Isla Negra…el barco de Neruda fondeado en la playa.

Después de 35 años he tenido la oportunidad de regresar a esta casa frente al mar en Isla Negra, donde Neruda pasó sus últimos días y terminó de escribir su obra póstuma “Confieso que he vivido”. La Fundación Neruda ha hecho un buen trabajo y hoy, en este soleado día de Mayo, me ha permitido disfrutar con el original y recargado ambiente del que se rodeaba el poeta.

Neruda amaba el mar, eso es evidente. Esta casa fue transformada en un barco terrestre, o más bien dicho, en muchos barcos que convivían amigablemente en un salón donde sus mascarones de proa siguen relatándose sus interminables historias. Por todas partes se ven objetos marinos, restos de naufragios, como esa mesa escritorio rescatada de la playa, antiguo portalón de un lejano barco hundido, colecciones de veleros en botellas, réplicas de barcos y detalles de popa de viejos galeones. En una mesa redonda, en el comedor, él mismo se sentaba en el sitio correspondiente al capitán del barco y atendía a sus invitados, los tripulantes de la nave, quienes depués podían pasar a aliviar las consecuencias de sus libaciones visitando un original baño para varones adornado con chicas ligeras de ropa. El toque erótico del museo.

En el dormitorio del segundo piso, con un mirador panorámico sobre la playa, se hizo construir un mueble trapezoidal para la cabecera, de tal modo que no le cambiaran la orientación de la cama ni la vista que tenía de la costa. Curiosos detalles de la vida íntima de un excéntrico y laureado poeta, que vivió rodeado de un estrafalario y original mobiliario creado por él mismo y que lo acompañó siempre para adornar sus poemas y relatos. Hoy un museo notable para todos, admiradores o no de Neruda.

Son notables las colecciones desplegadas por doquier, mariposas tropicales y coleópteros de gran tamaño, muchos veleros en botellas, pipas, y las afamadas caracolas, expuestas en una edificación anexa construida por la Fundación. Llama la atención también algunos objetos de gran tamaño, casi invasores dentro del ambiente de un hogar, como ese caballo traído desde Temuco, o aquel zapato gigante que cambió por tres poemas.

Los exteriores son sencillos, con el bote “El Tiburón” listo para zarpar en un viaje de aperitivos degustados con la vista en el horizonte del océano cercano, junto a las campanas que anunciaban la llegada de visitantes. Más lejos, frente a la playa, un pequeño y sencillo mausoleo que alberga los restos de Pablo y Matilde, entrega al poeta la  eterna satisfacción de poder contemplar ese mar que le era tan querido.

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