Un “náufrago” en el lago Huillinco (Chiloé).

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Habíamos ido de ronda rural a Cucao. La posta estaba en ese hermoso paraje a orillas del mar y llegamos después de navegar los lagos Huillinco y Cucao, que se empina casi hasta el borde costero. No había caminos en ese entonces, hablo del año 1968, y era necesario ir en una barcaza lacustre junto con un sinnúmero de vituallas que se transportaban hacia allí aprovechando la posta médica. El tramo rutero, con desvío a la derecha después de pasar la entrada sur a Chonchi, llevaba hasta un embarcadero rústico donde se tomaba el lanchón, grande, unos 30 metros de largo, pesado. Se movía gracias a un motor Chevrolet de 6 cilindros en línea adaptado a la embarcación.

Regresamos después de las 7 de la tarde. Era febrero, se oscurecía alrededor de las 10 PM. La travesía por el lago Cucao se realizaba sin contratiempos. Pasamos la angostura que une los dos lagos admirando el paisaje que no cansa, verde y agreste, con riscos abruptos denominados Tetas de Cucao llenos de nalcas que colgaban hacia las aguas. Estábamos con mi colega en cubierta disfrutando de la brisa del atardecer, entretenidos con los pájaros que volaban alrededor del bote gritando alarmados por la intrusión en sus territorios. Comenzábamos ya a navegar las aguas del lago Huillinco y la brisa soplaba un poco más animada. De pronto, el motor del lanchón interrumpió su cansino andar y lanzó algunas toses, llamando la atención del patrón. El capataz fue a echar una mirada abajo y regesó levantando los hombros, gesto muy chilote.

Faltaba más o menos una hora para llegar al muelle donde nos esperaba la camioneta del hospital de Castro que nos llevaría de vuelta. Ibamos por la mitad del lago, la penumbra aumentaba por momentos. Podíamos divisar a lo lejos el muelle con el vehículo ya esperando. El viaje se había dilatado un poco más de lo habitual esta vez. Nos habíamos entretenido más de la cuenta en Cucao paseando por la extensa playa de ágatas con dos amigas estudiantes de Santiago que se encontraban en la campaña de alfabetización. Fue una tarde muy divertida galopando en caballos chilotes a lo largo de la playa. E hicimos buena amistad con las muchachas; con una de ellas mantuve una correspondencia duradera, quien es hoy la Dra. Rina Santoro.

De pronto el motor del chalupón carraspeó de mala manera, tosió después y se detuvo. No hubo formas de hacerlo partir. No era cuestión de combustible, el eje se había torcido y roto. Estábamos al garete en la mitad del lago. Unos verdaderos náufragos, tan cerca de la orilla y tan lejos de poder acceder a ella. Buen dilema era ese, no había remos ni bote auxiliar. Y la tarde caía muy rápido, era casi de noche ya. Desde el muelle nos hacían señas con un delantal blanco. Respondíamos batiendo los nuestros.

-Nelson (*) – le dije a mi compañero – tomemos esa manta que hay allá y hagamos una vela. Cómo sabes si resulta. No perdemos nada.

Así lo hicimos. Cada uno agarró por las puntas una manta de lana chilota grande, empleada a bordo para abrigarse en una litera, y la tensamos contra un pequeño mástil que sobresalía desde la parte posterior del techo de la caseta del timonel, tirando cada uno para su lado. La brisa vespertina estaba soplando desde el mar con cierta insistencia, la justa para abombar la prenda y dar la apariencia de una improvisada vela. Todos reíamos ante la ocurrencia y la ridiculez de la situación, con una minúscula vela oscura e incómoda tratando de impulsar el pesado paquebote. Ante nuestra sorpresa, el barcucho comenzó a moverse. Callamos. Primero muy lentamente, luego era evidente que se movía, un rato después, ya dejaba una pequeña estela por popa ¡Estábamos acercándonos al muelle! Lo celebramos con un griterío de triunfo. Dos horas después desembarcábamos ante el estupor del chofer de la camioneta, sobándonos los adoloridos brazos. ¡Miren! – Dijo el chofer – los doctorcitos salieron más pillos que los marineros.

Esta anécdota demuestra que una pequeña energía puesta en cualquier tarea, aunque parezca pequeña, hará moverse el proyecto por pesado que sea. Lo importante es romper la inercia, eso es lo que cuesta. Después, se podrá proseguir el camino trazado a velocidad creciente.

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(*) Dr. Nelson Barrientos Uribe, neurólogo.

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Una respuesta a “Un “náufrago” en el lago Huillinco (Chiloé).

  1. Pero que maravillosa hazaña, además de motivadora, la leí con mucha atención y disfruté cada palabra, cada frase.

    Felicitaciones por la sabiduría empeñada en ésta proeza.

    Saludos Cordiales.

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