¡Vacaciones al fin!

Epoca de vacaciones, del descanso merecido para muchos esforzados trabajadores, oficinistas, profesionales. Todos debemos hacer un alto en el camino, al menos una vez al año, donde detenemos el rodar frenético del deber, de la responsabilidad, de la ambición. El cuerpo y la mente necesitan descanso, pero más que descanso, se trata de renovar energías y propósitos, alterar las rutinas, buscar nuevos paisajes, hacer cosas que durante el año no se han hecho, justamente por falta de tiempo para ello.Leer ese libro que nos regalaron en la Navidad del año anterior y que sacamos desde el estante colocándolo en el velador y que no alcanzamos a pasar de la página 10, empezando cada vez de nuevo por olvido de lo que habíamos leído enteriormente. Reparar la bicicleta, que queríamos usar los fines de semana y que nunca pudimos. Ahora sí la usaremos en el verano. Hermosear el jardín, algo abandonado, podar los arbustos, no como lo hacía el jardinero, sino a nuestro propio parecer. Ver finalmente esa ópera que compramos en el invierno y que espera con el envase todavía sellado. Salir a dar vueltas la manzana con nuestro hijo de la mano, conversándole, enseñándole algo de esto y lo otro. Dormir siesta, levantarse tarde. Invitar a la vieja a dar una vuelta al campo para comerse una empanada con un vaso de vino en un restaurante sencillo de un pueblo cercano.

Hay muchas maneras de pasar una buenas vacaciones. No todas implican grandes egresos y preparativos costosos. Por supuesto que cada uno lo hace de acuerdo a sus propias posibilidades, pero insisto que una buena experiencia vacacional no es sinónimo de gastos desmedidos. Está más en la disposición mental, en la intención de hacer algo novedoso, en el ingenio que cada uno pone para dejar una vivencia que recordar después durante el año. Las vacaciones también sirven para escribir una página en nuestra historia personal. Es una buena oportunidad para que esto ocurra. Paisajes, anécdotas, personajes que se conocen, aventuras diferentes, contactos con otras formas de pensar y sentir; en el fondo, una hermosa ocasión para seguir construyendo nuestro carácter.

No soy de esos que piensan que estar de vacaciones es no hacer nada. Me pregunto ¿qué es no hacer nada? Bueno, dirá alguno que defiende esta alternativa, descansar. Correcto, lo acepto, se tratará entonces de un estado cercano al dormir. Si alguien desea dormirse todas las vacaciones, porque eso es lo que necesita, es válido. Pero conozco a muchos que deciden no hacer nada y viajan miles de kilómetros hasta playas o lugares remotos y, en resumen, duermen. O leen, o están tirados en una reposera todo el día. Alternativa válida, pero cara. El mismo beneficio se obtendría en el patio de la casa.

Cuando viajo, me gusta sacarle todo el provecho que más pueda al esfuerzo y sacrificio de moverse a grandes distancias y con gastos significativos. Es decir, me gusta obtener el mejor producto que pueda con mi dinero que es bueno. Y que me ha costado todo un año ganármelo. Por eso reconozco que no soy de los que disfrutan en un resort del Caribe o México sin otras alternativas que la playa – son todas iguales en el Caribe – la comida y la bebida, que terminan por enfermarte a causa del exceso inevitable y que te hace subir fatalmente de peso, y los inocentes shows realizados por el equipo amateur de animadores. Que pueden incluso llegar a serpuesta-dolio2.jpg buenos, pero insuficientes como espectáculo correspondiente al precio pagado al resort. Parecerá una herejía, pero la semana que pasé en un hotel lujoso de Punta Cana me llegó hasta a aburrir. Más disfruté otra semana pasada en Juan Dolio, un balneario con muchas menos pretensiones y apenas conocido, pero cerca de la gente, viajando a la capital Santo Domingo, en contacto con otros turistas sencillos y más humanos, llegando a comprender un poco cómo vive el dominicano. Algo más que la playa y el cocotero eterno de postal.

Además, la experiencia de playa exótica y tropical está apenas a tres horas de Santiago. En Brasil. Una experiencia formidable, con lugares maravillosos y coloniales, gente cálida, amable, comida gustosa y económica, para todos los gustos. México es toda una experiencia en sí mismo, no vale la pena ir a encerrarse a un resort si uno viaja hasta ese país. Aunque la oferta sea tentadora. Para disfrutar México hay que salir del resort y ahí uno pierde las características del “todo incluído”, que desde mi punto de vista, sólo son trampas caza-gringos, que se conforman con beber hasta caer al suelo y comer todo el santo día. Ya conversaremos un poco más de esto. Conozco ambas experiencias. Un futuro posteo será sobre este tema: “el resort todo incluido”.

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