Viña Santa Rita: un oasis gastronómico, histórico y cultural en medio del smog.

Siempre tuve la inquietud de visitar este lugar. Hace unos pocos días se me presentó la ocasión de hacerlo por primera vez. Y fue una sorpresa muy bien recibida. Toda una experiencia en un lugar muy hermoso, a pasos de Santiago, pero escondido en la ladera de un cerro y a salvo del bullicio de la ciudad. Como retroceder en el tiempo.

La gran casona es de la época colonial y la hacienda Santa Rita, ubicada en Alto Jahuel, cerca de Buin,  perteneció a doña Paula Jaraquemada, quien protegió a un grupo de 120 patriotas en sus subterráneos después del desastre de Rancagua. Más tarde, esto daría origen al nombre del vino más conocido de Santa Rita: 120.  El edificio sufrió daños importantes durante el terremoto del 27-2. Pero ya han sido reparados y la estructura, reforzada. Hoy aloja al pintoresco restaurante “Doña Paula”, con galería de cuadros antiguos y mobiliario de época. El edificio es Monumento Nacional.

Más tarde, en 1880, don Domingo Fernández Concha adquirió la hacienda y trajo desde Francia, vides finas, maquinarias y enólogos para fabricar vino de mejor calidad, logrando cambiar la manera de producir vinos que había en Chile hasta esa época. Igualmente, edificó y embelleció los entornos con arquitectos y paisajistas europeos, creando un parque con especies exóticas, senderos, plazoletas, fuentes, lagos y estatuas, a modo de un “petit Versailles”. La mansión es hoy el exclusivo hotel Casa Real y la capilla, neogótica, se emplea en muchas ocasiones para bodas llamativas, como aquélla de Iván Zamorano y María Alberó. En 1885, el arquitecto Teodoro Burchard, de origen alemán, terminó de construir esta capilla a un costado de la antigua casa patronal. A pesar de los años, todo está muy bien conservado. No en vano uno de los restauradores de la Capilla Sixtina en el Vaticano, viajó desde Florencia (Italia), sólo para recuperar este templo.

Un comentario aparte merece el Museo Andino, construcción moderna anexa al complejo, donde se expone la colección pre-colombina privada de Ricardo Claro, industrial millonario y filántropo que adquirió la propiedad de la viña y que juntara pacientemente durante 40 años. Sorprende su variedad, exclusividad de las piezas arqueológicas y riqueza de la sala del oro.

Recomiendo sin ambages este sitio. Tendrán una experiencia singular, retrocediendo en el tiempo o creyendo que mágicamente han llegado a un rincón de Francia. Y comerán muy bien atendidos. Ni se acordarán, que unos metros más allá, los va a engullir nuevamente la despiadada jungla de cemento.

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