Un auténtico Santa Claus.

– ¡He visto a Santa Claus! ¡He visto a Santa Claus! – Llegó gritando el conejo al pequeño claro del bosque donde otros animales dormitaban la siesta esa fría tarde de invierno.

Un sol pálido iluminaba la escena entregando algo de calor que apenas lograba fundir los cristales de hielo que adornaban las ramas de los grandes árboles del entorno, haciendo destilar pequeñas gotas frías desde sus sarmentosos brazos.

– ¿Te volviste loco conejo? – le dijo el cuervo desde lo alto de un roble, sacando la cabeza desde debajo de sus replegadas alas -. Santa Claus no existe, es una leyenda para niños que vino desde el Polo Norte. Tú sabes eso también. Para qué haces tanto escándalo y nos despiertas de la siesta.

– No, amigos – replicó agitado el conejito, zapateando con las patas traseras para dar énfasis a su afirmación – les digo que lo ví en la cabaña de guardaparque abandonada. Hacía tiempo que no iba para ese lado y trataba de buscar tallos tiernos debajo de la nieve cuando me di cuenta que salía humo de la chimenea de la casita. Me acerqué con precaución y a través de una ventana abierta lo vi, alto, con barba blanca y trabajaba haciendo juguetes de madera. ¡Estoy seguro que es Santa Claus!

– ¿No habrás estado comiendo de esos hongos alucinógenos que crecen en la cueva del arroyo Negro? – aportó la ardilla con su voz chillona.

El conejo la miró con un gesto de impaciencia, doblando la oreja derecha y se dirigió hacia el lugar donde estaba el gran alce, como implorando que interviniera haciendo orden con su autoridad.

– Bueno, bueno – dijo el alce con su atronadora garganta, mientras rumiaba un poco de pasto seco – la solución es simple. Cuervo, anda a echar un vistazo allá y nos cuentas. Y pobre de ti conejo si nos has engañado.

El tejón, la grulla, la rana y el ratón miraron fijamente hacia la rama donde descansaba el cuervo. Los zapateos del conejo atrajeron al topo, que asomó su cabeza tratando de orientarse y después de olfatear el aire, apuntó su hocico hacia el negro pájaro. Como no tenía otra alternativa, el cuervo se desperezó y después de un par de aleteos para desentumecerse, emprendió el vuelo no sin dejar de lanzar un par de graznidos a modo de protesta.

Ascendió primero por sobre las copas de los árboles y pudo divisar a lo lejos la columna de humo blanco que se elevaba hacia el cielo. Dando una vuelta sobre el claro donde se encontraban sus amigos enfiló directamente en dirección a la cabaña. Llegó en cosa de quince minutos. Bajó con precaución hasta un árbol cercano a la ventana. No se veía a nadie. De pronto, una mano grande y nudosa abrió la ventana un par de palmos y colocó en el reborde un plato lleno de avellanas. El cuervo tenía hambre, había sido un invierno duro hasta ahora, y no vio peligro en volar hasta la ventana. Confiaba en su velocidad para arrancar en caso de emergencia, pero con una avellana al menos.

Hola cuervo, te tenía preparado el desayuno. Sabía que vendrías, amigo. Era seguro que el conejo esparciría la noticia de mi llegada. Termina tu merienda, tranquilo muchacho. No te molestaré, yo seguiré trabajando.

El pajarillo se engulló todas las avellanas. Con el buche lleno, se paró en el borde el plato en el quicio de la ventana. Un tufillo cálido muy agradable emanaba desde el interior de la vivienda y el cuervo tenía frío. Pero debía partir para completar su misión. Con un graznido de agradecimiento se despidió y emprendió el regreso.

El viejo Cipriano siguió construyendo juguetes. El no era, por cierto, Santa Claus. Jubilado hace muchos años, vivía en un hogar de beneficencia. Todas las navidades preparaba regalos para los niños pobres del barrio. Era su hobby, se entretenía y disfrutaba al ver la alegría de los pequeños al recibir estos juguetes hechos por sus propias manos. Sí, era verdad, los niños lo llamaban Papá Noel. Aunque no se vistiera de rojo. Era un Papá Noel espontáneo. Su abuelo realizaba esta misma tarea año a año con un grupo de amigos y él aprendió el oficio mirando y acompañándolo por muchas navidades. Juntos iban a buscar maderas al bosque. Entonces descubrieron esa cabaña abandonada y pasó a ser un refugio secreto de ambos adonde iban de excursión y él aprendía tantas cosas de su abuelo. Se transformó en juguetero al igual que él y le prometió seguir con la antigua tradición. Por eso, cuando el abuelo partió al más allá a construir juguetes para los pequeños ángeles, él tomó la responsabilidad de hacerlos para cada Navidad. Este año el hogar de ancianos donde habitaba había sufrido un incendio afectando el taller donde él había instalado su modesta fábrica de juguetes. Se acordó entonces de la cabaña, reunió sus enseres, partió al bosque y se acomodó allí para trabajar tranquilo y poder cumplir con los niños en esta Navidad.

Pensaba que iba a estar solo. Se equivocó. Poco después de la visita del cuervo, el gran alce junto a los demás animalitos aparecieron una tarde y se instalaron rodeando la cabaña, observando su trabajo, haciéndole compañía. El cuervo, más osado y entrando en confianza, se posaba en la ventana demandando su desayuno. Era el homenaje silencioso y espontáneo de la naturaleza, representada por los habitantes del bosque, a su abnegada voluntad de servicio y dedicación a los niños pobres ¿No sería el abuelo con sus amigos que hoy volvían para acompañarlo? Esta idea empezó a crecer en su mente y quiso abrigar ese sentimiento como algo cierto.

Comprendió. Un día miró al alce que tenía la vista fija hacia la cabaña y le hizo con la mano un gesto con el pulgar levantado, el mismo ademán que empleaba con su abuelo cuando todo había salido bien. El magnífico animal realizó un movimiento de asentimiento con su hermosa cabeza, pateando el suelo con un remo delantero. El anciano se estremeció con una mezcla de emoción y sorpresa. Una lágrima incontenible surcó su mejilla y desabrochándose la casaca contempló una vez más la medalla que llevaba al cuello, heredada de su abuelo, que nunca dejó de llevar en homenaje a ese hombre tan querido. La apretó en su mano y la besó con devoción: allí estaba esculpida la figura de un hombre joven y la leyenda: “Paul Harris Fellow”.

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2 Respuestas a “Un auténtico Santa Claus.

  1. fome la wea

  2. S i deseas ,que tus * tres palabras* inpacten?Enfocalas,empezando por identificarte…en la oscuridad nadie te vera..el afán como el éxito en la vida despiertan envidias.
    No pierdas el tiempo.**MAMA*no desperdicies lo que se te presenta.

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