estaba repleto de artículos de los más variados imaginables. Estaba atendido por monjas de hábitos cortos y modernos, pero hábitos después de todo. A mí eso me pareció extraño, pero no me incomodó demasiado. El problema vino después. La monja dependienta, joven, sonriente, atractiva, nos mostró unas hermosas crucecitas del Año Santo. Habían plateadas y doradas. Bisutería de buen nivel, no joyas caras. El valor de las plateadas eran razonablemente al alcance de nuestro presupuesto. Al preguntarle a la hermana por las doradas, ¡esas valían 5 veces el valor de las otras! ¿Pero cómo – dijimos casi al unísono con mi esposa – si son iguales! No – dijo ella con un gesto de conmiseración ante nuestra ignorancia – esas no son iguales, están bendecidas por el Santo Padre ¡Plop! ¿Será el equivalente moderno de la “venta de indulgencias” que provocó la Reforma de Lutero? La bendición de un papa es de un indudable valor para un católico, pero ¿se le puede asignar un valor monetario? Tuvimos que conformarnos con las plateadas.

img104A la salida de la tienda se promocionaba en forma destacada un pergamino que se podía adquirir por una moderada cantidad de dinero, pero no era precisamente una ganga de oferta veraniega. El documento tenía impresa una bendición personal del papa hacia la familia que suscribiera el documento con sus datos, o para la persona a la que se deseara dedicar el obsequio, firmada por el mismísimo Santo Padre. Este recuerdo resultaba muy atractivo para los fieles y cada día se suscribían tal vez miles de ellos en todas las tiendas que rodeaban la plaza. Empecé inmediatamente a imaginarme al papa, a una hora determinada del día, sentado en su escritorio dispuesto a firmar los miles de pergaminos contratados el día anterior. Supongamos que demorara 5 segundos en cada uno y hubiera 1.200 a firmar cada día, número modesto frente a la supuesta realidad del fenómeno ¡El papa estaría 2 horas firmando sin parar! ¡Y todos los días de su vida, sin contar vacaciones, enfermedades y viajes! De verdad que se me hizo muy difícil creer esto y, junto con la experiencia de las cruces, llegué a la conclusión que la Iglesia lucraba con la fe de sus feligreses.

Eran tiempos lejanos y la Iglesia contaba con gran respeto y autoridad moral. Tal vez los problemas de hoy ya existían, pero se sabían ocultar discretamente. Quizás las causas de esta experiencia personal hayan sido parte de los numerosos argumentos que han debilitado a la Iglesia hoy en día, como desfalcos financieros, participación en negocios no muy claros,  la pedofilia de muchos de sus ministros, problemas políticos al interior de la Alta Curia, entre otras situaciones que, con seguridad,  han influido en Benedicto XVI para tomar la valiente e impensada decisión de renunciar al papado. El último pontífice en renunciar fue Gregorio XII en 1.415. Y afortunadamente renunció, ya que en esa época la Iglesia estaba viviendo una de las peores crisis de su historia con el llamado “cisma de Occidente” y el papado instalado en Aviñón, bajo la tutela francesa de Felipe IV “el hermoso”. Y hubo hasta cuatro papas simultáneamente y todos se consideraban los legítimos sucesores de Pedro.

¿Quo vadis, Ecclesia?

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