Chile: país de zombis.

En la religión vudú, cuando un hechicero, mediante magia, hace resucitar a un muerto, lo convierte en un zombi al que hace su esclavo. Estos seres son, pues, verdaderos “muertos vivientes”. Como los que bailaban con Michael Jackson en Thriller. Seres sin voluntad propia, sin identidad, sin poder de decisión, autómatas. Muertos, pero que viven…a costillas de los demás.

¿En Chile hay muchos zombis? ¡Uf! Millones, casi el 60 % de los adultos ¿Cómo así? Pero si quedó fehacientemente demostrado en la última elección de alcaldes y concejales. Casi 2 de 3 chilenos con derecho a voto se declararon muertos cívicamente hablando. No ejercitaron su derecho a opinar como ciudadano, decidieron no existir para la democracia.

Esto es grave. Demuestra que somos un país medio zombi. Cuando se nos obliga, por temor a la multa o castigo, como un esclavo, obedecemos. Si se nos otorga la facultad de decidir por nosotros mismos, nos anulamos. Es decir, no somos un pueblo maduro, responsable y serio. Eso es lo que demuestra el ausentismo de las urnas. Incapacidad de entender que la participación en el juego democrático es la única forma racional que tenemos para hacer valer nuestra opinión y voluntad de cambio o ratificación de lo obrado por las autoridades. A quienes nosotros mismos hemos elegido con anterioridad. No tenemos otra más sensata. Hay otras, pero no son sensatas ni democráticas. No queremos volver a eso ¿verdad?

Preocupante y más significativo es el ausentismo de la juventud. El zombi juvenil. No soy un analista político, ni mucho menos, pero estas palabras salen desde adentro como una inquietud elaborada desde el sentido común, que, como ya sabemos, es el menos común de los sentidos. Pero que a veces resulta obvio y cualquiera puede concluir ciertas cosas con sólo observar cómo se va presentando la realidad. Nuestros jóvenes piden muchas cosas, muchas de ellas justas, pero la impaciencia propia de los ardores juveniles los lleva a adoptar formas no pocas veces rayanas en la violencia y la agresividad. Se mostraron deseosos  de participar en la vida cívica con la inscripción automática y el voto voluntario. Fue, aparentemente, uno de los logros deseados por todos. Y después, no ejercieron sus derechos ¡Inconsecuencia propia del mundo infantil! Escuché muchos argumentos de por qué no se fue a las urnas: todos medio absurdos, medio desubicados, medio imberbes, medio estúpidos.  Esa es la verdad. ¡Y son ellos los que van a dirigir los destinos de la Patria en unos pocos años más! Es decepcionante ver su confusión actual y la falta de un liderazgo representativo organizado y coherente.

Esto último es particularmente de cuidado. Casi todos acusan a la clase política y no están dispuestos a votar como borregos por los candidatos que se les imponen. Entonces, es más fácil transformarse en zombi que buscar un representante que defienda clara y organizadamente sus posiciones ¡Ah! Es que eso sería adquirir compromisos y obligaciones que cuesta llevar adelante, que requieren un trabajo un poco más pesado que tirar piedras a carabineros y saquear locales. Los únicos que suben al podio son los representantes de la extrema izquierda, que han sido convenientemente adiestrados en esto y saben cómo poder encantar a ciertas masas descontentas, aunque su discurso resulte trasnochado y nos retroceda a los años 60 con plena guerra fría y esas sandeces que defendió buena parte de la humanidad y que fueron cayendo por su propio peso. Sus principios no llevaron a mejores resultados sociales y favorecieron la instalación de regímenes aún más corruptos que los que fueron violentamente desplazados por ellos. Hoy solamente forman parte de la historia. Y allí debieran quedarse.

Son peligrosas estas masas abúlicas y silenciosas, pero con derechos y capacidades para manifestarse en un momento determinado frente a las urnas. Es que son millones de nuevos votos. Pueden dar vuelta cualquier elección. Solamente basta que llegue un redentor que sepa aunar sus frustraciones y representarlos convenientemente para que todos se vuelquen hacie él y lo apoyen. Como aquel flautista de Hamelín del cuento de los hermanos Grimm, que queriendo vengarse de la tacañería del pueblo en que había logrado eliminar a las ratas, apareció un día con una melodía cautivante para los niños, que lo siguieron y se fueron con él hacia una caverna escondida. Y ya hay algunos de estos flautistas deambulando por ahí, afinando su instrumento, dibujando pentagramas.

Pero no todos los zombis son niños. Muchos adultos pasaron a convertirse también en “muertos vivientes”. Y eso es casi peor. Es un retroceso cívico. Indica que muchos votaban, no por convicciones o alineamientos, sino por temor al castigo. Esa inmadurez es nociva y en un adulto es indicadora de un estado patológico ¿Estaremos todos más o menos enfermos?

¿Y si en una de esas el flautista termina por encantarnos a todos? ¿Quién sabe si dentro de la caverna no encontramos un ambiente más placentero y seguro?

 

 

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