La nueva estrella de Belén (cuento navideño).

I.

Seguí nuevamente la estrella toda la noche. Y lo vengo haciendo desde hace tres meses. Los libros sagrados de Persia me han enseñado que un Rey nacerá cuando la estrella muestre el camino, y ahora es el momento, lo sé, lo siento en mi corazón y en mis ojos, que la ven allá al poniente desplazándose hacia el sur. Ese astro especialmente luminoso debe ser la señal tan esperada. No ha habido otro así en el cielo desde que tengo uso de razón. Y se desplaza en la dirección profetizada por los textos del templo. No cabe dudas, voy en el camino correcto y Dios me ha favorecido con el privilegio de que este acontecimiento ocurra antes que mi breve vida terrenal llegue a su fin. Así meditaba el rey Melchor, hábilmente envuelto en su chilaba blanca al abrigo de los rayos del quemante sol del desierto de Jordania. Apenas una estrecha abertura dejaba entreabierta a la altura de los ojos para mirar a un horizonte lejano, deformado por el aire enrarecido que el calor hacía subir desde el suelo arenoso. El acompasado vaivén del camello lo fue adormeciendo y así transcurrieron una a una las horas de la pesada y cálida canícula. De pronto, un sonido gutural emitido por la bestia que montaba, le indicó que debía estar alerta. Abrió los ojos y a unos doscientos metros divisó una figura montada en otro camello, que como copia de sí mismo, parecía esperarlo detenido en medio de la huella de la ruta de caravanas. Se fue acercando. Una mirada profunda que salía de dos ojos azules visibles entre los pliegues del manto que cubría al jinete, junto a un gesto amistoso realizado con al mano, lo recibieron al acercarse a su altura. – La paz sea contigo, gran señor. Te esperaba desde anoche. Soy el Rey Gaspar y provengo de las lejanas tierras de Hispania. – La paz sea también contigo ¿Estás siguiendo igualmente la estrella? – Así lo han demandado mis santos libros. La interpretación cabalística me ha indicado que debía seguirla y que no lo haría en soledad. Por eso te esperaba, mi señor. – Bien. Soy el Rey Melchor y vengo de Oriente, de la lejana Persia. Bebamos un sorbo de agua y sigamos ya. El camino que nos espera es largo y esta noche deberemos llegar al oasis de Bel-ul-ah, para que mañana podamos continuar más descansados hasta nuestro desitno final. Y las dos figuras se fueron perdiendo lentamente hacia el ocaso, observadas por un águila solitaria que volaba a gran altura de regreso a su nido en la montaña cercana que aparecía coronada por un abrupto promontorio rocoso, teñido a esas horas de tonalidades violáceas.

II.

Las ramas de esas tres palmeras polvorientas, batidas por la brisa vespertina del desierto, entonaban una áspera melodía natural. Junto con algunos matorrales escuálidos, desperdigados alrededor de un profundo pozo de aguas cristalinas, formaban el ansiado paisaje esperado por todo peregrino: el oasis de Bel-ul-ah. Junto a uno de los arbustos más crecidos se observaba una pequeña tienda protectora del sol, construida con una manta de lana tejida a franjas de colores ocre y pardo, montada sobre una vara y amarrada al tronco de la palmera más cercana. Tras ella se ocultaba el cuerpo de un beduino de piel oscura que descansaba el cuerpo recostado sobre sus bultos de viaje, escapando así de la radiación solar que había castigado al oasis durante el día. Cerca del pozo su camello rumiaba restos de hierba, echado al abrigo del tronco de la palmera. La noche se avecinaba calma y parecía eterna. De pronto el animal se incorpora sobre su patas y emite una especie de gemido. El beduino, escuchándolo, se agazapa prontamente cogiendo su daga desde el morral que le servía de apoyo. Levanta la vista y divisa, en la cumbre de la pequeña colina que limita el pequeño espacio arbolado, las dos cabalgaduras con Melchor y Gaspar. Unos minutos después se detienen frente al hombre del oasis. – La paz sea contigo. Puedes guardar tu arma, no temáis. Somos hombres de bien y estudiosos del saber profundo que nos está guiando hacia el Rey que nacerá en los próximos días, quien traerá la divina luz con El que derramará sobre los hombres y nos hará beber del manantial de la verdad. El beduino guardó el arma entre los pliegues de sus ropajes y les contestó con humildad: – Entonces sois vos a quienes espero. Seáis bienvenidos, hermanos. Soy el Rey Baltasar, que provengo de las tierras que están más allá del Sahara y también voy siguiendo la estrella. Iré con vosotros si aceptáis mi compañía. – Dadlo por hecho. Compartamos la cena y, al alba, seguiremos. Después de sacar desde las monturas algunas provisiones, consistentes en carne seca de cordero, una torta de sésamo y una botija de agua que renovaron en el agua fresca del pozo, se acomodaron en el ralo césped para consumir esta frugal comida del desierto. – Para quelos santos designios se cumplan deberemos llegar allí a tiempo – dijo Melchor -. Nuestro Rey propondrá la doctrina de la paz. El mundo sufre en medio de un clima de violencia irracional y es ya necesario imponer algo de cordura. – Podrá ser logrado si hay más amor entre los seres humanos, defendiendo el respeto por la vida, fomentando la voluntad de servicio hacia nuestros semejantes, actuando de manera desinteresada al realizar un acto de generosidad – intervino Gaspar – y está escrito que este Rey luchará por difundir estos preceptos. – Yo provengo de un país donde el color de la piel es oscuro – comentó Baltasar – y esta propiedad de mi raza ha generado rechazos por otros seres humanos. La tolerancia y la aceptación de los seres diferentes será también predicada por El. Terminaron la merienda y con estos pensamientos en la profundidad de sus espíritus, se quedaron dormidos.

III.

En los alrededores de Belén el ajetreo de esa noche era menos intenso que en el centro de la ciudad. Aquí el aire era más respirable y un poco de calma aquietaba una jornada llena de carreras, disputas por conseguir un alojamiento cualquiera, un plato de comida caliente, un cuarto de vino. Sortear carros llenos de enseres que bloqueaban los caminos, soportar gritos, llantos de niños, alarmas repentinas por animales desbocados y obedecer a las órdenes bruscas de los soldados de Roma que trataban de imponer algo de orden en el caos originado por la marea humana que se había congregado en este pequeño pueblo de provincias, sobrepasado por la gran cantidad de inmigrantes. Pero el edicto de un censo decretado por el emperador debía ser obedecido.

Tres jinetes en camello pasan junto a una fogata donde se calentaban varios soldados de una patrulla nocturna. Llaman la atención por la dignidad de su porte y no son interceptados. Algunos borrachos se acercan a la comitiva estirando sus sucias manos con la esperanza de recibir una moneda de caridad que les permita calentar los escuálidos cuerpos con un último y trasnochado trago en la taberna del griego Alexandropoulos. Tres perros ladran al paso de los camellos y uno de los ilustres viajeros, más impaciente, los ahuyenta con un golpe de su fusta.

Melchos, Gaspar y Baltasar saben que han llegado a su destino. Deberán buscar ahora el lugar donde adorar al Rey que ha nacido. La estrella se ha detenido sobre una humilde pesebrera algo apartada del camino ¿Es posible que éste sea el sitio? Hay gente allí – se dan cuenta – unos pastores y sus animales. Nadie se mueve. Parecen hipnotizados por algo que acapara su atención más absoluta y apenas se percatan de la llegada de los tres sabios. Un niño apenas nacido es el motivo de tal consternación, bello y radiante en medio de todos, parece sonreir a los recién llegados y agitando sus manitas, darles la bienvenida. Los tres hombres saben quién es y caen postrados ante El para adorarle y entregarle oro, porque es Rey, incienso, porque es Dios, y mirra, porque es hombre. El largo viaje a llegado a su fin, han reconocido a su Rey y Señor.

Y afuera, una estrella que seguirá guiando a la humanidad hacia ese Niño en cada Navidad, y a través de El, hacia la paz, el amor, la tolerancia y la comprensión. Dejemos ahora que también nuestra estrella personal sea la que nos guíe hacia este Niño que nacerá hoy. Mirémosla ahora. Pero ¡cómo!, la de este año no es una estrella igual a la de otros años, mírenla bien, sí, es diferente, parece una rueda hecha de oro, y tiene 24 rayos que abarcan los cinco continentes…

¡Feliz Navidad a todos!

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