¡Buen viaje, capitán Kochifas!

Lo conocí personalmente. Un hombre simpático, de gran personalidad, amable y entretenido, lleno de historias y anécdotas, pensador en grande, ambicioso en el sentido sano y positivo. Chilote de tomo y lomo, aunque en su sangre griega llevaba el germen de ser naviero, no tanto como el gran Onassis, pero a nivel chileno podríamos decir que era nuestro magnate griego.Pero más modesto, claro, si pasó por momentos muy duros. Su gran proyecto se vio casi frustrado en la crisis de 1982, cuando el aumento brutal del dólar hizo quebrar a muchas empresas. La Naviera Kochifas no estuvo ajena a esta debacle. Pero el presidente Pinochet vio en este proyecto un futuro turístico notable para el país y lo apoyó a través de la Corfo. Tenía razón. Los viajes del Scorpios han abierto un horizonte desconocido para proyectar la imagen de Chile en el extranjero.

Me embarqué como facultativo en 1986 en el Scorpios III. El rol del médico era considerado fundamental en el crucero y me tocaba sentarme a la derecha del capitán a las horas de las comidas. Y él no empezaba la merienda si no me veía sentado. Incluso me mandaba a buscar si yo andaba distraído por ahí y se me había pasado la hora de sentarme a la mesa. Y ni hablar de las atenciones particulares que los huéspedes de la mesa del capitán trenían derecho. Platos especiales que le traían a él y que convidaba generosamente. Y anunciaba las próximas exquisiteces que se degustarían en la próxima parada, como esas centollas que subían al barco en la noche de algún lugar secreto de los canales.

Una experiencia notable fue cuando salimos de la Laguna de San Rafael y Kochifas en persona tomó el timón para hacernos una demostración del rodeo de los icebergs. Con el barco golpeaba trozos enormes de hielos flotantes desviándolos del camino del buque mientras gritaba “olé” radiante de felicidad. Era un hombre orgulloso y feliz en esos momentos, demostrando el poderío del barco y dejándonos abismados de su osadía y pericia para sortear los icebergs más grandes y desplazar los más pequeños en una fiesta de hielo, espuma y mar helado.

Nos contó su historia completa en ese almuerzo masivo en las termas de Cotralco, su refugio paradisíaco en las profundidades del fiordo, donde al bajar las mareas los choros colgaban de los árboles. Su sencilllez, humildad y esfuerzo, junto a su esposa e hijos, fue un ejemplo de tesón y sacrificios. Nada es gratis, decía, el éxito viene detrás del sudor y de los deseos de ver hecho realidad un sueño. Porque para triunfar es necesario ser un poco soñador.

Creo que no volveré a comer pizzas de ostras y centollas  como aquellas que sirvieron en la cubierta del Scorpios en el día final del crucero. Y recordaré siempre a don Constantino, con su gorra de capitán y chaqueta azul, parado en el puente, despidiendo uno a uno a sus huéspedes ocasionales, con la sonrisa satisfecha de quien reconoce haber entregado un excelente servicio.

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