El “cero kilómetro”.

¡Qué emocionante es tener por primera vez un “cero kilómero”! Ir a la tienda del distribuidor automotriz, primero a ver el modelo que te apasiona, y luego de tomada la decisión, ir a comprarlo. Sentir ese poder que da decir: “Vengo a llevarme el auto…”

Y llegar a la casa en el auto nuevo. Todavía con los plásticos en los asientos, lleno de etiquetas, con el manual sellado, sintiendo ese tufillo tan particular del interior del habitáculo. “Olor a nuevo”, o más aún, “olor a auto nuevo”. Porque es un olor especial. Nada tiene ese olor, mezcla de cuero, plástico, aceite, alfombra, qué sé yo, pero es un olor que no he sentido en otra cosa, sólo en los autos nuevos. Un olor casi sensual, que te eleva el ego, que te hace sentir un potentado. Por cierto, no cualquiera llega a tener así, de buenas a primeras, un auto “cero km”.

¡Qué satisfacción! Nos paramos a su lado, lo sobamos, nos miramos en sus cromos refulgentes, en la pintura brillante “de fábrica”, entramos y nos acomodamos frente al volante, tocamos cada perilla, accionamos cada palanca, acomodamos los espejos, la altura del manubrio, la inclinación del asiento y el apoyacabezas, para que esté a nuestra medida. Para sentirlo auténticamente nuestro. Con un temor casi reverente damos el contacto. El motor ronronea, nos hipnotizamos con ese sonido cerrando los ojos y pensando en el poder que desarrollará lo hacemos acelerar a golpecitos del pedal. Prendemos y apagamos las luces, chequeamos los limpiaparabrisas. La radio es capítulo aparte, requiere un tratamiento especial. Hay que escucharla con un CD estéreo para verificar que suenan todos los parlantes…y qué sonido. Todo un salón de concierto en mi cabina.

Sí. Es necesario todo este ritual. Indispensable. Y conviene hacerlo durar lo que más se pueda. Porque la satisfacción del auto nuevo es muy efímera. Terminará con la primera salida. Se ensuciará y será rayado criminalmente por el primer patán que se dé cuenta que es nuevo. Existe en nuestro pueblo el estigma casi genético que hay que deteriorar rápidamente lo nuevo. Lo nuevo ajeno, por supuesto. Ya en los colegios existe el derecho a pisar los zapatos nuevos del compañero. Bautizo, le llaman. Hay un prurito por dañar lo pulcro, por destruir lo que se ve impecable, como los autos nuevos. Como una pared recién pintada (1). Una suerte de resentimiento feroz anima a estas personas, la impotencia de no poder tener algo igual, una especie de venganza social. No controlada por la educación (2) se va adentrando en el inconciente colectivo y más tarde se expresa en estas actitudes tan poco civilizadas.

Pero nadie nos quitará el derecho y la satisfacción de gozar este “cero kilómetro”… en la intimidad de nuestro garage.

1. Ver “El precio de la decencia”.

2. Ver “Educar es más que enseñar”.

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