Puerto Montt – Palena en avioneta: la montaña rusa más grande del mundo.

Era el año 1975. Estábamos en el grupo de trabajo planificando una investigación de campo para definir mejor la epidemiología de la Hidatidosis humana en comunidades rurales del sur de Chile. Un médico ex-alumno nuestro, el Dr. Jaime Gómez Narváez, estaba en esos momentos de general de zona en Alto Palena, Chiloé continental, hoy X Región, mostrándose interesado en nuestro proyecto y ofreciendo facilidades para recibirnos. Así fue decidido y partimos a la aventura. Premunidos de todo lo necesario para nuestras investigaciones, abordamos un bus de Vía Sur rumbo a Puerto Montt.

Verano en el sur. Un verano como pocas veces visto, con temperaturas de hasta 32 grados en ese puerto. Lamentablemente el avión FACH que había sido contactado para llevarnos a Palena no estaba en la ciudad por tener que acudir a una emergencia en el área de Osorno y no podría estar de regreso hasta unos cuatro días más. Imposible esperar. Los días estaban muy acotados en nuestros permisos y presupuestos. Como era fin de semana y hacía tremendo calor, decidimos ir a pasear en bote al Canal de Tenglo. No faltó quien se echara al agua para capear el calor. El primero, Víctor Muñoz, nuestro tecnólogo, que anunció que lo iba a hacer “calato” sin más miramientos. Así fue, pero luego uno a uno lo fuimos imitando, con gran algarabía y bromas, dado que circulaban otras embarcaciones con turistas femeninas…

El Dr. José del Nido, a cargo de la Dirección Regional de Salud, quien era piloto civil, puso a nuestra disposición dos avionetas y un piloto del Servicio Nacional de Salud para ir ese domingo a Palena. El mismo pilotearía uno de los aviones. Con él viajamos nuestro jefe, Profesor Dr. Hernán Reyes, Víctor y yo, en el otro
avión iban el Dr. Oscar Abeliuk, Daniel Quinteros, nuestro ayudante-alumno y Roberto Hernández, nuestro asistente técnico. Salimos desde el club aéreo de La Paloma una soleada mañana de enero de 1975 rumbo a la remota localidad casi en la frontera con Argentina.

Hasta Chaitén el vuelo fue un paseo de agrado. Nuestro avión seguía la ruta señalada por el piloro profesional del SNS que iba a unos 1.000 metros adelante. El mar estaba calmo abajo, trasparente, algunos barquichuelos pescadores destacaban rumbo a las islas y era posible ver toninas en grupos que circundaban a las embarcaciones, brillando de un color plateado al acercarse a la superficie. Un espectáculo fascinante se desplegaba ante nuestros ojos acostumbrados al cemento, micros, gentíos y pocos colores. Nuestras cámaras se hacían pocas para grabar tales paisajes.

Pasando las islas del Grupo Desertores nos enfrentamos al valle del Río Yelcho y viramos hacia el interior del continente, frente a la isla Puduhuapi. Las condiciones de vuelo cambiaron radicalmente. El apacible paseo hasta entonces fue virado a las sensaciones propias de una montaña rusa de dimensiones colosales. Veíamos el avioncito de adelante subir y bajar ante los cambios de los vientos y las ascendentes y descendentes y luego esas mismas situaciones nos afectaban a nosotros. El sonar de la alarma de caída libre era la música de fondo y admirábamos al Dr. del Nido cómo controlaba el timón y compensaba los vaivenes con cambios en la potencia del motor y ardua nivelación de las alas. A ratos el avión parecía volar de lado. Nos confidenció que sólo había piloteado una vez hasta Palena, esta era su segunda expedición al mando de un avión, pero que no nos preocupáramos, porque tenía muchas horas de vuelo. Y qué importaba ya si estábamos allí. No podíamos hacer nada más que rezar porque le saliera todo bien. Pasamos sobre el lago Yelcho de un color verdoso en una visión inolvidable. Aquí era donde le gustaba venir a pescar al Almirante Merino. Después de conocerlo, comprendimos el por qué. Su belleza paisajística sobrecoge, pudimos ser capaces de admirarlo entre tumbo y tumbo.

Pasado el lago, el valle se hizo más encajonado y los vientos más caóticos. El avioncito parecía una hoja que volaba con los caprichos del dios Eolo. Casi no era posible mantenerse en el asiento, si no hubiéramos estado bien amarrados habríamos llegado llenos de chichones. La alarma de falta de sustentación casi no paraba de sonar. No supimos qué era ese pitido hasta que no llegamos, si nos hubieran explicado antes creo que habríamos tenido que cambiarnos ropa al llegar…

Finalmente el piloro antecedor nos llamó por la radio y comunicó que iba a hacer la aproximación a Palena, pista condenada, porque está inmediatamente después de un cerro boscoso, es corta y termina abruptamente en un barranco del río Palena. Sólo para expertos. Aconsejaba al Dr. del Nido que se diera una vuelta un poco más allá para darle tiempo a aterrizar y guiarlo desde tierra en caso necesario. Así fue, lo vimos desaparecer detrás del cerro y cuando escuchamos su voz con el OK el doctor se dispuso a girar. Ese fue el peor momento, con un bandazo terrible el avión se fue de morro, remontó y se niveló, pero perdió altura más de lo conveniente, de tal suerte que al enfrentar el cerro algunas copas de árboles rasparon la panza del Cessna con un ruido nada tranquilizador. Pero finalmente se vio la pista y el doctor bajó con elegancia y suavidad posándose con pequeños saltitos en el camino.

No me hablen de montañas rusas. Esta fue de dimensiones faraónicas y duró más de una hora. Para quedar curado de espanto. Al bajar del avión nos salió a recibir el Dr. Gómez muy contento de tenernos finalmente allí. Oscar Abeliuk se acercó a mí aparte con una cara de color marmóreo verdoso y me dijo “¿te dio sustito?”. Quizás yo tenía una cara semejante, no lo sé.

Nuestro reconocimiento desde aquí al desaparecido Dr. José del Nido, quien supo afrontar las dificultades surgidas en nuestro proyecto permitiendo que fuera llevado a cabo, con su contribución personal y sacrificando un día de descanso. Después fuimos informados que había tenido tres infartos cardíacos anteriormente a la fecha de nuestro viaje. De haberlo sabido ¿habríamos volado igualmente con él?

Los resultados de las investigaciones realizadas en esa ocasión fueron publicados en la Revista Médica de Chile 1976; 104: 152 y en Parasitología al Día 1981; 5: 23.

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3 Respuestas a “Puerto Montt – Palena en avioneta: la montaña rusa más grande del mundo.

  1. Un nuevo accidente aéreo en esta ruta confirma las experiencias relatadas en este post. Una de las rutas aéreas más riesgosas del mundo, al decir de los pilotos. Parece ser absolutamente cierto.

  2. Querido amigo Ciro, que fantastico que tengas este sitio en el web .

    Me emociono recordar aquellos tiempos .

    Me encanto tu relato .

    Recibe un abrazo , de tu amigo de siempre .

    Oscar Abeliuk M.D.

    PS , si vienes por Berkeley , no te olvides de pasar a verme , estas invitado .

  3. Ciro , MI EMAIL , SI NO LO SABES ;

    abeliuk@pacbell.net

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