La Traviata.

Esta ópera, La Traviata (La Extraviada, La Descarriada), pertenece a una época gloriosa de la vida musical de Giuseppe Verdi (Italia, 1831-1901), al llamado periodo “romántico” del autor, junto con las no menos famosas Rigoletto y El Trovador. Basada en la novela y puesta en escena de “La Dama de las Camelias” de Alejandro Dumas hijo, fue llevada a la música por Verdi y estrenada en Venecia en el Teatro La Fenice en 1853.

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Verdi, en un viaje a París, tiene la oportunidad de presenciar la obra de Dumas en las tablas. Este drama le recuerda de inmediato su propia problemática. Los padecimientos de Margarita Gautier le traen a la mente los propios, ya que mantenía una relación con la soprano Giuseppina Strepponi. Decide realizar una adaptación musical de la obra para lo cual acude a Francesco Maria Piave, poeta que ya había colaborado con él en Macbeth y Rigoletto, eligiéndolo como libretista. Cambiando los nombres de los protagonistas y algo de la acción original, se ahorraron los derechos de autor.

La partitura musical Verdi la terminó en 45 días. El estreno en el Teatro La Fenice de Venecia tuvo lugar sólo 2 meses después del éxito resonante de El Trovador. Pero resultó un fracaso que el autor atribuyó a una mala selección del elenco. Un año después volvió a la ciudad, esta vez al Teatro de San Benedetto, donde logró el verdadero triunfo de esta emblemática obra. El brindis de Alfredo del primer acto se ha constituido en una de las más notables piezas líricas de todos los tiempos.

Esta ópera resulta singular por varias razones. La primera, que salta a la vista, es la ausencia de elementos míticos, mágicos o heroicos en el sentido más glorioso de la palabra. Los personajes de La Traviata son contemporáneos de Verdi, se desenvuelven en ambientes similares a los frecuentados por el compositor y se visten como las personas que trata cotidianamente. Su heroísmo es el del hombre ordinario que se enfrenta a la vida del día a día.

La versión cinematográfica de Franco Zeffirelli en 1982 con Plácido Domingo como Alfredo, Teresa Stratas como Violetta y Cornell McNeil como Germont, es notable. Vale la pena conseguirla en algún video club. Hay matices que sólo el cine puede destacar y allí el genio de Zeffirelli queda manifiesto. En DVD circula una versión realizada en el Royal Opera House (Londres) en 1994 con una bellísima Angela Gheorghiu como Violetta, Frank Lopardo como Alfredo y Leo Nucci como Germont.

ARGUMENTO.

Acto I

La ópera se inicia con un breve, pero brillante preludio que empieza a generar una buena predisposición por parte del espectador de cara a disfrutar de una ópera romántica en medio de en un mundo de pasión, renuncia al amor, ira y, finalmente, reconciliación en un momento trágico. Comienza con una fiesta de alta sociedad en casa de Violetta, elegante cortesana de París, a la que asisten los amigos de ésta, entre los que figura Gastón, el Barón Douphol, el marqués y Flora, su amiga predilecta. Gastón presenta de forma halagadora a Violetta a su amigo Alfredo Germont, el cual está enamorado de ella, causándole una profunda impresión. Ya sentados en el banquete, empiezan a dialogar sobre el interés que sintió Alfredo por Violetta, ofreciéndose un brindis por la dueña de casa que entona Alfredo. Una vez acabado el banquete, se van los invitados a otra sala para bailar y quedan ellos solos conversando. Alfredo le manifiesta preocupación por su salud y ella siente que su interés es sincero temiendo que detrás haya amor al que no quiera responder. Alfredo termina por declararle su amor, que ella no acepta y le conmina a ser amigos, pero nunca amantes. Alfredo parte con el resto de los invitados, pero consigue una nueva cita. Sola en su casa se queda pensativa ante la revelación de Alfredo y duda en aceptar el amor que le propone. En pleno delirio emocional se niega finalmente para volver a ser la Violetta que sólo quiere gozar en la senda del placer.

Acto II

Escena 1. Ha pasado el tiempo. Ambos han cedido subyugados por un frenesí amoroso y apasionado sin límites. Viven juntos en una quinta de Violetta cerca de París. Alfredo revela que Violetta ha renunciado por su amor a los lujos, fiestas y la vida disipada que llevaba sintiéndose saludable y llena de vida. Annina, la criada de confianza, le cuenta que vuelve de París donde ha puesto en venta los bienes de Violetta para poder seguir viviendo juntos, a lo que él se niega y marcha para París para impedirlo. Llega ahora uno de los momentos más importantes en la trama de la historia de esta ópera: el encuentro de Violetta y el padre de Alfredo, Giorgio Germont. Esta relación con su hijo es el descrédito de la familia. El destino de su hermana está en peligro. Giorgio le pide un sacrificio para que lo abandone. En principio ella se niega y le revela que está condenada por una enfermedad incurable (tuberculosis) y que este amor la redime. Pero en un acto de generosidad sublime acepta el sacrificio a cambio de que, con el tiempo, él le confíe el secreto a Alfredo.

Con la marcha de Germont, Violetta se decide a escribir para despedirse de Alfredo cuando llegue de París. En este punto se vive un encuentro lleno de emoción que debiera escuchase con gran detenimiento del oyente. Ese “Amami Alfredo!” es de una intensa pasión, diferente a la que se puede vivir en otras óperas, el sentimiento de Violetta que sabe que ese debe ser el final, una despedida fatal y no deseada. De aquí al final del acto, se aceleran las situaciones. Germont habla con Alfredo para convencerlo de volver a su tierra natal con sus familiares, éste se indigna por la separación sin motivo de Violetta que atribuye a que cede a una invitación de su rival, el barón Douphol, y parte hacia París para vengarse de ella, desconociendo el sacrificio secreto convenido con su padre.

Escena 2. En la fiesta organizada por Flora, la tensión va en aumento desde que aparece Alfredo, cuando nadie esperaba su presencia, y dada la rivalidad existente entre éste y el Barón Douphol. Violetta, que asistía a la fiesta, pide a Alfredo que se marche pues le amenaza un gran peligro. Alfredo se niega y le dice que marchará siempre y cuando ella le siga. Ella es, ahora, la que dice que no puede, que hizo un juramento y se ve obligada a mentirle afirmando que ama al barón. La reacción de Alfredo es cruel. Después de ganar en las cartas humillando al barón, llama a todos los invitados y, delante de ellos, tira una bolsa de dinero a los pies de Violetta para que todos sean testigos de que ha pagado la deuda de haber sido mantenido por ella. En ese momento aparece su padre y le recrimina esta acción a lo que Alfredo se derrumba. El gran final es digno de escuchar con detenimiento para no perder cada uno de los matices que se reflejan: el remordimiento de Alfredo, la pena de Violetta, porque sabe que él desconoce los verdaderos motivos de su sacrificio, la ira del barón, la recriminación del padre, etc.

Acto III

Después de un breve y triste preludio se observa la soledad de esta pobre mujer enferma que está ante sus últimas horas de vida. Relee la carta que le mandó Germont en la que relata que contó de su sacrificio a Alfredo y que él “volverá para imploraros perdón”. Aninna le revela la llegada de Alfredo y tras unos diálogos rápidos se inicia un dúo cargado de inusual optimismo que finaliza con otro cargado de penar (Alfredo sospecha que su salud es irreversible), en el que Violetta empieza a “despedirse” mientras él le pide que “no cierre su corazón a la esperanza”. Llega el padre y Alfredo le hace ver el mal que ha hecho y que observe el fin de Violetta. Ella le entrega un pequeño medallón para que lo conserve como recuerdo de amor y le pide que, de enamorarse otra vez, le entregue el medallón a esa “púdica doncella en la flor de sus años” y le diga que es un “don de quién en el cielo, entre los ángeles, ruega por ella y por ti”. Violetta muere entre los brazos de Alfredo mientras que el médico confirma el fatal desenlace.

Una gran ópera que habrá que ir a disfrutar en nuestro Teatro Municipal esta semana (24 de noviembre de 2006), con doble mérito: un montaje esmerado y artistas regionales.

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