Semana Santa, ayuno, mariscos y… huevos de una coneja.

Llega Semana Santa y se desata una fiebre epidémica por ingerir mariscos y pescados. Hay una relación directa entre la conmemoración de la muerte de Cristo y su Resurrección con el desenfreno comercial y culinario por preparar comidas en base a mariscos y pescados. Sea cristiano o no, el sujeto vuelca la mirada hacia el mar y se acuerda que nuestro litoral es pródigo en pruductos exquisitos y nutritivos que pueden complementar la mesa cotidiana. Y debieran complementarla, no sólo en Semana Santa, en la cual esta costumbre tiene poco asidero real y menos un origen religioso cristiano.  Se ha tergiversado en forma innoble el deseo de hacer penitencia propiciado por parte de algunas comunidades que defienden un honesto y profundo sentido místico de la existencia.

Veamos de dónde viene esta afición a ayunar para Semana Santa. Probablemente el primitivo origen  de privarse de algunas especies alimentarias, o de la comida misma, sea una manifestación de ascetismo, expresado en las culturas de Oriente, destinado a fortalecer el espíritu y elevarlo a una dimensión superior, en la cual el control de las funciones corporales queda bajo el dominio del alma. Así lo declara Siddhartha, en la novela de Hermann Hesse de 1922, en la cual el protagonista acepta que todo lo que necesita para recorrer el camino hacia la felicidad es pensar, esperar y ayunar. Y la primitiva Iglesia parece que ha practicado los principios siddartianos ya desde sus comienzos, dando importancia fundamental al ayuno como práctica de mortificación y sacrificio para prepararse a la exaltación de la gloria divina de la Resurrección.

El periodo de Cuaresma, que viene de “cuarenta días”, aludiendo a los 40 días sin comer y beber que Cristo pasó en el desierto (Mt 4: 1-2), avalado también por el relato bíblico de Moisés, que subió al Sinaí y pasó allí 40 días y 40 noches sin comer ni beber (Ex 24: 18). Hay que recordar que Cristo murió durante la Pascua Judía y en el siglo II el papa Víctor fijó la Pascua Cristiana una semana después de aquélla para no confundirse con dos diferentes Pascuas… Arbitrariamente se fue cambiando la historia para identificar las religiones y no entrar en competencias enojosas. De hecho, la Ultima Cena fue la celebración de Cristo y los apóstoles de la Pascua Judía, como correspondía hacer para todos ellos. Cristo no dejó nunca de ser un judío observante, respetuoso de la ley, aunque probablemente perteneció a la secta de los esenios o zelotes o nazarenos (que no tienen nada que ver con haber sido oriundos de la ciudad de Nazareth, que no existía en los tiempos de Cristo sino hasta el siglo VI), y que se oponían a la dominación romana luchando por la independencia de Judea. Eran rebeldes en su época.

La obligatoriedad de abstenerse de carne primero fue sólo para el viernes. Pero poco a poco se extendió a toda la Cuaresma, lo cual provocó cierto sobresalto en las comunidades que no se sentían muy apegadas a la religión, aunque debían obedecer al yugo implacable de los dogmas religiosos. Sabida es la dictadura espiritual de la Iglesia en todo Occidente, negando hasta los avances de la ciencia, hasta el siglo XVI cuando aparece la Reforma preconizada por Lutero. Incluso bajo apercibimiento de muerte, en Inglaterra la horca esperaba a quien se jactara de haber comido carne un viernes, delito peor que un robo. Pronto aparecieron movimientos orientados a definir “qué es carne”, para mejor precisar qué se podía comer en Cuaresma. Peces y mariscos definitivamente no lo eran, algunas aves marinas, por consiguiente, tampoco, como el caso de algunos pingüinos del norte de Europa. O la cola del castor, que tenía aspecto de pez, y así llegando hasta situaciones muy cercanas al absurdo absoluto. Como ocurrió con los conejos, que seguramente eran carne, pero no así los gazapos en el vientre de la coneja, que en su calidad de embriones o “huevos”, no eran carne, por lo tanto sí estaban autorizados a comer en Cuaresma sin pecar, por lo tanto, sin ser sometidos al rigor inquisicional. Así es que se creó la costumbre de comer los exquisitos “huevos” de la coneja sacrificando a estas criaturas preñadas. Y de ahí a extenderse hacia los huevos decorados y más tarde cuando se descubrió el chocolate en América, reeplazarlos por huevos de chocolate para que los buscaran y comieran los niños. Tal vez los “huevos” reales de coneja fueron indigestos para la población infantil…

Por eso llega Semana Santa y los expendedores de pescados y mariscos hacen su agosto. Y los vendedores de huevos de chocolate. Y todos se van de vacaciones, por lo tanto, los que lucran con el turismo también se enriquecen. Hay que pasarlo bomba. La minoría, los más religiosos, los que creen de verdad en el dogma cristiano, ellos sí celebran Semana Santa como corresponde al espíritu de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Pero son los menos.

Quizás debiera revisarse el tema de los feriados religiosos en esta época más ecléctica y tolerante que estamos viviendo. Y dejarlos para quienes respetan esa profesión de fe. Fanatismos al estilo musulmán irán quedando atrás paulatinamente. Ya la Iglesia Católica es una iglesia más y tan digna como otras que defienden diversos dogmas y principios morales, deseables y sanos, constructivos y edificantes. Cada religión es la verdadera para quien cree en ella de verdad, con fe y respeto a sus principios. Pero la tolerancia por lo que piensa el vecino es también una cualidad respetable y defendible, como dijo Voltaire: “Puedo no estar de acuerdo con tus ideas, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarlas”. Ya no se acusa de hereje a quien piensa distinto y lo manifiesta, sin temor de ser quemado vivo…aunque en algunas colectividades políticas parece que todavía impera la Inquisición. Si no, que lo diga Adolfo Zaldívar.

Vivamos Semana Santa como queramos cada cual. Pero con respeto y sinceridad. El aspecto culinario es secundario y pasa a ser casi anecdótico. Después llegará Fiestas Patrias y habrá que comer empanadas y tomar harta chicha. Y luego Navidad, otra fiesta religiosa, y se le dará duro a la cola de mono y al pan de Pascua. Y así sucesivamente. Estamos todos en el mismo baile.

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