Los guantes de box y la política.

El deporte de los puños ha ido en decadencia progresiva. Después de haber sido una actividad de enorme trascendencia popular en décadas pasadas, al menos para un sector social importante, hoy está casi desaparecida. La admiración irrestricta de los miles de fanáticos hacia los ídolos del ring, que encumbrados en sus pedestales dorados se vanagloriaban de tales privilegios, fue notablemente retratada por Sylvester Stallone en su personaje de Rocky Balboa, en la primera película de la serie y que fue filmada apenas en 28 días, rompiendo todos los récords de taquilla para su exiguo presupuesto de poco más de un millón de dólares.

Fama, dinero, protagonismo y escándalos llenaron las páginas de la prensa por años. No sólo de la vinculada al deporte. Su ocaso es consecuencia, tal vez, de la aversión paulatina por parte del público hacia la corrupción que rodeó a esta actividad y a la violencia, en general. Cansado de guerras crueles e insensatas, del terrorismo de abajo y de arriba, de la virulencia de la vida cotidiana, quizás vio en el box un deporte desagradable cuyo objetivo es finalmente demoler al rival. Muchas veces para siempre.

En 1889 el marqués de Quensberry introdujo el empleo de guantes protectores de los nudillos del boxeador. Además, se pretendió evitar lesiones mayores en el contrincante al ser golpeado. Es decir, hacer daño, pero controlado. Ser más efectista que efectivo. Cada golpe permitió calificar con puntos el resultado del combate y el mismo boxeador confiaba más en poder conservar la integridad de su anatomía, lo cual era importante para mejor programarse mirando hacia la próxima pelea.

Si bien es cierto que este implemento fue diseñado para el boxeo, muchos personajes tomaron la costumbre de usarlos permanentemente. Resultaron muy útiles para sus propósitos. Dar golpes efectistas sin preocuparse del efecto real. Pero impresionar, dar una imagen de fuerza y poder, aparentar que se está en la pelea. Todos los políticos aparecen como adictos a esta moda. Con sus vistosos finteos y manotazos a diestro y siniestro, muchas veces al aire o sólo boxeando con la propia sombra, o con las sombras de algún antepasado más notable que recortaron y pusieron al frente, van acumulando puntos (que en este contexto se llaman “votos”) en el desarrollo de este combate más o menos ficticio, pero que son válidos para el conteo final. Lo importante para ellos es ganar por puntos (votos), aunque la pelea haya resultado un fiasco y el público saliera del gimnasio abucheando. No importa, total, ya el trofeo está en las manos.

Por desgracia esta moda es capaz de contagiar hasta a nuestras máximas autoridades de gobierno. Es que es cómoda y da resultados. Los golpes efectistas fueron capaces de ganar muchos puntos, la pirotecnia permitió ganar el trofeo. Pero los espectadores aún están esperando la pelea de fondo con protagonistas que se tiren de verdad, que se comprometan en el evento, que se involucren.

Si bien es cierto que lucir un buen guante de box es apropiado para dar la impresión de agresividad, poder y vigor, no resulta práctico para realizar otras labores más delicadas y de precisión. En éstas, quienes los llevan se muestran torpes y rudos. No son capaces para manipular situaciones que requieren de destrezas con motricidad fina. No olvidemos eso que decía “más difícil que escarbarse la nariz con un guante de box”.

Bien, parece que eso es precisamente lo que le está pasando a nuestra Presidenta. También se puso guantes de box, contagiada por la camarilla política que la rodea y que los usa desde hace años. Muchos golpes de buen efecto, pero de poca o nula eficacia. Muchos puntos anotados, pero incapaz de hilvanar la aguja que permitirá zurcir la media.

¡Vamos, doctora Bachelet! Sáquese los guantes de box. Póngase de una vez por todas los guantes quirúrgicos y corra hacia el pabellón. El paciente Chile está esperándola preparado y con suficiente dosis de anestesia todavía. Aún cree que usted será capaz de extirparle el mal que lo aqueja.

Desmárquese de los políticos con guantes de box. Esos que construyen caminos que no van a ninguna parte, que dejan los puentes sin llegar a las orillas de los ríos, que se farrean las platas de los chilenos, que entregan pésimas casas a los pobres, que crean sistemas de transporte que terminan humillando a la población más necesitada, que quieren construir trenes con chatarras, que se entretienen peleando con las sombras…La gente no vota por los colores políticos, sino por aquel mesías que redimirá su interminable condición de pobreza y solucionará sus permanentes necesidades: lo invocan bajo el nombre de Presidente de la República. En él depositan su confianza, no en los políticos apernados o de turno. Todas las encuestas colocan a estos en el lugar más bajo de la credibilidad popular. No así al Jefe de la Nación.

¡Vamos, doctora! El paciente se impacienta. Si se despierta y no se encuentra operado y más sano, va a demandar al cirujano y al hospital.

¡Fuera de una vez los guantes de box!

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Una respuesta a “Los guantes de box y la política.

  1. Estimado Ciro,

    No concuerdo con la analogía con el box, deporte que detesto. Más bien diría que la política es como el rugby, se ve rudo, parece un desorden absoluto, pero lo importante es jugar en equipo y siempre mantener el respeto, a pesar de que se debe “bajar” al adversario a como dé lugar.

    La presidenta no es más que el cambio cosmético necesario para que todo siga igual, pero representa un nuevo sentir del chileno, que está cansado de los ultraconservadores, y quisieron darle el poder a una madre soltera “poco convencional”. Total, eran 4 años y no sería grande el daño.

    Esto es para mí un llamado a la sociedad chilena a que abandone su excesiva hipocresía y sometimiento a los poderes eclesiásticos y conservadores y que entendamos que nuestra sociedad ya se liberó bastante en lo económico (si bien falta mucho), pero no así en lo social. Y ambas deben ir de la mano.

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