Extraño esos tiempos cuando había locos…

Siempre los hay, está claro. Pero no estoy hablando de esos locos comunes, ya que estará siempre lleno de ellos y de todas las clases imaginables. Abundan por todos lados. No. Me estoy refiriendo a los moluscos, al Concholepas concholepas, nuestro exquisito y casi extinto “loco” que es endémico sólo en las costas de Chile y el sur del Perú. Ese que fue sobre-explotado en forma inmisericorde.

Y hoy se encuentra a unos precios jamás imaginados, apenas en conserva, o de contrabando. Lástima, eran magníficos. Me imagino que las generaciones más jóvenes ni siquiera los conocen, a menos que hayan visto fotos de ellos en las clases de biología, como muestras de animales en vías de extinción, una más de las numerosas especies amenazadas hoy por la avidez  irracional del hombre y la contaminación de los mares, amén del calentamiento global, producto igualmente de la polución de gases y el efecto invernadero sobre la atmósfera.

Recuerdo cuando veraneaba con mi familia en el balneario de Pichidangui, allá por los años 70, con mis hijos pequeñitos que aún ni iban al colegio y yo podía arrendar una casa en el mes de marzo. A un precio razonable, financiable con mi sueldo de becado y fuera de la temporada más alta. Una delicia, toda esa inmensa playa a nuestra disposición. Y miles de locos para comer. Los sacaban del mar por miles, de gran tamaño, desconchándolos los pescadores a la orilla de la caleta y arrojando las conchas a una pila que adquiría el tamaño de una verdadera montaña, donde se secaban al sol nortino hasta tomar un color ceniciento. De vez en cuando una gaviota se acercaba a picotear restos adheridos a las conchas, celebrando su hallazgo con un sonoro graznido.

Era entretenido ver a los pájaros revoloteando alrededor de los mariscadores en medio de su faena. Y gozar de la vida silvestre todavía casi virgen en esos tiempos. Me acuerdo de una tarde sin viento, cosa un poco fuera de lo común en ese litoral después de las cuatro de la tarde, en que estaba platicando con el hijo de la dueña de la hostería más importante del pobladito, cuando vimos llegar hacia la playa a dos enormes corvinas que venían a merendar camaroncillos al reventar de la ola. Cuando se levantaba la pequeña cortina de agua se las veía nadar al través como si estuvieran surfeando. Nos metimos al agua para verlas desde más cerca, avanzando un poco más allá del lugar donde reventaba el oleaje. No se asustaron, siguieron en su faena de atrapar un copépodo para la cena. Me quedé muy quieto y uno de los peces pasó junto a mis piernas y, casi como un gato, se frotó contra una de mis extremidades. Sentí el frío de su piel y su resbalosa superficie. Nunca lo olvidaré, fue una sensación inverosímil la de sentir a un animal silvestre de naturaleza huidiza vagar al lado mío y entrar en contacto físico con él. Eso demuestra el grado de libertad que la fauna tenía en esas latitudes y la ausencia de terror por la presencia humana. Tal vez los pescadores sólo pescaban lo necesario y no perturbaban la vida natural del entorno.

Los locos fuerron la entrada obligada y popular de la mesa chilena. Los locos-mayo, junto a la palta reina, constituyeron el prototipo de la oferta para comenzar un buen almuerzo o cena. Era un menú ubicuo. Y en algunos lugares, memorable. Como en el restaurante de la Juanita, allá por Barrancas, camino a Llo-Lleo, donde te servían cinco ejemplares “pata de elefante” que te dejaban patitieso de entrada. Y eso era apenas para empezar. Después venía el caldillo de congrio en un odre de barro que parecía piscina. Sólo para gustadores del gran yantar.

En Pichidangui comíamos locos de cuanta forma se pueda preparar. Como eran de bajo costo proporcionalmente, aportaban la principal fuente de proteínas en nuestra dieta. Empanadas de loco, apanados, con queso, en chupe, al pil-pil, en cazuela, con mayonesa, hasta en cebiche. Una delicia en cualquiera de sus formas. Claro que había que apalearlos antes para que se ablandaran. Lo hacían los mismos mariscadores en una cámara de neumático con una técnica precisa para no desintegrarlos. Los entregaban “mansitos”. Después se cocinaban en un poco de agua de mar y quedaban listos.

Ya no se encuentran en los mercados ni en los restaurantes comunes. Tal vez en aquéllos de cinco tenedores. Y en Euros. O hay que esperar que se acerque un contrabandista que en voz baja y disimulo indiscreto te diga: “Tengo locos, patrón…” Y te muestre unos dedalitos penosos que te harán añorar más todavía esos tiempos de los “locos-mayo” tipo “pata de elefante”…

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