¿Ha muerto la filatelia?

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Hace 50 años atrás todo niño se interesaba en la filatelia en algún momento de su infancia o adolescencia. Este hábito coleccionista obedecía a intereses muy propios de las personalidades en desarrollo. Colectar cosas es una costumbre arraigada en la infancia. Estampas, etiquetas, chapitas, muñequitos, dedales, cajetillas de cigarrillos, albumes de iconografías que se pegan en ellos, revistas de comics, lápices, fósforos, en fin, innumerables aficiones. Todos, creo, hemos pasado por ello.

Pero la filatelia ocupa un lugar preponderante. Por la proximidad a la vida cotidiana, recibir una carta era cosa común en una casa y si venía del extranjero, llamaba inmediatamente la atención del niño. De ahí a mostrarla en el colegio; pronto se daba cuenta que había otros más avanzados y que tenían otra variedad de sellos. Entonces se recurría a parientes y conocidos de los padres, que iban trayendo de regalo sus propias cartas, y se iba formando la colección. Unos pesitos ahorrados de la mesada permitían adquirir un grupo de sellos “mundiales” en la filatelia del centro. Un album era necesario para pegarlas y ese fue el regalo de Navidad al año siguiente. Amigos adelantados ya permitían un intercambio. Se fue acumulando material.

Así nace la adicción a la filatelia. Se llega a convertir en un hobby disciplinado, se hace indispensable ya tener un catálogo, nos vamos dando cuenta que los sellos tienen valor, son bienes transables, algunos llegan a ser subastados en Londres, en Sothebys o Christie’s, colecciones temáticas valen fortunas. Ya no se persigue sólo el agrado de tener un sello, se va buscando el de más valor, la rareza, la variedad, la serie completa, el sobre de primera emisión.

Hay un placer inestimable al contemplar la colección. Un orgullo que nadie más que otro filatélico puede comprender. Cada ejemplar va tejiendo su propio anecdotario. El catálogo se va llenando de anotaciones. Aprendí mucha historia y geografía a través de los sellos. Conocí países que ni siquiera tenía conocimiento de su existencia, fui viendo cómo cambiaba el mapamundi a través de guerras y movimientos sociopolíticos, me fui enfrentando a personajes y líderes del acontecer actual en una época sin TV ni mucha prensa internacional.

Ya no soy filatélico. Para mí este afán coleccionista recibió su golpe de gracia cuando coleccionando la temática del arte en la filatelia, más específicamente la pintura y de ella, los impresionistas, comenzó la fabricación desbordante, sistemática y descontrolada de sellos que invadieron el mercado en forma artificial. Primero los Emiratos del Golfo Pérsico, que vieron en esto un buen negocio, más tarde algunos países de Asia, como Malaysia, o Filipinas, luego algunos de América, como Panamá o Paraguay, invadieron el mercado de sellos temáticos que nunca se emplearon para cartas. Sólo para el mercado ingenuo de quienes coleccionaban. Y murió la colección. Se desvirtuó completamente. Lo dejé.

Pero la filatelia me deparó momentos de grandes alegrías y me permitió conocer amigos para toda la vida. Un compañero una vez, el año 1964, me facilitó una solicitud para entrar a un circuito de intecambio de sobres. Lo envié y empecé a recibir sobres de todas partes del mundo. Uno de Inglaterra me interesó, en ese tiempo era muy britanófilo, había estudiado inglés en el Instituto Chileno Británico de Santiago y tenía gran admiración por esa cultura. Incluso había tenido la oportunidad de compartir con el príncipe Felipe en una recepción en la antigua sede de la calle Amunátegui. Le escribí a ese corresponsal una carta personal enviándole algunos sellos de Chile. Me contestó y empezamos una correspondencia y amistad que se fue consolidando profundamente en nuestras vidas. Era 30 años mayor que yo, pero eso no significó nada. A tal punto que nos sentíamos como si nos hubiéramos conocido personalmente. Y eso ocurrió en 1984, veinte años después de las primeras cartas. En nuestro primer viaje a Europa entramos por Londres para visitar a Geoffrey y su familia. El estaba en Heathrow esperándonos con un cartel que decía mi nombre. Emoción incomparable. Cuatro días aprovechados al máximo, él dejó su obligaciones como odontólogo para poder atendernos. Paseamos por Essex y Kent, Finchinfield, Thackted, Canterbury. No pudimos reprimir las lágrmas al separarnos.

Afortunadamente pudimos volver en 1998 y estar juntos otra vez. Su hijo Andrew estuvo en Chile y nos acompañó durante un mes. Nuestra amistad sigue en pie. Y todo gracias a la filatelia.

¿Ha muerto la filatelia deportiva? ¿Sólo perdura entre los profesionales? Los correos electrónicos y la internet ¿han sepultado este hobby? Me gustaría saberlo. Aún guardo muchos de mi sellos y clasificadores.

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5 Respuestas a “¿Ha muerto la filatelia?

  1. Que blog mas interesante.
    Que importante es reconocer la experiencia que da la edad en el conocimiento, en lo vivido.
    Saludos

  2. LA FILATELIA Y SUS MISTERIOS
    Por: Pablo Nicoli
    Quizás a muchos les sorprenderá saber que, las estampillas que de niños y jóvenes compraban nuestros padres y hermanos (incluso nosotros) en el correo y que pegábamos en una esquina de las cartas que enviábamos a nuestros familiares y amigos en otras ciudades, pueden hoy valer cientos, miles y en algunos casos, millones de dólares, como es el caso de la estampilla más cara del mundo, la famosa Guayana británica de 1856, que se cotiza en cerca de TRES MILLONES DE DÓLARES.
    Sí, se trata de esos papelitos dentados con alguna ilustración a cuestas que emiten todos los países del mundo desde 1840 y que desde aquel entonces convirtió a muchos en apasionados coleccionistas del hobby más popular del mundo.
    Claro que desde que la Internet y en especial, el correo electrónico y el Facebook (entre otros medios virtuales), se adueñaron de nuestros hábitos y necesidades de comunicación inmediata, el coleccionismo de estampillas y sellos de correo sufrió un duro revés, del cual pocos se atreven a opinar si tal circunstancia ha sido un golpe mortal, o solo una enfermedad pasajera de la cual el hobby aún puede recuperarse.
    Si por una parte la gente dejó de usar las estampillas y el correo convencional, con el consiguiente desmedro de recibir estampillas de todo el mundo para añadirlas a sus colecciones, por otra el hecho mismo de que haya hoy menos emisiones (por cuestiones económicas) que antes, sólo puede conducir a que cada estampilla sea cada vez más rara y difícil de conseguir, lo que aumentará el valor de todas y cada una, pues para quien no lo sabe, en filatelia es la rareza y no necesariamente la antigüedad lo que le otorga mayor valor a un sello postal.
    A solicitud de una de nuestras lectoras, hemos escogido estas dos sorprendentes historias sobre los misterios en la filatelia.

    UNOS SELLOS HOMICIDAS (*)
    La historia de la filatelia registra algunos casos de vidas perdidas a causa de los sellos. Aquí presentamos uno digno de novela policial.
    Hace ya varios años se encontró en el pequeño lugar francés de Plessis-Mochard un cadáver momificado, metido y encerrado cabeza abajo en un gran cofre que estaba en un rincón oscuro del desván de una casa de campo.
    Al principio las pesquisas policiales no lograron aclarar el misterio. Sólo algún tiempo después, con auxilio de los familiares que conocían las aficiones y peculiaridades del occiso, se logró reconstruir el caso.
    Parece que el susodicho, llamado Lefouineur, era víctima de su pasión de coleccionista de sellos. El hombre había alquilado la casa después de la muerte de su propietario, un viejo notario, con la callada esperanza de descubrir en ella sellos antiguos y valiosos (alguna información tendría).
    Nada más entrar en la casa, sin esperar a instalarse cómodamente, subió enseguida al desván y allí tropezó con un gigantesco cofre de madera que cerraba una tapa combada, como las que solían usarse antaño para los viajes en diligencia. Inmediatamente se lanzó a ver lo que contenía y se inclinó cuanto pudo para rebuscar en un montón de papeles viejos que había.
    En esa incómoda posición debió estar revolviendo durante mucho tiempo, hasta que repentinamente fue acometido por una apoplejía (suspensión súbita y completa de la acción cerebral, debida comúnmente a derrames sanguíneos en el encéfalo) y esto sucedió probablemente en el mismo momento en el que descubría en el fondo del baúl un valioso hallazgo: un sobre con un bloque de cuatro ejemplares del famoso sello francés rojo claro de un franco de 1849, que se encontró entre las manos del cadáver del coleccionista.
    -Acaso la sorpresa, demasiado jubilosa, fue lo que motivó la circunstancia –opinó el médico.
    Entonces cayó dentro del cofre, y la pesada tapa, que había dejado apoyada en la pared, con el golpe se cerró sobre él. Y antes de que alguien pudiera auxiliarlo, sobrevino la muerte. Así debió pagar el desdichado su pasión de coleccionista de sellos.
    (*) La filatelia, José Repolles 1972 Bruguera.

    Publicado en la revista Enigmas 2012

    • Gracias Pablo, tu comentario es el tipo de interacción que uno busca al escribir en un blog. Aprender de otros y disfrutar leyendo lo que cada uno pueda aportar con sensatez. Te envío un abrazo.

  3. Igual para ti, un abrazo desde Arequipa-Perú.

  4. UNA VIUDA PELIGROSA
    Una mañana del mes de junio de 1920, apareció en todos los grandes diarios de una ciudad norteamericana el siguiente anuncio: “Coleccionista inglés, de paso por esta ciudad, busca sello de Gran Bretaña, emisión de 1902, de seis peniques, en color verde. Pagará altos precios por los buenos ejemplares. Ofertas hasta el 15 de julio a Fred L. Evans, hotel Ambassador”.
    No es extraño que después de leer este anuncio, muchos coleccionistas y comerciantes de sellos de la ciudad revisaran ávidamente sus álbumes y existencias, esperando hacer una ventajosa operación. Pero desgraciadamente ninguno halló los deseados sellos, ni los vieron consignados en los catálogos cuando los consultaron atentamente.
    Movidos por una natural curiosidad, varios comerciantes del ramo acudieron al hotel Ambassador pidiendo entrevistarse con el extraño Evans, quien no tardó en recibirles en una lujosa estancia, relatándoles con gran detalle la insólita historia de la rareza de aquel sello.
    Les contó que en sus constantes investigaciones filatélicas había descubierto que en el año 1902 algunos pliegos del sello que entonces valía seis peniques habían sido impresos por equivocación en color verde en vez de color lila que le correspondía. Tales sellos, según el inglés, eran sumamente raros porque la administración postal, al darse cuenta del error, suspendió inmediatamente el resto de la impresión y ordenó la recogida de los pliegos ya terminados para quemarlos.
    Sin embargo, unos veinticinco sellos habían sido vendidos poco antes a una gran casa de comercio que los empleó casi todo en franquear cartas dirigidas, precisamente, a la ciudad en la que ahora estaba Evans.
    -¡Estoy dispuesto a pagar lo que sea –terminó diciendo el inglés- para adquirir un ejemplar de este raro sello verde!.
    Al oír tan esperanzadoras palabras, los comerciantes abandonaron el hotel soñando con cantidades fabulosas. Y otra vez comenzó una verdadera fiebre, rebuscando en todos los rincones imaginables. Pero inútilmente, nadie poseía tan preciada joya como el deseado sello verde de seis peniques y nadie había oído hablar de él.
    Ya comenzaban a perderse las esperanzas de encontrar tan raro ejemplar, cuando un día entró en la tienda de sellos de John. J. Reed una anciana de noble aspecto, quien después de desenvolver un viejo álbum que traía cuidadosamente empaquetado, dijo con dulce voz:
    -Es la colección de mi difunto marido. La quiero vender. Confío en que usted me tratará bien.
    El comerciante Reed tomó el álbum y se puso a ojearlo. Como estaba acostumbrado por su práctica en el negocio, le pareció que no valía gran cosa, pero cuando ya iba a ofrecer a la viejecita un precio de compra muy modesto, su mirada fue atraída por un sello inglés de color verde. Al mirar con más atención, se dio cuenta de que se trataba del tal buscado sello de seis peniques.
    Tratando de ocultar su emoción y con fingida indiferencia, el comerciante preguntó a la anciana:
    -¿Cuánto quiere por su colección señora?
    -Mi difunto marido siempre decía que su colección valía lo menos 10,000 dólares –contestó la mujer-. ¿Le parece bien la mitad?
    El comerciante fingió escandalizarse, aunque en su interior temblaba sólo de pensar que la viuda se marchase con el álbum. Por último, luego de un largo regateo, convinieron la cifra de 2,500 dólares, que el comerciante pagó en el acto a la anciana, y cuando ella salió de la tienda, el feliz comprador separó cuidadosamente del álbum el tan preciado sello, lo encerró en su caja de caudales y se frotó las manos, prometiéndose grandes ganancias. A la mañana siguiente, bien temprano, fue con su tesoro al hotel Ambassador, pero con dolorosa sorpresa se enteró que Evans hacía poco se había marchado sin dejar ninguna dirección.
    Pasado el primer disgusto, pronto se consoló Reed con la esperanza de encontrar algún otro comprador. Iba ya a abandonar el hotel, cuando vio llegar a un colega con el rostro rebosante de satisfacción. Mientras se saludaban y cambiaban unas palabras corteses, fueron apareciendo en el vestíbulo del hotel los demás comerci9antes de sellos de la ciudad.
    Poco después comprobaron con enorme desencanto que todos habían recibido la visita de la amable viejecita y a todos les había vendido, por unos miles de dólares, la colección de su difunto marido…, en la que, naturalmente, no faltaba el codiciado sello verde.
    Precisamente en ese momento, a muchos kilómetros de distancia, viajaba en el expreso el supuesto Fred L. Evans acompañado de una linda joven que no era otra que la consabida anciana viuda. Palpando su abultada cartera, en la que guardaba los miles de dólares que le había producido el beneficioso negocio. Evans, sonriendo satisfecho, le dijo a su colaboradora.
    -Ya ves, querida, que buen resultado da saber un poco de química, que permite cambiar un color lila, sin ningún valor, en un verde lucrativo.

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