Una historia de la Lotería.

Don Guillermo Cárdenas, “Pirincho”, era un hombre bueno, servicial y abnegado. Antiguo ayudante de mi abuelo en Valparaíso, servía para todas las cosas de confianza de la casa y de la empresa familiar de fabricación de suspensores y cinturones. Mi madre y su hermana crecieron viendo siempe a Pirincho en la casa, él las iba a dejar y a buscar al colegio cuando eran pequeñas, hacía los depósitos, realizaba cobranzas, despachaba mercadería, tomaba recados telefónicos, iba a buscar el diario, ayudaba a la asesora en la cocina, iba a comprar a la feria, en fin, un mayordomo y casi un amigo. Pero tenía una afición curiosa que realizaba con tozudez y perseverancia casi religiosa.

Soñaba con sacarse el “gordo” de la Lotería.  Y para ello, realizaba estudios cabalísticos a partir de unos libros de cifras de medidas de materias primas que mi abuelo tenía y que ya no se empleaban. Según él, descubriría en esos números la fórmula para definir al ganador de ese sorteo por venir. Trerminada su cabalística, salía muy temprano el sábado a recorrer Valparaíso para encontrar el número calculado, o bien, el más próximo a esa serie. Compraba un cuarto de entero, sus ahorros no le daban para más. Y era tenaz, siempre hacía lo mismo, lloviera o tronara, por años. Mi madre creció, se casó, se vinieron a vivir a Santiago con mi padre, yo nací, empezamos a visitar Valparaíso con frecuencia para compartir con los abuelos, por lo menos una vez al mes allí estábamos, gozando de las estupendas viandas preparadas por mi abuela, los paseos a quintas y lagunas, a playas del litoral, a pescar, asados en quebradas al interior de Quilpué, en fin, recuerdos de mi infancia plenos de colorido y aventuras compartidas en familia.

Y Pirincho siempre allí. Con sus cábalas y cálculos inverosímiles, buscando afanado cada sábado el número soñado, o calculado, confiando que esta vez sí le daría el palo al gato. Era, al menos, una entretención sana, que no dañaba a nadie, llena de una esperanza compartida por miles en este país, donde se juega mucho en apostar al azar. Yo mismo lo hago cada semana, la posibilidad existe, aunque remota. Si uno no arriesga nunca va a ganar. Como en el chiste ese del judío que imploraba a Jehová con fervor inusitado para que le hiciera ganar la lotería  le prometía dádivas suculentas de lograrlo. Y tanto imploró, que Jehová, para sacárselo de encima, le habló un día y le dijo: “Bueno Isaac, te concedo el premio, pero tendrás que comprar un boleto…”·

Un fin de semana llegamos a Valparaíso un viernes en la tarde. Descubrimos a Pirincho terminando sus cálculos. Mi padre, en un tono festivo y algo bromista, le preguntó cómo iban sus cálculos esta semana. Pirincho le mostró el número calculado. Le deseamos suerte para el día siguiente. El sábado en la tarde llegó Pirincho con el cuarto de entero, pero algo decepcionado. El número no era el mismo que él buscaba, tenía los cinco números iguales, pero desordenados.

– Fíjese don Ciro – le explicó a mi padre – que en el kiosko de Almendral estaba otro número que tenía los cuatro últimos números iguales al mío, pero el primero no calzaba. Me decidí por este otro que tiene todos los números, aunque no se parece tanto. Al menos, tiene todos los números.

– Pirincho, hombre, por favor –  le replicó mi padre – ¿no te das cuenta que es casi imposible que encuentres tu número exacto en el comerdio local? Puede estar en cualquier parte de Chile. Es una hazaña que hayas encontrado ese otro con la serie casi igual, yo creo que debiste haberlo comprado. “Casi” era el mismo.

–  ¡Puchas don Ciro! Me dejó en la duda ¿y si voy a cambiarlo al tiro? ¿Cree usted que sería mejor? – dijo el hombre con una mirada de angustiosa incertidumbre ante un posible error de apreciación que le estaba empezando a parecer de importancia. Y partió hecho una exhalación haciala calle.

Volvió una media hora después con la cara más larga que una corvina. Le habían vendido el número y tuvo que conformarse con el que había comprado ya.

El domingo el gordo de la Lotería cayó en Valparaíso. El número ganador era el que Pirincho había tenido en sus manos y que no quiso comprar. El suyo, sólo sacó terminación. Así es la esquiva suerte, cuando está de nuestro lado no importará la situación. Cuando no es nuestro momento, no lo es simplemente. Pirincho se fue un día al más allá a buscar sus números premiados de Lotería. En esta tierra no se le dio esta suerte para él, pero al menos tuvo la satisfacción de tener el premio gordo en sus manos, se dio el gusto de confirmar que sus cábalas habían sido acertadas, aunque llegado el momento crucial, no supo escucharlas.

Esta historia es real. Nos impresionó a todos. Fue dificil conformar al buen Pirincho y animarlo a seguir en sus cálculos y espectativas. Pero se recuperó.

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Una respuesta a “Una historia de la Lotería.

  1. Ayer me pasó algo curioso relacionado con esto. Durante años jugué una fórmula de números familiares en el Loto, una vez obtuve un premio quina con ellos. Como no pasaba nada por años, dejé de emplear la fórmula. En el sorteo de ayer salieron los mismos números y habrái obtenido una jugosa quina nuevamente. Pero ya no los estoy jugando…A veces pasa.

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