Navidad galáctica (cuento corto).

La noche estaba estrellada y clara al final de ese día 24 de diciembre. Una suave brisa mecía las copas de los árboles que flanqueaban ese camino rural polvoriento que corría atravesando lomajes, potreros y campos donde maduraba el trigo. Por él se veía avanzar una modesta carreta que aquel flaco y viejo caballo arrastraba trotando sin mucho entusiasmo.

– Apúrate Bonifacio, que a este paso no vamos a llegar nunca, caramba – le decía el conductor, animando a su bestia para que apurara el trote. El cansado jamelgo tiraba sin convicción, abstraído en medio de sus pensamientos equinos, tal vez soñando con un prado verde y fresco.

Esa tarde, el hombre que conducía el carruaje, había terminado de poner orden en la escuelita rural que dirigía, puesto que era un esforzado maestro rural, después que se hubieron marchado todos los niños y sus padres, celebrando la Navidad escolar, apurándose para cerrar y poder ir al pueblo a comprar los enseres necesarios para poder celebrar su propia fiesta, allá en su casa, y entregar los humildes regalos que pensaba adquirir para su pequeño hijo y después esperar el nacimiento de Jesús junto al pesebre que Julieta, la esposa, había confeccionado anteriormente con papel maché. Ella era buena artesana, tenía condiciones, se había destacado en el centro comunitario rural en donde habían dictado esos cursos el año pasado, patrocinados por el DUOC. Le había quedado hermoso, con figuras multicolores que parecían querer hablar.

La tarea emprendida por él en el arte de comprar, “shopping”, como se llama ahora, podríamos considerarla casi titánica. Las tiendas del barrio popular del pueblo, donde él acostumbraba a comprar sus cosas, estaban este día atestadas de gente. Las calles apenas permitían el tránsito de la carretela, con un Bonifacio que relinchaba a cada rato, asustado por el bullicio, reculando en vez de avanzar. Después de mucho bregar, logró por fin colarse en un baratillo oriental donde a empujones se hizo de ese jeep que le había encargado el pequeño Isaías, su hijo de 7 años, y adquirió también un cómico payaso multicolor a cuerda, que se columpiaba con aspecto de borracho mientras sonaba una pegajosa melodía. Seguro que haría reír al pequeño. No resistió la tentación de comprarlo, lo hizo reír a él también. Después, en la feria, adquirió los víveres necesarios, regateando al máximo, tratando de estirar lo que más pudiera el exiguo aguinaldo municipal que recibiera apenas en la mañana. Por suerte habían implementado este año el sistema de las tarjetas y la cuenta uno, así pudo girar del cajero y hacer las compras. Soportando olores, sudores y unos cuantos pisotones, tuvo éxito de llegar hasta Bonifacio entero con los bultos.

Las horas pasaban rápidamente, poco a poco el cielo fue oscureciéndose y cuando al final fue posible reunir todos los encargos que le había listado Julieta, era noche cerrada. Ella estaba en casa recuperándose de una intervención que había tenido tres días atrás a un molar y no fue capaz de ir al pueblo para preocuparse de la fiesta navideña, como hacía cada año. No te preocupes, Juli – le dijo él – me iré con Bonifacio a la feria y me encargaré de todo cuando termine en la escuela. Ya verás qué bien lo vamos a pasar, hasta se te olvidará el dolor.

Pero no contaba con la congestión que encontró en el pueblo ni con la lentitud de Bonifacio, que parecía querer botarse en huelga esta Navidad. Se le hizo tarde y cuando logró enfilar por el camino que lo conduciría hasta su casa, hacía rato que había caído la noche. Todavía quedaban casi 10 kilómetros para llegar al cruce.

Adaberto, que así se llamaba el profesor, estaba contento. Había sido un buen año escolar. Los niños se portaron tal vez un poco menos inquietos que otras temporadas, o, al menos, así le parecía a él. Debe ser porque tengo la moral muy alta – se decía, mientras saltaba en el asiento de la carreta, traqueteada por el cansino trotar de Bonifacio y la aspereza del camino –, porque estoy orgulloso de los logros de este año. Si hasta recibimos el estímulo de nuestros amigos rotarios del pueblo que celebraron la Semana del Niño con nuestra escuela. Nos regalaron un completo equipamiento deportivo para todos los niños, y pelotas y aros para las niñas. Y hasta un computador nuevo, con un genial curso de inglés interactivo en DVD. Buenos regalos. Sin duda. Los aprovechamos de buena manera. Pero fue ese viaje a la costa lo más fenomenal y destacable, ya que casi ninguno de mis niños conocía el mar. Si todavía trasmiten acerca de lo inmenso del océano, de las olas, las gaviotas y lo fría que estaba el agua. Hasta los más tímidos cantaban en el bus de regreso al campo. Fueron verdaderamente felices, y pensar cómo se puede lograr tanto regocijo en un niño con cosas tan simples como esa.

– Apura el tranco, caballo flojo – le gritó al animal – te dejaré sin cena si no mueves mejor las patas…Pero Bonifacio seguía pensando en verdes colinas y en la sombra del sauce donde solía recostarse en las calurosas tardes del verano.

Ya eran cerca de las once. Isaías debe estar con la pataleta y la Juli algo preocupada – era el sentir de Adaberto, mientras se calaba el sombrero para resistir mejor el empuje de la brisa que ya refrescaba un poco. Levantó la vista, el cielo estrellado lo estaba acompañando esa noche con una claridad especial, casi trasparente. Era un manto cuajado de pequeñas joyas, las estrellas, como preparado para recibir y acoger al Salvador.

– ¡Mira, Bonifacio, que linda se ve la constelación de Orión! – Dijo apuntando al cielo con su mano libre de las riendas -. Ahí está el arquero, con su cinturón con las Tres Marías, la roja Betelgeuse en el hombro y aquella azul hermosa, que situamos en su rodilla, es Rigel – . Parecían estarle sonriendo. De pronto se concentró en el camino, rompiendo el encanto de su contemplación estelar.

– Mejor mira p’adelante, caballo pajarón, que el camino se complica. ¡Agárrate Bonifacio, que se nos viene encima la curva de la Tuerta, no te vayas a resbalar en el ripio muchacho, mira que traigo la carreta cargada con los regalos y la cena, badulaque! – gritó al percatarse que la velocidad del vehículo, sin ser exagerada, era poco prudente para tomar esa cerrada curva, conocida por el ángulo agudo que formaba a la entrada de un fundo perteneciente a un importante industrial de la zona.

Pero la carreta dobló por el camino sin aminorar la marcha, patinando peligrosamente. En el punto más agudo de la curva, una piedra se interpuso en la huella de la rueda que recibía el mayor peso en ese momento, lo cual hizo que el vehículo diera un salto fenomenal, perdiendo estabilidad y fuera a caer de costado a la depresión que orillaba al camino. Bonifacio fue arrastrado violentamente hacia atrás mientras lanzaba un relincho de pavor, Adaberto cayó desde el pescante y fue a dar con sus huesos en la mitad de la huella, deteniéndose el carretón en medio de una nube de polvo.

– Nos llegó al pihuelo, viejo camarada – se lamentó el profesor, mientras trataba de incorporarse, quedando sentado en medio de la ruta, sacudiendo con desgana su ajado traje y admirándose de no tener ningún hueso roto–. Se acabó la Navidad familiar – exclamó apesadumbrado -. No debí tomar la curva así, con tanta imprudencia. Pero quién iba a pensar que había un peñasco en medio de la calle, por las reflautas –. Dos pequeñas luciérnagas lo miraban desde la oscuridad del lado de la carreta. Eran los ojos de Bonifacio, que ya se había enderezado, brillando en su cabeza cubierta de polvo.

Se quedaron allí, él con la cabeza escondida entre las manos, despeinado, la desesperación esculpida en su rostro como una máscara griega, el animal, testa baja, con la resignación propia de su condición de bestia sumisa y fiel. Los minutos pasaron sin poder precisar con exactitud la dimensión del tiempo, era una eternidad indefinible para ambos, la fatalidad misma que golpea sin aviso y te deja desarmado. De pronto, un siseo extraño, como si el viento soplara a través de un tubo de cemento, atrajo la atención de los dos estupefactos seres del camino. Amo y animal levantaron al unísono la cabeza y vieron algo casi irreal, que sólo tuvo sentido para Adaberto. Una esfera negra, rodeada de un tenue halo azulado que permitía distinguirla de la negrura del cielo, estaba sobre ellos. No alcanzó ni siquiera a emitir una exclamación, porque de ella salió un haz de luz enceguecedor que nubló su conciencia y ya no supo nada más.

Despertó con una gran sensación de bienestar en el cuerpo y un sentimiento de alegría que le subía desde lo más profundo del pecho. Abrió los ojos y se dio cuenta que estaba parado frente a la puerta de su casa, se miró y notó que su traje estaba impecable, al volver la vista divisó la carreta, que brillaba extrañamente limpia y ordenados sus bultos de carga. Bonifacio estaba erguido al frente, con las crines peinadas y su piel tenía tonalidades broncíneas, como cuando lograba bañarlo en el estero. Casi parecía un caballo de alcurnia. Eran las once 40 minutos. Miró hacia lo alto, allá lejos estaba la esfera, como esperando que despertara para decirle adiós. Y lo hizo de manera fantástica, lanzó una especie de cohete que estalló en medio de las estrellas dibujando en el cielo nocturno una curiosa figura: parecía una rueda dorada con cuatro brazos, muy semejante – pensó Adaberto – a la que estaba en el diploma que recibiera este año de los amigos de Rotary…

– Vaya, qué curiosa sorpresa – se dijo el profesor –, pero no me extraña en absoluto, esos caballeros y esas damas son capaces de hacer cualquier cosa, incluso algo que parezca un verdadero prodigio. Gracias una vez más – se despidió mentalmente levantando una mano hacia lo alto. Agarró los bultos del carretón y se decidió a entrar a su hogar para celebrar la Navidad con los suyos.

Fue una hermosa Navidad. Muy diferente a todas las demás. Ya lo creo que sí.

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