¿Sobrevivencia en fiera competencia? Ya no más.

Cuando uno llega a la tercera edad se da cuenta de muchas cosas que antes no veía con claridad. Que el cuerpo ya no es el mismo, que la voluntad se pone algo menos vehemente, que  hay cada vez más escasa tolerancia a los cambios drásticos, que la tecnología corre más rápido que nuestra capacidad de asimilarla en propiedad. Pero la más importante quizás es que el futuro aparece como una realidad más limitada en el tiempo y, por lo tanto, hay que saber aprovecharla bien.

Y cada vez se va haciendo más complicada la competencia con los demás, tanto con los más jóvenes, que tienden  a desplazarnos o, simplemente, ya no nos toman en cuenta, y con los de la misma generación, que están optando a iguales necesidades que uno. Se presenta una especie de competencia por sobrevivir con alguna dignidad y una creciente necesidad de seguridad. Los viejos nos ponemos precarios en fuerza física, salud y potencia combativa. Por eso hay que adaptarse o morir en el intento.

La vida va significando una especie de reality feroz, en el cual los mayores tienen cada día menos cabida. En la sociedad actual en que nos toca vivir, los jóvenes son cada vez más agresivos. Se nota en la violencia manifiesta que se deja ver en las calles, colegios y familias. En nuestra juventud no existía el llamado “bulling” de hoy. Probablemente siempre hubo algún compañero que fue objeto de burlas o bromas, pero nunca, que yo recuerde, con las malicia y rudeza de hoy, que ha llegado hasta provocar daños físicos de consideración en muchos afectados. Y en el seno de las familias,  los abuelos cada día son más tolerados que respetados como pilares de sabiduría y experiencia. No hay tiempo para escucharlos, el vértigo vital de hoy no lo permite. Van quedando cada vez más solos. Construir, crear, desarrollar, adquirir, superar, son los impulsos que mueven a los actores de este gran teatro del mundo, como escribió Calderón de la Barca. No hay tiempo para el pasado.

Creo que avisoro un nuevo periodo más tranquilo en mi futuro, más lejos de ese torbellino competitivo por lograr desplazarse, adquirir bienes básicos, divertirse o tener una identidad. La vida como una proeza ya no es para mí. Me identifico plenamente con esos versos de Fray Luis de León, quien supo interpretar, de manera prodigiosa y visionaria hace cinco siglos, el ideal del retiro y la tranquilidad del cuerpo y la mente:

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruïdo
y sigue la escondida 
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!  

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.      

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto. 

Y mientras miserablemente 
se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

Admirables versos que tienen una proyección no sólo mística, si se los quisiera enfocar con este prisma, sino que humana y vital, pues aproxima al hombre hacia sí mismo y lo aparta de esa sed insaciable de poder que nos rodea. Cuando la naturaleza y nosotros mismos nos bastamos para vivir en paz.

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