La carretera que quería ser autopista.

Esta es la historia de una carretera que soñó un día con ser autopista. Y ver a los vehículos transitar con seguridad y rapidez por ella, orgullosa del servicio que prestaba. Pero se quedó sólo en sueños, hoy está ahí, pero no pasa de ser una carretera de dos carriles, jamás una autopista. Y hay muchas razones para ello, como se verá en este comentario.Me estoy refiriendo a la carretera norte-sur, o carretera Panamericana, como se la llamaba anteriormente. Hoy construida por tramos en una doble vía por expertos de España y de México. Que probablemente tuvieron que adaptar esta realidad chilena a otros estándares de calidad, diferentes a los que se ven en España, por ejemplo. He tenido la ventura de manejar por la Madre Patria y las autopistas de allá no tienen nada que ver con las que se construyeron acá.

Primero que nada, los terrenos que rodean los tramos de alta velocidad no tienen construcciones en las vecindades. Las autopistas pasan lejos de poblaciones, evitando el contacto accidental con peatones imprudentes. Las barreras delimitadoras de terrenos agrícolas o de ganado, están a lo menos a 30 metros de la platabanda, y con vallas altas y firmes, reduciendo drásticamente el evento del cruce de animales. La separación de las vías es amplia y presenta una forestación de altura media que impide el encandilamiento de los conductores en la noche al ir con luces altas, de mayor seguridad en carreteras no iluminadas, como son las de Bélgica, donde uno puede ir sin luces si quisiera. Pero eso pareciera ser un lujo excesivo, de país rico o que invierte en seguridad de sus habitantes hasta el extremo. Todo lo contrario a lo que vemos en nuestro país. Claro que eso habría significado hacer los trazados en una ruta nueva, más caro y expropiando una mayor cantidad de terrenos, elevando los costos. Probablemente el gobierno de turno no estaba dispuesto a gastar más, sacrificando otros negocios muy lucrativos… para ellos, lógicamente,  como fue el caso de los ferrocarriles.

Y así quedó nuestra “autopista”, a la chilena, a medias, llena de ripios, con apariencia de vía de alta velocidad, pero con los problemas propios de un camino rural algo “enchulado”. Ddebo trabajar dos veces a la semana en Pitrufquén y Lautaro, por lo que transito en un breve trozo de este camino, unos 80 kilómetros tal vez, varias veces al mes.  Y me he encontrado con sorpresas muy ingratas. Primero que nada, la cantidad de perros muertos al costado de la vía, que traducen la invasión frecuente de animales causantes de accidentes y daño en vehículos. Atropellar a un perro a 120 kn por hora no es un chiste, causa deterioros graves del auto y expone a un daño mayor a los conductores y pasajeros. Si es una motocicleta, puede causar la muerte, como ocurrió a un joven conocido de la familia en este mismo tramo de la carretera. Y ni hablar de los peatones que saltan las barreras para cruzar donde les da la gana. Familias completas, hasta con niños de brazos y bultos, esperan para sortear los vehículos que pasan a gran velocidad ¿Qué tipo de educación están dando a sus hijos? ¿Qué ejemplos de seguridad trasmiten a su progenie? Ninguno, está claro. Y esos cruces ocurren, muchas de las veces, a escasos metros de las pasarelas peatonales construidas expresamente para que atraviesen con seguridad. Es el mismo prisma cultural que he comentado tantas veces: la ley de la selva. Cada cual hace lo que se le antoja, la convivencia civilizada no está incorporada en los genes, el correcto uso de los avances tecnológicos y del progreso no cuenta más que en la medida que sea coercitivo. Ejemplos hay a destajo, como el caso de los robos de los teléfonos de SOS, que debieron ser modificados, o de la lapidación de vehículos al pasar debajo de los pasos peatonales, máxima muestra de una barbarie decadente.

Finalmente caemos otra vez en la educación como único freno a largos años plazo. Pero hay que empezar alguna vez. Mientras tanto, el fuego y el palo deberán tener a las fieras a araya. No hay otra. Está claro que todavía no tenemos la capacidad de darnos cuenta por nosotros mismos de las ventajas de vivir civilizadamente, con respeto y cordura, midiendo la dimensión de nuestros legítimos derechos, pero cuidando también la ejecución oportuna de nuestros deberes. Eso no existe en la sociedad chilena actual. La brecha educacional entre colegios privados y públicos se agranda cada vez más. Eso hace cada vez más incierto nuestro futuro como pueblo educado, única garantía de sana convivencia. El ablandamiento de la autoridad y la laxitud de las penas a la delincuencia son también trabas crecientes que promueven la impunidad y la falta de justicia, agravando las tensiones de la comunidad.

Quiera Dios que vengan nuevos tiempos. Que una verdadera renovación surja dentro de nosotros mismos y en aquéllos que nos conducirán, como pueblo, en el futuro. Sólo así podremos avanzar de verdad.

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