Mostrar la camiseta: ¿eso es todo lo que queremos?

Los Juegos Olímpicos reunen cada cuatro años a lo más granado de los deportistas mundiales. El interés del anfitrión es que ojalá todas las naciones del orbe estén representadas. De ahí que haya algunos invitados, especialmente de esos países muy pequeños o de escasa trayectoria deportiva que dificilmente podrían competir de igual a igual, pero que se quiere que representen a sus colores. Y a otros destacados que el anfitrión desea estimular, como fue el rival chino de Fernando González en la apertura del tenis. También se aprovecha estas invitaciones para llenar los cuadros de competencia. Los pocos chilenos que llegaron hasta allá fueron a competir ¿Todos? Parece que no.

Patricio Almonacid, un ciclista de Puerto Montt, estaba inscrito en la prueba de ruta. Dura prueba. Pero junto a los grandes del planeta. Y en un paraje impresionante, pasando por la Gran Muralla. Ya eso sólo era un premio para los competidores. Los dos chilenos participantes deberían apoyarse, probablemente uno de ellos era el que estaba mejor preparado para resistir la carrera y ese era Gonzalo Garrido. Pero todos vimos otra cosa por la televisión.

Almonacid disparó en una escapada formidable apenas empezada la carrera y sacó más de 10 minutos de ventaja a todo el pelotón. Aperrado corría sin aliento casi, maravillando a la audiencia televisiva, impresionando a los relatores chilenos que no podían creer lo que estaba pasando, Chile se mostraba a la luz del mundo como una sorpresa de proporciones. Pero la ilusión duró apenas dos horas. Los italianos y españoles, experimentados en estas lides, venían detrás en el pelotón tomando fotos del paisaje, poco menos que en una cicletada campestre. Para ellos la carrera de verdad comenzaba después, medían sus fuerzas revervando las energías para el momento decisivo. Sabían a lo que iban, a por las medallas.

Garrido lo confesó, él quería quedar entre los 50 primeros. Suficiente para él, conocedor de sus capacidades, terminó la carrera donde quería. Pero la aventura de Almonacid es la que capturó la atención de todos. Durante más de dos horas Chile fue el centro de conversación mundial. La roja de la estrella solitaria brilló en forma deslumbrante. Pero lamentablemente fue el mismo protagonista quien echó por tierra cualquier merecimiento que esta arrojada actitud pudiera haber tenido para gloria de nuestros colores patrios. Confidenció urbis et orbe que sólo quería robar cámara. Reconocía sus limitaciones en la competición y sólo le interesaba mostrar la camiseta, responder a sus patrocinadores, justificar el haber llegado hasta China financiado por algunas casas comerciales de marcas de bicicletas. El desencanto fue generalizado y la prensa especializada en deportes censuró esta actitud del deportista.

La actitud del ciclista es más farandulera que deportiva, más efectista que efectiva, más publicitaria que heroica, más utilitaria que noble. Su esfuerzo no estaba dedicado a ganar, a lograr la meta, a competir sanamente por obtener el deseado triunfo para lo cual fue a China. A representar a Chile en un esfuerzo deportivo, a mostrar la garra y el coraje de la raza chilena. No. Sabía que no podría, entonces sacó partido de una situación imposible. Ahora logró notoriedad, pero dentro de un marco equivocado.

Un caso típico de Condorito, un logro risible y absurdo en medio de la confrontación deportiva máxima de la humanidad. Como somos los chilenos, tal vez. Sacando ventajitas absurdas en vez de dedicarnos seriamente a los logros de verdad. Conformándonos con aparecer, como aquellos niños y adultos que se pasean por detrás de una cámara que entrevista a alguna personalidad haciendo señas a los parientes. Les basta eso ¿Nos basta sólo eso? La actitud de este deportista no ha hecho otra cosa que confirmar nuestra mediocridad generalizada, nuestros esfuerzos orientados hacia metas banales y efímeras. Las excepciones confirman la regla. Lamentablemente esta actitud es también observada en muchos organismos oficiales, desde ministros y personeros de mayor rango, inclusive, hasta funcionarios de menor cuantía: lo importante es la foto, aparecer, parecer, no ser. Aparentar que se está haciendo algo importante, inaugurar obras que no se concluyen, ofrecer soluciones mágicas, ilusionar con maniobras de prestidigitación en asuntos de vital importancia, para no perder la postura, la arrogancia y la posición que da el poder temporal y pasajero.

Es el momento de romper este paradigma de la acomodación simplista y cómoda. Hay que imprimir en las nuevas generaciones el valor de lo auténtico, del mérito por el conocimiento y la eficacia, la gloria de llegar a ser el primero por la vía ancha del saber y la autoridad de la experiencia eficiente. Eso toma tiempo, pero hay que empezar. Por grande que sea la distancia a recorrer, siempre se comienza dando el primer paso.

Doble error el de Almonacid, haberlo hecho con esos propósitos y haberlo dicho de la manera que lo hizo. Un único mérito: haber sido honesto ( ¿o demasiado ingenuo? ) para declararlo. Si hubiera dicho que se la jugó porque se creyó el cuento y entregó hasta la última gota de esfuerzo para ganar y no se la pudo, habría quedado como un verdadero héroe criollo. En la oscuridad de la realidad, pero arriba. Su mea culpa lo derribó.

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