Aspirina y hemorragias digestivas.

En estos tiempos que vivimos, con el secreto deseo de prolongar la vida y mantenerse siempre juvenil y activo, hay una preocupación creciente y permanente por adquirir hábitos saludables y alejar el riesgo de sufrir un incidente catastrófico que deje postrado o inválido de por vida. Al menos eso es lo que la publicidad nos aconseja, profusamente difundida a través de televisión, diarios y medios de comunicación en general.Las enfermedades cardiovasculares, infarto, hemorragias cerebrales, trombosis variadas, siguen siendo la principal causa de muerte entre los chilenos. Y de los humanos de todas las latitudes. Y son variadas las conductas sugeridas para mejor prevenir estas afecciones: ejercicio, luchar contra la obesidad, abandonar hábitos de alto riesgo, como el tabaco, vigilar el colesterol y otros lípidos de la sangre, controlar la presión arterial y la diabetes, si estuvieran presentes.

Y también se ha podido definir que algunos medicamentos han demostrado utilidad para evitar la formación de trombos y coágulos, “limpiar” los endotelios vasculares, efecto que conocemos como antiagregante plaquetario, en el cual la ASPIRINA (Bayer) o ácido acetil-salicílico en su denominación genérica, resulta de especial valor terapéutico. Con las ventajas de su ubicuidad, buena tolerancia general y bajo costo. La publicidad de la Aspirina va a la zaga con su fama de medicamento casi mágico: poderoso anti-inflamatorio, analgésico eficaz, baja la fiebre rápidamente, ha sido, sin duda, un aporte inapreciable a la farmacopea moderna.

La historia de la Aspirina es interesante. Ya los antiguos chinos, egipcios, griegos y romanos utilizaron a la corteza de sauce blanco (Salix alba) para aliviar dolores. Hipócrates, en el siglo IV antes de nuestra era, aliviaba las dolencias con infusiones de hojas de sauce. Recién en 1763 Edward Stone presenta a la Sociedad Científica de Londres un trabajo formal en el cual demuestra la utilidad del extracto de la corteza de sauce para el alivio de dolores. En 1828 Andreas Bruchner, de la Universidad de Munich, identifica como salicilina al principio activo de estos extractos, que en 1897 Félix Hoffmann, químico de Bayer, descubre se trata del ácido acetil-salicílico (AAS) el cual había sido sintetizado ya por el francés Charles Gerhardt cuarenta años antes en el intento, fallido, de encontrar una fórmula más digerible para la salicilina, que causaba irritación faríngea y gástrica al ser ingerida. Bayer registra en 1899 este principio activo con el nombre de Aspirina. En 1999, con el centenario de su registro, Aspirina entra al Salón de la Fama del Museo del Instituto Smithoniano en Washington, USA, y e año 2003 la OMS determina que la Aspirina es “medicamento esencial”.

Analicemos, primeramente, los efectos beneficiosos del AAS que permiten su empleo masivo en farmacoterapia moderna. El investigador británico John Vane en 1971 descubre que esta molécula inhibe la formación de algunas prostaglandinas, moléculas intermediarias en la regulación de la inflamación, la contracción muscular y la fiebre. Simultáneamente Smith y Willis descubren que AAS es capaz de bloquear la formación de tromboxano en las plaquetas humanas. De esta forma, impedir que las plaquetas se aglutinen en el torrente sanguíneo y formen trombos que obstruyan los vasos sanguíneos. Ha pasado a ser de primerísima utilidad en la terapia y prevención del infarto de miocardio, la prevención de las trombosis cerebrales y de la “enfermedad del pasajero de clase turista”, trombosis de las piernas por estar sentado en vuelos intercontinentales tras largas horas sin actividad, especialmente en pacientes de riesgo vascular: obesos, hipertensos y diabéticos.

Este fármaco está en el libro Guinness de Récords, ha ganado un premio Nóbel (John Vane de Medicina en 1970) y fue elegida como uno de los 5 inventos imprescindibles para el género humano como legado del siglo XX, junto al automóvil, la ampolleta incandescente, la televisión y el teléfono.

Hasta ahí todo bien. Pero ¿no creen que es necesario y de justicia ahora definir los efectos contraproducentes que el AAS pueda tener sobre ciertos pacientes y algunos cuadros clínicos no menores? No todo es tan maravilloso respecto de esta molécula.

La Aspirina produce daño en la mucosa gástrica: agudo por acción directa y crónico por inhibición de prostaglandinas protectoras de la mucosa. Esto lleva a la producción de hemorragia de la mucosa gástrica y la formación de úlceras en estómago y/o duodeno. La hemorragia digestiva es una de las complicaciones esperables en el empleo de Aspirina. Especialmente en el inicio de tratamientos, después hay una suerte de adaptación por parte del organismo y el riesgo disminuye. Dosis bajas de AAS, aún hasta de 30 milígramos al día, no previenen de la posibilidad de una hemorragia digestiva. El riesgo se aminora, sin embargo, si simultáneamente se emplea un inhibidor de la acidez gástrica (omeprazole, lanzoprazole).

Por eso, es necesario estudiar (gastroscopía) el tubo digestivo alto en todo paciente que se encuentra en tratamiento con anti-inflamatorios y anti-prostaglandínicos, como es el AAS, ya que con elevada frecuencia podemos ver lesiones de gastritis erosiva y úlcera gastroduodenal. Muchas veces ellas explican los bajos hematocritos (anemia) de estos pacientes.

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