¿Tauromaquia en extinción?

Mucho se ha escrito sobre este tema, es cuestión de visitar algunos foros en la web para darse cuenta de ello. Y entretenerse, al mismo tiempo, observando la mayor o menor pasión que se aprecia tanto en detractores como en defensores de esta actividad, estos últimos cada vez menos en número afortunadamente. Barcelona le ha dado el golpe de gracia. Ya lo verán.

Esta afición por los toros tiene orígenes muy antiguos. La imagen del bruto, este animal noble y potente, fue siempre un símbolo de la fuerza, la virilidad y el poder. Ya fue admirado por el hombre primitivo que lo dejó plasmado en sus cavernas pensando, quizás, en adquirir parte de sus bondades al retratarlo entre sus pictogramas. La leyenda del Minotauro, en el palacio de Cnossos, en Chipre, en la antigua Grecia, pone de manifiesto también esas fuerzas ocultas que parecen emanar de este animal, de su sangre, su carne, de los cuernos, de la vitalidad que manifiesta y de la decisión brutal con que embiste a sus enemigos. Quizás por eso queda una sensación de superioridad absurda en el hombre cuando logra sacrificar a un animal de estos. Cuando se le burla, demostrando que después de todo, es un simple bruto inferior.

¿Necesita el humano demostrar su superioridad de esta forma? Aniquilando a una bella bestia útil, como es el caso del toro, que sólo cumple su rol en la naturaleza de manera inocente, no se consigue nada. No es más grande quien así procede, sino que muestra su miseria interior y atavismo ancestral únicamente. Hacer sufrir a los animales es indigno de una racionalidad superior. Mirar a un toro en el ruedo después que se le ha aguijoneado, picado desde un caballo, burlado con pases de capa y aturdido por el bullicio de una multitud vociferante, fuera de su habitat, casi enloquecido, pero agotado, y ver su noble cabeza semivencida, con esa vista perdida sin mirar a ninguna parte, sin comprender qué está pasando y por qué está ahí, pero sintiendo el dolor físico y la humillación impotente. No se imagina que lo peor está todavía por venir, ya que en el siguiente pase un trozo de acero lo va a matar desde arriba al tratar de embestir. Y que morirá más o menos rápido, según la destreza del victimario, en medio del sufrimiento de quien recibe una puñalada mortal.

Vítores y sombreros al aire celebrarán esta cruel inmolación. En épocas en que la vida humana valía menos que ahora, cuando los esclavos eran considerados cosas, sin alma, meros seres vivientes, se hacía esto mismo en anfiteatros construidos para enardecer al pueblo, pero con ellos dentro del ruedo, mesclados con las fieras y, a veces, con estos mismos toros. Lo mismo ocurrió con los llamados “infieles”, con quienes no se convertían al cristianismo o al islam. Había que acabar con ellos. Incluso con los mismos cristianos entre sí, cuando un grupo numeroso decidió no obedecer al papa por razones más políticas y comerciales que religiosas, y se mataron los unos a los otros por más de 100 años en crueles guerras que enlutaron la historia europea. Y eso sin mencionar los genocidios completos llevados a cabo por la misma Iglesia de Cristo en “defensa de la fe”: cátaros, indios sudamericanos, las Cruzadas…

En fin, como nos enseñara san Francisco de Asís, debemos respetar la vida de los animales, nuestros “hermanos menores”. Tratar con rigor innecesario o con franca crueldad a un caballo o a un perro es considerado delito que la justicia acoge sin tardanza. En esta categoría están también las peleas de gallos y de mastines. Pero hostigar a un toro, herirlo y luego matarlo de forma ignominiosa, no. Al contrario, es considerado deporte. Merece más consideración una gallina que un toro. Increíble.

Ahora Barcelona, la más taurina de las ciudades españolas, que llegó a tener tres plazas de toros en funcionamiento en forma simultánea, le da un vuelco a la afición y decide poner fin a las corridas. Bien me parece.

En definitiva, como afirmó Manuel Vicent, si el toreo es cultura, el canibalismo es gastronomí­a.

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Una respuesta a “¿Tauromaquia en extinción?

  1. GERARDO SOLANO POVEDA

    Es realmente cruel la forma en que acaban los toros en el redondel, se supone que los aficionados van a divertirse, pero si el término divertise es maltratando al animal, mejor acabar esto.

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