Cuando volar era la hostia…

Volar. Siempre el hombre tuvo esta ambición. Desde los tiempos de Icaro en la leyenda griega en el cual el calor del sol derrite sus alas de cera y cae al mar. O los modelos de Leonardo, en los cuales aparecen aparatos orientados a mantener al hombre en el aire. Verne nos entretuvo con novelas en las cuales los héroes volaban en aparatos fabulosos (Héctor Servadac). Y al final, los hermanos Wright lo hicieron. Y de ahí, todos hemos volado un poco. Y quisiera recordar uno de mis vuelos más emocionantes.

Fue en el San Felipe de los años sesenta, probablemente en 1961. Yo pasaba muchas temporadas allí, veraneando y en los feriados largos. Algunas amigas predilectas me atrían de manera especial y un grupo muy animado de jóvenes nos entreteníamos sanamente en bailoteos, paseos, competencias y aventuras.

Con mi amiga Sandra Jacques fuimos al bautizo de su hermana Atenas en el Club Aéreo. Recibía la licencia de piloto civil a los 18 años. Fue impresionante cuando después de dar una vuelta piloteando sola alrededor de la pista, aterrizó y fue arrebatada desde la cabina del avión por sus compañeros pilotos, llevada en andas hasta un sector de los angares, instalada debajo de una escalera y se le vertió encima el contenido de un tambor de aceite quemado que habían colocado encima. Gran gritería y risas. Después un simpático colaborador de tan magno acontecimiento, le vació encima un saco de plumas que se adhirieron a sus ropas empapadas de aceite. Grandioso espectáculo, Atenitas saltaba gritando entre risas y pedidos de socorro, Sandra lloraba por el ridículo de su hermana y Cecilia Aceituno, otra amiga presente, y yo, llorábamos de la risa. Al final, ella se fue a lavar y reponer y todos brindamos con empanadas y bebidas la feliz ocasión.

Como un par de meses después de este evento, volví a San Felipe. Era un hermoso fin de semana, soleado, fresco, trasparente. La cordillera estaba nevada y brillaba con los rayos del sol. Fui a saludar a Sandra a su casa, allá en la calle Tocornal, y Atenas, que iba saliendo, me dijo “te invito a volar, ¿te atreves?”. Cómo rechazar tan tentadora invitación, ella era una muchacha muy hermosa, valiente, no podía desmerecer. Acepté de muy buen grado, dejando de lado cualquier temor. A los 16 años no se mide el peligro, la posibilidad de una aventura es el imán más poderoso que nos atraerá sin remedio.

Nos fuimos a la pista aérea en una motoneta que había en esa casa y que Sandra utilizaba regularmente. Era característico verla pasar por las calles metiendo ruido en ese veloz aparato. Atenas pasó a solicitar permiso para volar y nos encaminamos a un avioncito que me pareció casi un juguete. Mira – me dijo ella – las alas de estos aviones son de lona. Y las toqué, efectivamente, lona tensada. Nos subimos, uno al lado del otro en la estrecha cabina. Sólo dos plazas. Me fijé que el avión solamente se comandaba con una palanca de mando y unos pedales. Casi artesanal.

Le dimos contacto y un ayudante de pista le dio vuelo a la hélice de un empellón para que partiera el motor. Yo miraba fascinado las maniobras y empecé a dimensionar las posibles consecuencias de mi osadía. Hasta aquí todo bien, pero ¿en el aire en este aparato de aeromodelismo un poco más grande? Tomamos velocidad por la pista y en un momento determinado Atenas tiró de la palanca y el avión saltó en el aire tomando altura rápidamente con un rugido del motorcito. Los campos fueron quedando atrás mientras ella movía los pedales para girar. Emocionante, era como sentirse en el pellejo de un pájaro. Nos dirigimos hacia la cordillera con el Aconcagua al frente, como un faro gigantesco de color blanco. Los Andes apareció allá abajo. “Vamos a dar una vuelta por los Baños del Corazón”, me dijo Atenas y enfiló hacia San Esteban. Pronto vimos las viñas y las costrucciones de las piscinas del balneario. Pasamos en redondo y enfilamos hacia San Felipe de regreso. Se me hizo nada el paseo. Allá arriba todo fue diferente, la emoción de estar en el aire, con una mujer piloto apenas algo mayor que yo, no tuvo mayor importancia. Además, ella lo hacía muy bien. Fue una experiencia inovidable, hoy a 40 años de aquello recuerdo cada detalle como si fuera hoy.

Después hemos volado muchas veces en aviones de todo tipo, cuadriplazas, de 6 plazas, Twin Otter, DC 3, comerciales. Pero ninguno de esos vuelos tuvo la emoción y la adrenalina de esa vez en San Felipe. Gracias amiga Atenas.

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