El teléfono celular (“el móvil”).

Hace unos días fuí a misa en una iglesia notable, la de El Almendral, tal como comentaba anteriormente. El curita, muy simpático, después de saludar a los asistentes, antes que nada, solicitó que apagaran los celulares, ya que para comunicarse con Dios no hacía falta este aparato. Bueno, quizás es la tecnología que viene, quién sabe. Pero esta advertencia del pastor es atingente, en todo caso, pues es muy frecuente que los llamados con “ring-tones” de todo tipo, desde musicales hasta estrafalarios, interrumpan todo lo que está pasando.

Y no deja de ser incómodo cuando tu interlocutor, a ese que le prestas atención, o que te la está prestando a tí, interrumpe la conversación para contestar el celular. Aparte de ser incómodo, es una muy mala educación dejar a alguien con la palabra en la boca. Y ocurre más veces que las convenientes. Hoy, hablar por celular, se ha transformado en una manía, fomentada descaradamente por las empresas que venden aparatos y conexiones, obvio, ese es su trabajo, con campañas publicitarias orientadas especialmente hacia los más jóvenes que resultan más lábiles en el momento de sentirse independientes y autónomos.

Porque el tener un celular en la mano te da poder, te da sensación de libertad, te dice “estás conectado, amigo, no estás solo, la información y la ayuda están a la distancia de apretar tres teclitas”. Sí, pero no te dicen que eso cuesta platita. Y que las cuentas las va a pagar papito…Pero ellos juegan así, son son los juegos del modernismo, de la tecnología al alcance de todos. No pongo en duda la utilidad del artefacto, a mí me ha sacado de apuros y es indispensable para contactarse con asuntos de negocios. Eso no merece discusión. Hemos dejado atrás esa época de la apariencia, cuando muchos hacían que hablaban por celulares de madera. Para no quedarse atrás. Pero eso no quiere decir que estemos pegados al invento ese.

El tema está en depender del celular. Una llamada se debe responder en el acto, aunque quede grabada, aunque haya mensaje; no, se genera un impulso violento e incontrolado por tomar el teléfono y ver quién llama, como si estuviera alguien esperando que le comuniquen que se ganó la lotería, o algo así. Y se habla mientras se conduce, entorpeciendo la circulación y con riesgos para terceros, evadiendo las disposiciones al respecto (claro que también nadie fiscaliza con seriedad); en la cola de los bancos es frecuente ver a sujetos hablando solos, incluso cosas personales, como hacían unicamente los loquitos antes, a través de dispositivos de manos libres, uno cree que se hicieron todos amigos de tanto esperar al cajero, en día lunes o viernes, empezando una tertulia animada entre todos. Pero al prestar atención, te das cuenta que cada uno habla por su lado, como un galimatías tipo torre de Babel.

Me resistí varios años a tener uno. Hoy necesito, en parte, de su empleo, ya que como todos tienen, nadie se comunica conmigo si no es a través de él. Y quedaría aislado, como un Toribio en una isla rodeada de un océano de celulares, incomunicado. En Chile ya nos estamos acercando a los 15 millones de aparatitos, la penetración más alta de América Latina, y mayor que en USA, casi uno por habitante. Por eso lo digo.

Pero aprendamos a usarlo con respeto. No a sentirnos como esclavos del “ring-tone”, desconectemos las llamadas si vamos al médico o al dentista, a una conferencia, al teatro, a una reunión privada, a ver a un amigo, haciéndole sentir que él es más importante que nuestro celular, a la iglesia, a un funeral, en fin, a cualquier parte donde nuestras llamadas privadas no pasen a ser de dominio público, a nadie más interesan, y que respeten la comunicación verbal, la más próxima, la más cálida y humana.

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Una respuesta a “El teléfono celular (“el móvil”).

  1. Clap!! Clap! Clap! Clap!Clap! Clap! Clap!

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