Mendoza: atractiva alternativa.


Hacía 21 años que no iba a Mendoza. La proximidad fue un incentivo para regresar allí, ya que está a pocas horas de Los Andes. Lamentablemente cientos de personas piensan lo mismo que yo y atiborran los controles de frontera. Eso demora. A veces varias horas, como sucedió el fin de semana del 1 de Noviembre, agravado por una inoportuna, pero colorida, nevazón primaveral. Recuerdo mi primer viaje a Mendoza, a los 9 años, cuando mi padre llegó con los pasajes aéreos. Claro que en esa época, 1954, se despegaba de Cerrillos y en un noble DC 3. Subía por los cañadones como un viejo folleque de ronroneantes motores, recordando aquel avioncito chileno de la película de Disney “Los Tres Caballeros”. Tal cual, hoy nos parece una romántica aventura con mucha emoción…y muy movida. Mi madre se volvía loca comprando chocolates en Bonafide y llegaba de regreso a Chile con todos los kilos permitidos. Descubrimos el Mantecol, hoy una golosina más casi sin relevancia, pero en esos años fue una verdadera revolución dulce y pegajosa. Y muy contundente.

Otro viaje emocionante a la capital de Cuyo fue en 1972, en diciembre, cuando quisimos ir a comprar algunos regalos de Navidad para la prole. La situación económica no permitía ir en otra cosa que no fuera por tierra. Salimos muy temprano con un tiempo amenazante, se pronosticaba una tormenta de primavera, pero el paso estaba abierto. Pero llegando a Los Andes, se cerró para vehículos sin cadenas, estaba nevando en la frontera y la ruta por el Cristo Redentor era el único paso. El micro, porque era apenas eso, tenía 2 cadenas y el chofer dijo que era suficiente. Llegamos a la aduana y no sé cómo nos autorizaron el paso, toda vez que una de las cadenas quedaba suelta y el conductor optó por retirarla más tarde. Era el “chilean way” sin dudas. La cuesta estaba resbalosa con una mezcla de barro y nieve. A poco andar, vimos que la micro resbalaba al dar las pronunciadas vueltas del sinuoso y empinado camino, amenazando con desbarrancarse, de tal modo que el conductor nos ordenó que los varones nos bajáramos en cada curva que se abría hacia el precipicio para empujar la micro con las mujeres y los niños arriba, que chillaban como locos. Así fuimos trepando poco a poco hasta llegar al Cristo Redentor. Cansados, sucios, llenos de barro, casi muertos de frío (íbamos con ropa veraniega en esas fechas), pero orgullosos de haber llegado enteros a la cima. Y agradecimos al Cristo con emoción. No fuimos capaces de evaluar cabalmente la magnitud de la gesta, verdaderamente riesgosa y totalmente irresponsable del chofer a cargo del viaje.

Mendoza se ha transformado en una capital de vino para Argentina. El 75 % de todo el vino generado en ese país proviene de Cuyo. Y han mejorado notablemente la calidad de los mostos. Hoy es posible disfrutar de buenos caldos a precios razonables, muchos de ellos tan buenos como muchos vinos chilenos. Han optimizados las cepas e incorporado modernas técnicas de vinificación. Lo pudimos comprobar personalmente en este viaje. Un ensamblage San Felipe, cosecha 2010, con Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec nos pareció excelente para acompañar las deliciosas pastas del restaurante La Marchigiana.

El comercio mendocino sigue siendo de tipo familiar y ubicado en el centro de la ciudad, con tiendas muy bien surtidas y atractivas. No hay todavía esa cultura de Mall que vemos en Chile. Conocimos el centro comercial de Guaymallén, un poco alejado, y nos pareció una sencilla estructura como era el Parque Arauco antiguo.  Mejor pasear por Las Heras o San Martín. Allí encontramos de todo y es más colorido. O ir a la peatonal Sarmiento a tomar un café o una cerveza, donde va la gente a la tertulia como en los bulevares parisinos. Me gustó.

La acogida de los habitantes hace agradable la estadía en Mendoza e invita a regresar. Aunque el cambio no sea particularmente favorable, siempre es más económico en comidas, alojamientos y libros, que al no pagar IVA ya son un 19 % más baratos.

Un comentario especial merece la plaza Chile, hermosa manzana que fue remodelada para el bicentenario. Hay cerámicas en los asientos con nombres de ciudades de Chile, lindos diseños en fuentes y abrevaderos públicos, cuidados prados y añosos árboles, especialmente un enorme sauce que nos recuerda nuestros campos. Y una nota al pasar: en la plaza fundacional, junto al museo, hay una placa conmemorando el fusilamiento de los hermanos Carrera, detalle que hace pensar en esos horribles sucesos que afectaron a tan grandes patriotas.

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