Lo que va de ayer a hoy.

Recuerdo en estos momentos una anécdota que me contara un colega que estuvo realizando una beca en Londres hace ya varios años. La medicina inglesa es muy cotizada y no son pocos los chilenos que prefieren realizar allí estudios de post-grado. Y también lo son los paños ingleses. La confección de un traje “made in England” pasa a ser un privilegio al cual sólo unos pocos pueden tener acceso debido a los elevados costos. Lo bueno se paga y en la rubia Albión, aún más. Pero no nos desviemos y vayamos al punto que motiva esta entrada.Este colega probablemente no contaba con los medios para confeccionarse un traje en Londres, pero sí quiso probar suerte con la adquisición de un corte de tela inglesa que le permitiera llevar a un sastre al regreso y lucirse igualmente con su nueva estampa. Así lo hizo. Y se dirigió al lugar más clásico que podemos encontrar en Londres, templo de la elegancia londinense donde la fama de la tienda se sustenta en su historia y tradición casi nobiliarias, donde el buen gusto y la sobriedad impresionan de tal manera que el estilo de este lugar pasa a ser un referente para las demás en su género. Pero principalmente su prestigio se fundamenta en la calidad de los productos que allí se exhiben y la variedad casi increíble de elección. Sí, hablo de Harrod’s, los magníficos almacenes por departamentos ubicados en Brompton Road, en el selecto barrio de Knighstbridge.

El lugar es increíble y hace las delicias de los amantes de este tipo de tiendas. He tenido la suerte de estar dos veces en ellos y recorrerlos sin ánimo de comprar, en un tour contemplativo de horas. En el subterráneo hay un sector de comidas y alimentos donde se encuentran los artículos más exóticos provenientes de todas partes del mundo, haciendo honor al lema de la tienda: Omnia Omnibus Ubique (“todo para todo el mundo en todas partes”). Fundada en 1835 por Charles Henry Harrod, un comerciante de té e importador de ultramar durante la época victoriana, hoy pertenece al magnate Mohamed Al-Fayed, padre del pretendiente de la princesa Diana que falleciera junto a ella en el accidente de París.

De más está decir que el departamento de confecciones masculinas de Harrod’s es uno de los más afamados lugares donde uno puede adquirir un traje. O escoger las mejores telas. La lana inglesa no requiere presentación. Precisamente fue esta industria en el centro de Inglaterra la que desencadenó la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX al reemplazar el trabajo manual por la mecanización de las manufacturas textiles ayudado por la invención de la máquina de vapor y donde la creación del ferrocarril constituyó más tarde el hito que cambió las comunicaciones de superficie.

Mi colega entró al departamento de corte y confección de Harrod’s en una fresca mañana de otoño, cuando la lluvia que había caído inclemente durante la noche terminó por desnudar los árboles centenarios de St. James Park. Un solícito vendedor se acercó a él cuando lo divisó interesado en observar desde cerca los diseños y calidad de las telas.

– May I help you, sir? –  Le dijo en el más puro “british style”. Mi colega le explicó que buscaba una tela especial, fina, durable, de categoría, para llevar de regreso al país. El dependiente le mostró varias, ninguna lo convenció demasiado, reconociendo su calidad, pero sin decidirlo plenamente. Al final le dijo, en inglés obviamente, que deseaba ver la mejor tela que había en la tienda, (si iba a gastar en Harrod’s, lo iba a hecer de frentón en lo mejor, total, no iba a regresar a Londres tan facilmente). Bien señor, le dijo el vendedor, tenga la bondad de acompañarme por este lado entonces.

Se dirigieron hacia una estantería lateral, más discreta, frente a la cual había un pequeño mesón de reluciente madera oscura. El dependiente subió dos peldaños de un escabel y sacó una pieza de tela. Estimado señor – le dijo – esta es nuestra mejor tela. Efectivamente, textura suave, dúctil y firme, atractivo diseño. Realmente soberbia. Y de elevado precio.  Mi colega la miró, palpó y acarició. Pero un detalle sorprendente lo dejó mudo de asombro, haciendo crecer en su interior la admiración y el orgullo de ser de esta parte del mundo. En el bordado del orillo se leía: Oveja – Tomé.

Esta historia es real. Qué lástima que ahora no sea posible revivirla.

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