Brasil: se nos cruzó un hipopótamo.

Se lo escuché a Aldo Schiappacasse. El relataba que en las carreteras de Sudáfrica hay señalizaciones viales que alertan sobre el cruce de hipopótamos sobre la vía. Pues bien, al equipo chileno le sucedió esa circunstancia vital: se le cruzó un hipopótamo insalvable llamado Brasil. Igual que en Francia 1998. Igual que en el glorioso 62. Todavía tendremos que progresar mucho para llegar siquiera a igualarnos a tal potencia.

“Jugamos como nunca, pero perdimos como siempre”. Manida frase que esta vez podremos aplicar en propiedad. En la clasificatoria llegamos segundos detrás de Brasil, todo un logro, en verdad. Ahí se vio un progreso evidente. El equipo impresionaba por su afiatamiento y la aparición de destacadas figuras nuevas. Todas ellas llegaron a exportarse hacia ligas internacionales.

Llega el Mundial. Sale el equipo hacia la justa internacional lleno de nuevos ideales y con la esperanza de superar lo antes hecho. Y se consigue con dos triunfos mezquinos ante Honduras y Suiza. Apenas dos goles. Con España se pierde la posibilidad de lograr el primer puesto en la serie, que nos habría evitado el choque con los grandes de la samba y el axé. Una lástima, pero el equipo se acelera y descontrola frente a los españoles. Y en nuestra vía se nos cruza el hipopótamo.

En la práctica, llegamos adonde mismo llegó Acosta. Octavos de final. Pero con dos triunfos y dos derrotas. Y con sólo tres goles, que para delanteros tan afamados como los nuestros, parece escasa cosecha. Es que en los momentos cruciales no fuimos capaces de resolver la cuestión más importante: echarla adentro. De nada vale la opinión de Cruyf de que Chile es el que demostró la propuesta más interesante en el Mundial, hasta los octavos de final. Eso no sirve de nada. Esa es la diferencia con otros, que con dos cucharadas y a la papa, ponen punto final a los encuentros. Como Uruguay, que después de clasificar arrastrándose, pasa guapeando a los cuartos de final.

Chile está donde tiene que estar. Ni más ni menos. En el ranking de la FIFA figurábamos en el puesto 17 antes del Mundial. Avanzamos, al menos, un puesto. Pero probablemente quedemos entre los mejores 14. En fin, algo es algo. Y era el equipo más joven de todos, lo que abre una esperanza para cuatro años más. Si mantenemos la idea de fútbol ya desarrollada por Bielsa, más algunas evoluciones naturales, seguro que mejoramos.

A mi juicio, esta selección careció de creadores de juego. No porque no los tuviera, si Valdivia brilló en Brasil y es el jugador mejor pagado de Chile en el extranjero. Lo que pasó es que a Bielsa no le gustó. Siempre confió más en un apagado Matías  Fernández, que al final, ni jugó contra Brasil.  Parece insólito ponerlo de centrodelantero, donde no juega, cuando lo puso. Y el primer tiempo contra Brasil, sin ninguno de los dos.  Curioso, por decir lo menos. Si se deseaba un esquema más defensivo, bien, pero al primer gol de Juan debió entrar Valdivia e irse al ataque para buscar algo mejor. No lo hizo, y no lo comprendo. Contra España, debió haber sacado inmediatamente al hiperventilado Estrada al ganarse la tarjeta amarilla. Nos habría evitado jugar en inferioridad numérica contra la potencia que es el cuadro peninsular. Pequeños matices que van haciendo la diferencia.

¡Arriba la Roja! Ya vendrán tiempos mejores.

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