El valle de Casablanca.

Ubicado a pocos kilómetros de Valparaíso, camino a Santiago, y a 40 minutos de la capital, este valle ha visto transformaciones notables en relación a su actividad económica, paisaje e interés turístico. Después del desmantelamiento de las armadurías automotrices, que entregaron algo de bienestar y fuentes de trabajo en las décadas de los 60 y 70, el poblado decayó y se fue apagando. El resurgimiento vino justamente a causa de esto último, el vino.

Las cepas blancas tienen aquí un lugar de privilegio, por los terroirs, el sol, la humedad y frescura. Poco a poco han ido apareciendo diferentes viñas que han agregado arquitectura al paisaje verde de las parras, servicios gastronómicos, visitas guiadas a los procesos de vinificación y un agradable entorno en este valle del Chile central un poco abandonado.

Cómo olvidar esos viajes a Valparaíso de mi niñez en compañía de mis padres. La travesía duraba largas 4 horas por un camino estrecho lleno de curvas, dos cuestas, la de Barriga y la de Zapata, y el famoso camino del alto del puerto, pasado Placilla, siempre con neblina y con pendientes muy fuertes, lugar de frecuentes accidentes de frenos cortados. Se podía andar por largos e interminables minutos detrás de un camión que subía, o bajaba, a la vuelta de la rueda.

Paradas obligadas en Curacaví, para ir al baño y tomar el primer refrigerio, casi siempre algunos empolvados con una Orange Crush de esa con raspaditos de naranja y botella anillada. Quizás una Bidú, la cola de aquellos años. Luego de la cuesta de Zapata venía lap1010023.JPG famosa recta de Casablanca. Una extensión de unos 10 kilómetros que mi padre solía correr a gran velocidad cuando andábamos en la camioneta del año que le entregaba su empleador. Nunca olvidaré esas aceleradas hasta 150 km/h en la Chevrolet 51 del año. La aguja del velocímetro volvía al cero después de dar toda la vuelta. Y llegábamos a Casablanca. Si no habíamos parado en Curacaví, lo hacíamos aquí. El camino pasaba por la mitad del pueblo y se acostumbraba a pasar al consabido sándwich de ave con palta o mayonesa. Las gallinitas de manjar, esas que tenían mostacillas de colores en la cresta, eran mi postre obligado.

Hoy las carreteras de alta velocidad esquivan la población. El pueblo dormita la siesta de un tiempo que se resiste en abandonar las construcciones de adobe y tejas rojas. Entrar a Casablanca es volver a ver una película de la niñez lejana. Respirar ese aire rural pesado de un verano caliente.

vina-2005-026.jpgEl interés se ha volcado en las afueras. En las viñas. Grandes extensiones de parrones achaparrados propios de la uva vinífera. La Viña Indómita ha colocado su castillo en la cima de una colina y parece desafiar a sus competidores desde esa panorámica privilegiada. Viñamar, con un toque veneciano, aporta belleza y señorío. Su gastronomía manejada por Ristorante San Marco es de soberbia factura. Vale la pena recorrer estos modernos palacios del vino, hoy una de nuestras exportaciones estrella que crece y crece.

Y un nuevo botón de muestra: la viña Casas del Bosque, ubicada a pocos kilómetros al noroeste de la población. Un bello lugar con aires ingleses. El restaurante, en medio de los viñedos, es de gran factura, con una terraza veraniega de absoluto carácter europeo frente a reposeras estratégicamente ubicadas al lado de los racimos para dormir una buena siesta, si es que las degustaciones de los grandes reserva fueron algo generosas.

El valle de Casablanca ha renacido.

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