Universidad estatal sin pago de arancel: una utopía justa.

Provengo de la educación universitaria estatal gratuita. Cuando estudié Medicina en la Universidad de Chile de Santiago, no se cobraba por los estudios superiores. El Estado se hacía cargo de los futuros profesionales de selección en las universidades estatales que eran las instituciones más sólidas de la época: la Universidad de Chile y la Universidad Técnica del Estado, cubriendo los dos niveles profesionales necesarios, los científicos y los medios o técnicos.

Si la educación la enfocamos como un servicio fundamental para la sociedad y para el futuro de la Nación toda, entonces al Estado le correspondería la tuición de velar porque, al menos, una masa crítica suficiente de estudiantes de elite sea capaz de llegar a los más altos niveles profesionales que irán después formando a las generaciones siguientes. Si hay educación básica y media estatal sin costos, no existe razón alguna para excluir a la universitaria del beneficio de gozar de estos mismos privilegios.

No debiera existir ningún tipo de discriminación, ni económica, étnica, social, política, o religiosa. La verdadera competencia entre los postulantes debiera estar librada frente al examen de admisión de las mismas universidades para las diferentes carreras. Ellas definirían el perfil del estudiante que desearan para su casa de estudios, orientado al tipo de profesional que saldría después al campo laboral. Una vez seleccionado, la institución se preocuparía de cuidar que todos se recibieran, aprendiendo los contenidos y adquiriendo los valores que el “alma mater” deseara imprimir en este profesional de excepción. De esta universidad debieran salir profesionales de alta calidad, que la prestigiaran y elevaran la competencia por ingresar a ella.

La única barrera sería la valla colocada a la entrada del establecimiento. Quien la salte, entra. Se objetará que esta política puede favorecer a egresados de la educación privada por sobre alumnos provenientes de escuelas públicas. Una mala opinión sería ésta, ya que reconocería las deficiencias de la educación pública, que, bajo ningún pretexto, debieran contaminar a la universidad. Pero el conocimiento histórico también tiene valor. A mi promoción en Medicina entraron 60 % de estudiantes provenientes de establecimientos públicos de todo el país, 30 de ellos (20 %) sólo del Instituto Nacional. Lo cual hablaba muy bien de la educación estatal en esos tiempos.

Estudiar en una universidad estatal gratuita es una responsabilidad mayor. Es entender que está siendo financiada por todos los ciudadanos. Adquirir un compromiso con los estudios y con la Nación entera. Por eso la selección de los estudiantes debiera ser prolija y siguiendo el perfil exigido por la universidad. Sólo así no habrá mortalidad académica más allá de lo inevitable, optimizando los recursos, salvaguardando la inversión a largo plazo. Como fue en Medicina, menos de un 10 % de los que ingresaban no terminaba la carrera.

Esta universidad de excepción implica también mantener cuadros académicos de categoría indiscutible. Los salarios a percibir por el cuerpo docente e investigador deberían ser suficientes para dedicarse a tiempo completo a estas nobles tareas. No se concibe que deban abandonar el aula para cumplir faenas extras con otros empleadores. Tampoco salir de los laboratorios para asesorar a empresas o consultorías. Menos a hacer clases en otras universidades. Lo digo por esperiencia personal. Debí abandonar precozmente una promisoria carrera académica en la Facultad de Medicina de la U. de Chile en Santiago por tener que alimentar a mi recién formada familia en crecimiento.

La actividad debiera ser identificatoria del “alma mater”. El sello característico de esa colectividad educacional y científica debiera ser más o menos excluyente para evitar competencias espúreas. Ingresar a la universidad estatal, gratuita, sería un mérito en sí mismo, un camino iluminado que iría elevando paulatinamente el nivel de nuestros profesionales, émulos todos ellos de la excelencia académica y de características personales en pro de su propio éxito y progreso y desarrollo del país.

Hoy manejamos las universidades como empresas rentables. No estoy en contra de otras instituciones privadas que sí tengan que hacerlo así para salir adelante. Es natural. Con pesos se compran huevos. Pero la universidad estatal no tiene por qué ser medida por esa vara. El Estado podría dar becas o ayudar a estudiantes en otras casas de estudio y seguir planes sociales relacionados con esos propósitos. Pero salvaguardar la universidad estatal de contaminarla con planes de incorpoarción diferentes a la excelencia exigida. Sólo así se lograría vencer el paradigma de que el Estado terminará por corromper políticamente cualquier proyecto autónomo basado en la autoridad de la ciencia y la razón.

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Una respuesta a “Universidad estatal sin pago de arancel: una utopía justa.

  1. Hola quisiera saber cuales son los requisitos de inscripcion y si pueden envienme un numero telefonico para comunicarme gracias bye

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