Transantiago V: una ampolleta al final del túnel.

El ministro Cortázar nos deleitó el domingo 8 en la TV. Anunció medidas efectivas para paliar la trementa metida de pata de los creadores e inauguradores del Transantiago (TS) en la forma que se ha echado a andar. Después de tres largos años de cavilaciones, programaciones, diseño y campañas publicitarias millonarias, se pone en marcha otro “programa emblemático” del gobierno de Ricardo I. Pero a medias, menos que a medias, con fallas tan graves que impiden su objetivo deseado: transporte rápido, seguro, menos contaminante, cómodo y lo más económico posible.

Nada de eso se logra en estos momentos. Tal vez la menor contaminación. Claro, sin micros en las calles el aire está más limpio. Han pasado dos meses y los problemas tienden a agudizarse en vez de mejorar. Por eso un toque de clarín desde La Moneda llama al “súper-héroe” Cortázar para que venga a arreglar el pastel. Y se le otorgan plenos poderes. Lógico, sin ellos no es posible arreglar nada. Hay que recular fuertemente y modificar muchas cosas, de partida los contratos con los proveedores.

Por supuesto que el astuto secretario de Estado no quiso confesar ante las cámaras cuánto va a tener que invertir el Ejecutivo en estos arreglos y componendas. No es prudente desanimar a los electores de provincias que aún apoyan a la Presidenta en buen número. No así el apoyo en la capital que cayó a menos del 40 %. No vaya a ser cosa que escandalicemos también a los de regiones, los fondos extras necesarios para el TS pudiera pensarse que serán extraídos, al menos en parte, de los presupuestos regionales.

Me tocó en suerte experimentar personalmente los “avances” de las promesas ministeriales. ¡Bravo, señor Ministro! Esa usted un hombre de palabra. Dijo el domingo que “a partir del lunes ya se iba a notar los cambios”. Pequeños, pero eficaces. Una luz al final del túnel, aunque al comienzo sea sólo la de una pequeña ampolleta.

Debía llegar desde Coventry con Pucará en Ñuñoa hasta Las Hualtatas con Manquehue en Vitacura en una hora considerada punta (9 AM). Lo hice con taxi – metro atestado – trasbordo en metro algo menos atestado – taxi. Total 35 minutos y $ 1.300 por persona. En la tarde, para el regreso, a las 5 PM, estaba dispuesto a hacer lo mismo cuando nos percatamos que un nuevo recorrido troncal había desde la Clínica Alemana (Vitacura-Manquehue) hasta el paradero 38 de Santa Rosa, pasando a cuatro cuadras de mi destino por avenida Ossa. Lo tomamos casi vacío, nos sentamos muy comodamente, demoramos 20 minutos y pagamos $ 380 cada uno. La octava maravilla.

Al día siguiente, martes, salimos a Ossa y esperamos al mismo bus, el 216, venía sin validado, demoramos los mismos 20 minutos y no pagamos nada. Seguro que mañana vienen con azafata repartiendo bombones. ¡Sensacional! Así da gusto andar en el TS, pero, ¿cuánto costará todo esto? No lo sabemos, sin embargo es una solución estupenda.

No estoy cuestionando la idea de transformar el pésimo transporte urbano de superficie que había en Santiago. Eso ya lo declaramos antes y oponerse sería una estupidez. No, lo que me parece criticable es la forma en que se ha llevado a cabo. Hay un aforismo inglés que dice: “If it worths doing something, it worths doing it properly”, lo que es igual a decir “si vale la pena hacer alguna cosa, vale la pena hacerla bien”. No cabe dudas que el TS es el mayor desmentido a esa pretendida suposición de sentirnos los ingleses de Sudamérica.

Otra incógnita para mí es la tarjeta Bip! Este sistema de cobranza implementado en el TS, tan sofisticado, que supone el respaldo de un software central muy complejo y expuesto a fallar, resulta tremendamente innovador y celebrado por la autoridad. Pero también más oneroso para los usuarios – deben adquirir la tarjeta – y para el sistema mismo por la complejidad de administración y control de evasión.

Recuerdo un viaje a Europa en 1984. En casi todas las ciudades se expende una tira de boletos para el transporte público, buses o tranvías, en lugares tan ubicuos como son los kioskos de revistas o de venta de cigarrillos o loterías. Las tiras de 10 pasajes se validan en una máquinita sobre el transporte que va timbrando la secuencia dejando fecha y hora. Hay inspectores que suben en cualquier momento y al azar controlan a cualquier pasajero, aplicando fuertes multas a quienes hayan eludido el pasaje.

Este sistema operaba también en la Unión Soviética. Recordemos el texto de Pablo Huneeus en “Andanzas por Rusia” (Ed. Nueva Generación, Santiago, 1992) en el que relata sus experiencias en ese país en 1987: “Los paraderos, allá tienen unos techitos para protegerse de la nieve. Está marcado el lugar exacto donde se detiene el bus de cada línea. Pero lo más notable, es que frente a cada número se forma una cola que aborda el bus en perfecto orden, sin que al subir nadie atropelle a nadie. Más aún, están indicadas las horas en que le corresponde pasar a cada bus. Premunido de monedas, subo. Pero como nadie hace ademán de pagarle al chofer, deduzco que habrá un cobrador dentro. Pronto me entero que el sistema es otro: cada humanoide lleva un pequeño carnet de boletos, que no se vende a bordo, e introduce uno en una maquinita del pasillo, sin que nadie vigile o exija el cumplimiento del trámite. Eso es confianza en un pueblo y cultura ciudadana”.

Tal vez esto es a lo que quiere llegarse en Chile. Quizás. Pero me gustaría saber si los genios creadores averiguaron primero cuánto tiempo tomó a los rusos o italianos o checos el montar este sistema. Si está probado en Europa y allí ha funcionado practicamente sin cambios por más de 30 años, era un modelo a imitar sin grandes riesgos. Se optó por ser más creativo y original, pero a la chilena. Es decir, a “pata pelada y con leva”. Nos íbamos a hacer famosos, y lo estamos logrando, de verdad, pero por lo nefasto. Ya estamos saliendo al mundo, basta leer las columnas de The Economist.

Estas serán mis consideraciones finales respecto al TS. Este blog ha dado por terminado el debate en el punto. Falta mucho camino por andar todavía, y se escribirán páginas y más páginas sobre el tema, mas no las escribiré yo.

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