Quintay: ballenas, gran comida y mar azul.

Llegar hasta la caleta de Quintay parece difícil, pero no lo es. Desde el alto de Peñuelas son sólo 23 kilómetros, claro que de un camino muy sinuoso y que debe recorrerse con precaucuón. Pero completamente asfaltado. Se atraviesan lomajes de bellas perspectivas con bosque de rulo para llegar finalmente al mar, que aparece de repente después de una curva mostrando su espejo azulado y un horizonte donde las siluetas de barcos que se acercan o alejan de Valparaíso van dibujando lejanas siluetas.Hay un pequeño poblado en lo alto, modesto, donde una gran avenida central aparece como desproporcionada para el tamaño del caserío. La simpática iglesia se yerge en una esquina como la proa de un navío varado. Una bajada pronunciada nos lleva a la mínima caleta, donde hay afamadas escuelas de que buceo, restaurantes y artesanos con las habituales chucherías. Destaca una casa curiosa tipo griego, con torreón y tres pisos que cubren el desnivel del terreno. Al final de la playa, hacia el lado sur, se puede subir hasta el faro desde donde se obtienen impresionantes vistas del litoral y de la cercana playa grande, donde destaca la línea de las lujosas edificaciones del complejo Santa Augusta, con urbanización de lujo y cancha de golf de 18 hoyos.

A la hora de almuerzo hay dos lugares de preferencia en la misma caleta. Fuimos al Miramar, con hermosas mesas de troncos en la terraza. Un ambiente muy marinero, con espectacular vista hacia la playa y de la comida…¡ni hablar! Es sencillamente espectacular. Los platos me recordaron esos de la Juanita, aquel legendario restaurante de Barrancas, allá por Llo Leo. De cada plato comen dos tranquilamente, así es que una elección de mariscos y otra de pescado serían la combinación perfecta para degustar diferentes especialidades. Y de perfecta presentación y sabor.

La historia de la ballenera Quintay, hoy en ruinas, pero recuperada como museo por la Fundación Quintay, privada, y la presencia de la Universidad Andrés Bello en faenas de resiembra marina, es un recorrido obligado. Aquí quedan testimonios de lo que fue la caza y faenamiento de ballenas por la más grande planta ballenera del cono sur hasta 1967.  Aún se ven restos de manchas de sangre en las rampas de arrastre de los gigantescos mamíferos marinos. Un museo entrega una breve memoria gráfica de esa época cruel y parte de las míticas referencias a las ballenas por parte de los intrépidos navegantes del pasado. Recordemos cómo el obsesivo capitán Ahab a bordo del ballenero Pequod en esa autodestructiva lucha con Moby Dick, un cachalote blanco que finalmente lo arrastra al fondo del océano. La magistral interpretación de Gregory Peck es digna de ver todavía hoy. Leyendo los versos que Neruda escribió a las ruinas de la planta nos despedimos de este sobrecogedor lugar que aspira a ser transformado en un instituto de preservación del ambiente marino.

Las ballenas vuelven, sin embargo, a Quintay. Desafiando un pasado aterrador para ellas, como perdonando la iniquidad humana que las persiguió indiscriminadamente, vuelven a la rada con sus ballenatos. Como la vida de estos cetáceos es larga, hasta 60-80 años, a lo mejor se trata de crías que siguieron a sus madres muertas hasta la planta faenadora, escapando luego hacia mar adentro. Y hoy vuelven a formar sus nuevas familias al mismo lugar donde sus padres desaparecieron bajo las cuchillas de los carniceros.

Este gesto demuestra que la nobleza de los animales es capaz de sobreponerse al terror que desata el animal más cruel de la naturaleza: el hombre.

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