¡Adiós Sapito!

Lo conocí personalmente por allá por 1981, cuando Cobreloa fue semifinalista en la Copa Libertadores con ese equipo fantástico que lideraba Vicente Cantatore. Creo que era las vísperas de ese gran partido que los loínos ganaron a Peñarol 4-2. Llegamos al aeropuerto con mi hijo, quien portaba una bandera de Cobreloa, a recibir a los uruguayos y hacerles ver la presión local. Era importante hacerse fuerte en las alturas de Calama y el color naranja tenía que imponerse a los visitantes desde el comienzo, apenas pusieran el pie en tierra. Y, sorpresa, en un avión de línea llegó el equipo de Televisión Nacional que iba a televisar el partido. Un triunfo de los loínos los dejaba en la final de la Copa. Y con ellos, por supuesto el Sapito Livingstone y Pedro Carcuro. Nos acercamos cuando salían del equipaje. Fueron muy amables y no tuvieron inconvenientes de estampar su autógrafo en la bandera que llevaba mi hijo. La firma de ambos quedó grabada en medio del color cobre de la bandera de Cobreloa. Don Sergio se mostró una persona simpática y afable. Con él recordé que lo había visto jugar cuando yo tenía 10 años y mi padre me llevaba a los partidos de Wanderers con la Universidad Católica en el estadio Independencia, junto con Raúl Pozo, compadre entrañable de mi viejo y mi padrino de Confirmación, fanático de la UC.

Las rivalidades deportivas, como también las políticas, no eran excluyentes ni agresivas en esos años. No existían las barras bravas y las familias enteras iban al fútbol a pasar un rato de agradable competencia. La polarización insana comenzó a vivirse después de los 70. Antes, los chilenos éramos más civilizados. Podíamos compartir amigablemente, con humor, las diferencias de opinión política y de color de la camiseta futbolística.

Esa del norte era una tierra naranja, de sol y de cobre, la sirena minera ululando durante el partido ayudaba a encender la pasión de los zorros del desierto. Al minuto de juego, sorprendiendo a los uruguayos recién adaptándose al paisaje, clima y cancha, Rubén “Nene” Gómez clava la primera banderilla después de un gran pase de Tabilo. Al minuto 30, el gran Víctor “Chueco” Merello convierte un notable tiro libre, su especialidad. Más tarde un penal convertido por el mismo Merello y otro gol de Muñoz, hacen vibrar a la hinchada loína con un triunfo histórico de 4-2. Cobreloa a la final.

Lo que pasó después ya es historia. Pero los momentos vividos en el estadio municipal de Calama esos años 81 y 82, con un Cobreloa victorioso, dos veces campeón y semi-finalista de la Copa Libertadores de América, fueron imborrables para mi hijo y para mí, que hasta hoy recordamos con emoción y con el grito “cobre, cobre…loa” todavía en los oídos. Nos tocó vivir de muy cerca la gesta del Cobreloa invencible. Su memoria hoy la guardamos en una bandera con la firma de todo el equipo de esos años, liderado por Cantatore.

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