Transantiago revisitado.

Siempre que vuelvo a la capital tengo, indefectiblemente, que ocupar el transporte público. Los taxis son caros, aunque la tarifa de los nuestros sea no muy elevada comparada con las observadas en otras latitudes, las distancias a recorrer son muy largas, hay detenciones prolongadas en semáforos y embotellamientos y al final, hay que desembolsar elevadas sumas que hacen imposible movilizarse exclusivamente en este medio. Por lo tanto, hay que subirse a las micros y al metro.

Ahora tuve que hacerlo. Y puedo comentar algunas novedades en referencia a los comentarios que aparecen en otras entradas previas. Primero, debo reconocer que los nuevos buses son más amplios, higiénicos, seguros, rápidos y tienen un desplazamiento ordenado, deteniéndose solamente en los paraderos autorizados. Segundo, pude verificar que los minusválidos efectivamente cuentan con más facilidades para subir y bajar. Algo impensado en las anteriores épocas de las amarillas. Hasta aquí, todo bien.

Pero…hay puntos negros todavía. Y son importantes, tanto para el sistema como para los usuarios. Debí esperar en un terminal más de media hora en medio de una fila numerosa de trabajadores que aguardaban, igual que yo, poder regresar a casa. Llegaban los buses con una frecuencia de diez minutos, aproximadamente, pero el chofer sólo aceptaba pasajeros sentados, lo que hacía avanzar la fila de manera lenta. Sin embargo, según pude comprobar después, en los siguientes paraderos abría las puertas para dejan entrar pasajeros de pié. No tengo explicación para este tipo de sistema.

La elusión del pago sigue siendo frecuente. Me consta. El conductor no tiene capacidad para verificar la correcta aplicación de la tarjeta ni impedir que la gente acceda por las puertas de bajada. Además, hay un espacio grande entre la subida y el molinete y mucha gente se queda aquí sin validar la tarjeta. El conductor no parece impresionarse por esta situación. Y se bajan cuando llega el momento oportuno ¿No será que la figura de los cobradores es necesaria hasta que se civilice la gente al grado de saber responder a la correcta cancelación del servicio ocupado? ¿Y sin presiones? Ya les comentaba que el modelo danés sólo funciona en Dinamarca…

Hay lentas mejoras, en un año apenas se notan. No cabe dudas que con una mejor gestión se podría mejorar más rápido. Las frecuencias están desajustadas con las demandas horarias. Pasan muchos buses vacíos en horas valle y escasean en horas punta.

¿Cuánto más habrá que esperar? ¿Cuántos millones de dólares más hay que inyectar al sistema para que funcione realmente bien? Como todo en Chile, siempre a medias, arreglando la carga en el viaje…

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