Un 21 de Mayo en Iquique.

La gesta de los inmortales de la rada de Iquique, ese 21 de Mayo de 1879, puede ser considerada una de las muestras más connotadas de heroísmo en toda la historia naval mundial. El sacrificio de Prat y sus hombres, combatiendo en una inferioridad manifiesta para salvaguardar el honor y cumplir la palabra empeñada. No fue en vano. Tuvo como recompensa inmediata permitir la reducción al 50 % del poderío naval peruano, lo cual llevó posteriormente al dominio del mar por la escuadra chilena, apenas afectada, marcando el curso victorioso de la Guerra del Pacífico. E imprimió en el pueblo y ejército chilenos un espíritu indeleble de lucha y motivación sin precedentes, transformando a las huestes chilenas en imbatibles soldados.Constituye un evento único en la historia personal la posibilidad de vivir un 21 de Mayo allí mismo, en la boya de la Esmeralda, pensando que unos cuantos metros más abajo de ese mar azulado y espumoso, se encuentran los restos gloriosos de la corbeta mártir. Tuvimos esa suerte un día.

Fuimos a pasar las festividades de celebración naval a Iquique, como hacíamos con cierta frecuencia cuando vivimos en Calama. La ciudad nortina es atractiva por sus playas, Zofri y sabrosa comida marina. En esa ocasión, la sorpresa nos la dio nuestro amigo Patricio Henríquez, que nos tenía una invitación de una pesquera para asistir a la ceremonia del 21 en la rada, participando en vivo y en directo embarcados en una goleta pesquera. No era posible perder esa posibilidad y nos preparamos para acudir al muelle temprano el 21 con las invitaciones en la mano.

Nos recibieron a bordo con un vaso de vino y una empanada. Había que empezar a celebrar desde el mismo momento del embarque. Navegamos en caravana de goletas hasta la boya, tomando posiciones en forma de abanico, como en un anfiteatro creado en el mar, mirando hacia el nor-poniente. Mientras tanto, algunos buques de guerra de la Armada,  encabezados por el acorazado insignia de la flota, se aproximaban por el sur hacia el centro del círculo, tomando lugar principal para la ceremonia, dirigiendo las activivades como autoridad responsable de los homenajes oficiales. A la 11:55 bajó una lancha del buque insignia, aproximándose a la boya, con un marino llevando una corona de flores y otro premunido de un silbato. La autoridad naval en la proa se posicionó frente a la boya para esperar las 12:10 horas, momento preciso del hundimiento de la Esmeralda, cuando la desgarrada bandera chilena se sumergió finalmente en el océano, herida, pero no rendida.

A la hora señalada se escuchó unas campanadas provenientes del buque insignia, el marinero hizo sonar su silbato con sones que se extendieron como un lamento por entre la emocionada concurencia, aumentando al máximo el recogimiento casi religioso de quienes contemplábamos la escena. El alto oficial, después de cuadrarse con respeto y gallardía, tomó la corona de flores y la colocó en medio de la boya, cuadrándose nuevamente a modo de despedida. Ese gesto fue la señal esperada para que desde la flota comenzaran a retumbar los 21 cañonazos de rigor, llenando el aire de ruidosa algarabía con vivas a Prat y sus hombres, a la Patria y a la Marina de Chile. Nueva ronda de empanadas y vino. Más de una lágrima vi enjugar a varios allí presentes y debo reconocer que también sentí un irreprimible nudo en la garganta cuando llegó el momento más simbólico del homenaje.

Más tarde, la fiesta en el mar. Las goletas enfilaron hacia mar abierto en una loca carrera sobre las olas iquiqueñas, saltando como potros encabritados y levantando chorros de espuma sobre nuestras cabezas, transformando la aventura en un emocionante y sorpresivo acontecimiento para nosotros, marineros de agua dulce. Después de unos 20 minutos de adrenalina marina, se calmó la excitación y se marcó rumbo hacia la costa con nueva serie de empanadas y buen tinto. Inolvidable.

No se podrá ignorar jamás la profunda emoción que este evento produjo en nuestros espíritus. El momento de la inmolación de Prat y de los héroes de Iquique marca un hito en la historia patria.Y estar ahí, en el epicentro del momento histórico, hizo revivir la epopeya en nuestra imaginación, sintiendo parte de la angustia de esos hombres ante la impotencia de ver cómo se escapaban sus vidas en una gloria no buscada, en un camino sin retorno que la circunstancia puso delante de ellos de la manera más brutal. Niños grumetes que crecieron abruptamente en el fragor del desigual combate, casi sin llegar a comprender qué estaba pasando.

Hoy, por fortuna, se ha hecho un esfuerzo para tratar de revivir esos momentos a través de la televisión, dando a los chilenos la oportunidad de apreciar, en real magnitud, la dimensión del sacrificio de esos hombre en defensa del honor nacional. El Bicentenario ha servido para eso. Es el momento de re-encontrarse con los valores más sagrados de la nacionalidad. Nos hace falta.

(Fotografía: cuadro del Combate Naval de Iquique de Thomas J. Somerscales (Kingston upon Hull, GB, 1842-1927), Museo Nacional de Bellas Artes.

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