El Liceo de Aplicación.

Es curioso, pero muchas veces las experiencias de la vida dan vueltas como un carrusel y no es raro que vivencias pasadas hace muchos años vuelvan a la memoria vinculadas a un hecho, suceso o circunstancia pretéritos que se relaciona con otros acaecidos en el presente. Es el caso conmigo y con el Liceo de Aplicación, ese prestigioso centro educacional tradicional del barrio Cumming con Alameda.

Recuerdo que hace ya muchos años, tal vez por allá por el 69, cuando hacía el internado de Medicina, me sentí obligado de generar algún dinero para la manutención de mis intereses y diversiones, aliviando la carga de mis padres. Ya era un individuo de 23 años, considerado mayor para la época, ya que éramos capaces de desenvolvernos solos y con responsabilidad a esa edad. Nuestro comportamiento era el de un adulto joven, deseosos de independencia, sí, pero dentro de los márgenes del decoro y sobriedad. Así éramos la mayoría de nuestra generación, al menos los que estábamos en Medicina.

El Liceo de Aplicación estaba a unas cuatro cuadras de mi casa. Muchos alumnos estudiaban allí y venían de todos lados. La educación que entregaba el Liceo era muy estimada y considerada de calidad, con maestros reconocidos en el ámbito de la educación pública estatal. Pero tenía también otra característica que permitió que yo me pudiera relacionar con ese magnífico establecimiento y entrar en aquellas nobles aulas. Había una prestigiosa escuela para adultos, en las noches, la tradicional “nocturna”, frecuentada por trabajadores deseosos de poder terminar sus estudios. Este fue el primer liceo nocturno de Sudamérica, fundado en 1916 por el educador alemán Federico Hanssen, quien viajó a Chile, junto a otros pedagogos alemanes, para enseñar en el Instituto Pedagógico, con el propósito inicial de poner la educación al servicio de los trabajadores.Al mismo tiempo se creaba una instancia donde los estudiantes de pedagogía podían realizar sus primeras clases asesorados por sus guías y maestros y aplicar las reformas a los planes de enseñanza que se estaban implementando desde el Pedagógico, de ahí el nombre de “Aplicación” que lleva el liceo. En ese entonces, cuando ocurre este relato, estaban necesitados de un profesor de Biología y de Química para el segundo ciclo de humanidades, lo que hoy se conoce como 1º- 4º medio. Mi condición de Bachiller en Biología, título que confería el Estado al finalizar los estudios secundarios después de rendir esa prueba de conocimientos específicos y destrezas en idioma y lenguaje llamada Bachillerato, me permitía asumir dignamente estas responsabilidades. Además, era Licenciado en Medicina de la Universidad de Chile, título que se otorgaba al terminar los estudios regulares de la carrera y entrar al internado.

Tomé el cargo y lo desempeñé por un año. Fue una muy interesante experiencia, trabajando con alumnos sencillos, pero que mostraban realmente unas ansias de aprender para poder obtener la Licencia Secundaria, que les permitiría mejorar sus trabajos y, por qué no, dar el Bachillerato y optar a una universidad. Recordemos que en esa época se entraba a la Universidad de Chile por méritos, no por capacidad económica. Y los más capaces estudiábamos sin costo.

El edificio del Liceo de Aplicación es Monumento Histórico, declarado en 2005. Actualmente remodelado, después de un derrumbe parcial de un sector, provocado por deterioro progresivo, falta de mantención y descuidado por parte del alumnado, ha podido recuperar su brillo y grandiosidad gracias a una inversión de un millón de dólares por parte de la I. Municipalidad de Santiago. Es de esperar que ahora sea respetado por los educandos como merece el establecimiento, verdadero monumento educacional dotado de bella arquitectura y preciosas maderas. En verdad que es un privilegio poder estudiar en un colegio así.

Cumple hoy 120 años y ojalá no sólo recupere su apariencia física, sino que también su esplendor educativo y su condición de “liceo emblemático” de la educación chilena.

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