¡Para llorar a gritos…!

La delincuencia ha cobrado otra víctima más entre Carabineros de Chile. Un nuevo mártir se agrega a la larga lista de quienes han caído en cumplimiento del deber. Una nueva estrella brilla en el firmamento de los héroes silenciosos que entregan lo más preciado de entre sus pertenencias en defensa de los ideales de servicio, cumpliendo cabalmente lo prometido un día de juramentación: la vida.

Curiosamente en este caso, habiendo antes otros de características semejantes, se advirtió un compromiso generalizado por parte de autoridades de Gobierno, parlamentarios, dirigentes vecinales, prensa y opinión pública, manifestando en forma unánime que este hecho rebasaba todo lo antes visto y que se estaba llegando al límite de lo permitido. Como que agredir y eliminar a miembros de la policía tuviera otros límites más permisibles. Inaudito. Pero esta solidaridad voceada a los cuatro vientos no se manifiesta en los hechos más pragmáticos de solidaridad institucional: recursos adecuados y en cantidad suficiente, equipamiento moderno para oponerse a la delincuencia al menos en igualdad de condiciones, colaboración de la ciudadanía al denuncio y control de las bandas organizadas, respeto irrestricto a la figura del policía, en fin, muchas actitudes que apunten a un apoyo solidario. No sólo en los discursos fúnebres más o menos lucidos que no pasan más allá de ser finas obras de retórica.

Basta y sobra con las palabras de Savka, enorme testimonio que pone en relieve lo que significa perder a un padre ejemplar, comprensión callada y resignada de esa niña que vivió en el sobresalto cotidiano por saber que su padre salía a trabajar cada día sin tener la certeza de que volvería a casa para abrazarla otra vez, como realmente ocurrió en esa  ocasión, orgullosa en su intimidad al entender que él cumplió valerosamente con la palabra dada a la sociedad, mensaje ejemplar desde la perspectiva inocente de una niña llena de sueños rotos para siempre de la manera más brutal. Las lágrimas que asomaron sin vergüenza en muchos rostros viriles ese día al escuchar sus palabras, fueron el resultado de una mezcla de la emoción filial ahí presentada y de la frustración de no poder hacer nada más por el momento. No tengo dudas de ello.

No sé de dónde han sacado que las sociedades más evolucionadas y con mejor convivencia cívica son menos represivas. Se pone muchas veces de ejemplo a estas comunidades, como sucede con ciertos países de Europa. Pero los que hemos tenido oportunidad de viajar al extranjero nos hemos dado cuenta que allí donde las dan las toman. Es verdad que la policía no anda detrás de los ciudadanos controlando para que cumplan con su deber, no es necesario, ya que los individuos son respetuosos. Pero ¡ay de aquéllos que son sorprendidos faltando a la confianza social entregada! Sufren todo el rigor de la ley sin contemplaciones. No valen excusas, son de una rigidez encomiable. Es un delito grave faltar a la confianza, abusar de la confianza, sobrepasar esa libertad entregada para administrarla con respeto y tolerancia. Si no, que lo digan los sub-20 que estuvieron en Canadá. Hay allí un ejemplo cercano respecto a lo que estoy refiriendo. Y la persona del policía es casi sagrada. Atentar contra ellos es un crimen muy grave que se castiga ejemplarmente. En Inglaterra no van armados, su sola presencia impone el respeto necesario. Y todo el mundo sabe eso, y nadie se atreve a faltar a la ley, al menos sin estar clarito de qué le va a pasar si lo sorprenden…

La mano debe ser dura, si no, no es efectiva. De nada sirven los semáforos en la jungla, ya lo he manifestado antes. Educar demora, hay que hacerlo, pero mientras tanto, quizás sea prudente aplicar eso de que “la letra, con sangre entra”. Pasarán muchos años antes que podamos realmente compararnos con ese tipo de sociedades, por más que andemos todos con celulares, con GPS, notebooks, MP4, i-pods y otras minucias tecnológicas de avanzada. Pero todavía nuestros peatones no saben atravesar las calles, los ciclistas andan contra del tránsito, la violencia aumenta en  el seno familiar, los universitarios no entienden lo que leen, aumenta el embarazo en adolescentes, el alcohol y la droga ganan terreno, en fin, culturalmente vamos para abajo. Es necesario un cambio radical, un giro copernicano en estas materias.

Por eso lloramos en el funeral del cabo Moyano. Y habría que haberlo hecho a gritos. No sólo por el drama humano de la familia y por la ternura de Savka, sino por la incertidumbre del futuro del Chile que vivirán nuestros nietos, de la confusión que turba nuestro espíritu, de la parálisis que parece afectar a quienes tienen la responsabilidad de cambiar el paradigma de la autoridad amenazada. No olvidemos que nosotros somos los verdaderos dueños del futuro que vivirán  los que nos siguen.

¡Actuemos aquí y ahora para provocar el cambio!

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