Los huiros del Papagayo.

Hurgando en los rincones de mi memoria encontré un retazo de esa época feliz de la adolescencia. Cuando bordeando los quince años te sentías dueño del mundo…no, ERAS dueño del mundo.

Nunca he sido bueno para nadar, pero en esos años solía hacerlo con gran arrojo y sin temor, aún en mar abierto. Claro que empleaba gualetas, no me sentía seguro sin ellas, me ayudaban muchísimo para no fatigarme. Era muy delgado y se me contaban las costillas, con antecedentes asmáticos y alergias variadas, nunca tuve mucha reserva pulmonar.

Era en Quintero un verano. Uno de esos calurosos veranos donde todo el mes de vacaciones pasa sin ver una sola nube. La playa del Papagayo constituía uno de los lugares predilectos para reunirse en las mañanas después del desayuno, tipo once, a tomar sol, nadar y lucirse frente a las amigas del grupo. Don Mario Cáceres, el padre de mi compadre “Mono” Cáceres, era como pez en el agua. Me invitaba a seguirlo hacia la barrera de huiros que cerraba la entrada de esa playa, a unos 150 metros de la orilla. Y yo me atrevía, con mis gualetas, claro. Me las ponía muy orondo, me afirmaba los pantalones de baño y me dirigia hacia el borde de las olas con ogullosos pasos. Seguramente parecía un pelícano desnutrido algo patuleco, pero yo me sentía poco menos que un James Bond en Operación Trueno. Ese año entrenaba lentes de contacto nuevos, desterrando las antiguas y limitantes gafas ópticas, y nada me parecía imposible.

Nadaba con vigor, siempre pegado a las brazadas ágiles y cadenciosas de don Mario, quien me esperaba de tanto en tanto para que llegara a su altura y así poder controlar mi posición. Finalmente llegábamos a la barrera de huiros. Esta era una formación natural de algas muy tupidas que formaban un verdadero colchón de tiras de cochayuyo y otros luches varios, dentro de las cuales nos metíamos para refregarnos con esas algas en un auténtico baño de yodo y espuma marina rica en mucílago. El me decía que era un saludable tónico para la piel y probablemente lo era. La barrera era tan tupida que uno practicamente quedaba soportado por los bulbos flotadores de las algas, sin hundirse, pero con cuidado para no ser envuelto y enredado por ellas.

Regresábamos felices y con un áurea heroica frente a los que quedaban en la playa. Lo recuerdo como una de las pequeñas hazañas realizadas durante mi adolescencia. Pocos se atrevían a hacer eso en Quintero.

Más tarde, en los 80, leí que algún “inteligente” gobernador de la zona decidió dinamitar la barrera de huiros, con lo cual el mar entró con fuerza hacia la playa desnaturalizando la belleza de aguas tranquilas y seguras de esa hermosa localidad. Lamentable.

Una demostración más que muchas veces “lo mejor, es enemigo de lo bueno”.

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Una respuesta a “Los huiros del Papagayo.

  1. su comentarios es muy interesante que pena que las personas no den importancia a esto……ahora noviembre del 2011 filme a unos buzos y pescadores cortando y sacando sacos de huiro de la playa el tabo lo cual me trajo este mal recuerdo……….

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