La siesta.

Sana costumbre de dormir una pestañada después de almuerzo. Especialmente si el ágape fue contundente. Su nombre deriva de hora sexta, haciendo mención a esa parte del día que va de las 12 a las 3 de la tarde, según la medían los antiguos latinos.

A pesar que otras culturas también adoptaron el hábito de descansar después de la comida de mediodía, como en oriente y Grecia, el término fue acuñado por los españoles y en este país goza de un respeto casi religioso. Esta costumbre fue llevada también a las colonias de América y en los países más cálidos del Caribe, México y Centreoamérica, se practica sin reservas. Churchill la adoptó después de visitar Cuba.

La verdad es que la canícula de mediodía, en aquellas zonas de mucho calor, invita a recogerse en un lugar sombrio y fresco. Fisiológicamente también hay un fundamento para realizar la siesta. Una comida abundante aumenta mucho el metabolismo del sistema digestivo, que por su longitud y extensión, requiere gran energía para realizar la digestión y la absorción de los nutrientes. Si consideramos toda la superficie que hay en el intestino, formado interiormente por pliegues de la mucosa, vellosidades intestinales en estos pliegues y microvellosidades en las vellosidades, dan una impresionante extensión comparable a una cancha de fútbol. De tal manera que mecanismos hormonales originados en la mucosa gástrica e intestinal, impulsan una muy significativa cantidad de sangre hacia la circulación digestiva, tanto para aportar oxígeno y energía a los procesos metabólicos, como para absorber los nutrientes. Por eso es que baja relativamente el flujo de sangre hacia el cerebro, produciendo una somnolencia que empuja hacia el descanso y el sueño mientras se realiza la parte más pesada de la digestión.

Y ahí nace en forma natural el deseo de sestear. A la cual se le reconocen algunas virtudes importantes. Una media hora de sueño en esta hora del día permite botar estrés, recuperar energías para aceptar mejor el resto de la jornada, mejora la memoria y el aprendizaje. Eso cuando sea posible realizarla. La vida actual agitada y compulsiva no deja lugar para eso. Sin embargo, en Japón, donde el tiempo y el espacio son muy escasos, las empresas organizan un momento de descanso obligado a la mitad de la jornada. Se ha visto que mejora la productividad. Si lo dicen los japoneses, por algo será.

La siesta formal, con pijama y pantuflas, fue imperdible en tiempos no tan remotos. Recuerdo haber estado en Mendoza una tarde de verano y debía ubicar a un señor mayor para hacerle llegar un paquete de un familiar de Santiago. El sol pegaba como plomo fundido, el calor reverberaba desde el cemento enrareciendo el aire y simplemente caminar resultaba agobiante. Llegué a la casa y toqué el timbre. Después de un rato, una asesora salió y me dijo que el señor estaba en la siesta, que volviera en una hora más. Le expliqué que no podría, pero que esperaría una media hora para que no interrumpiera su siesta. Era muy inoportuno, en realidad, pero no podía hacer otra cosa en esos momentos. Después de un periodo que me pareció más que prudente, unos 40 minutos, la empleada se atrevió a despertar a su patrón para avisarle de mi visita. El señor apareció en pijamas, bata y pantuflas.

¡Qué agradable es acostarse en una cama de sábanas frescas, en una pieza sombreada por cortinas gruesas, calentar poco a poco el nicho y soñar con una playa tropical! No se compara con nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s